Dragones Negros | Epílogo I

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Epílogo I.
Conclusiones

 

Cuando un organismo siente cercano el final, emplea sus últimas fuerzas en expulsar los deshechos de su interior, quizás con la intención de presentarse ante su creador lo más purificado posible; mientras el corazón del imperio moría, hacia sus salidas se dirigían cientos de personas que veían el inminente cambio de poder como un peligro para sus vidas: partidarios del Rey, nobles y antiguos gentilhombres emparentaban su reacción con la de las proverbiales ratas ante el barco que se hunde. Moviéndose entre ellos con la destreza que caracterizaba a su raza, Elandir se las ingenió para sortear las aglomeraciones que colapsaban los accesos y abandonar la ciudad de Hyrdaya.

Se internó en la espesura, donde leyó los secretos del bosque y atravesó una línea de maleza para acceder a un sendero escondido. Recolectó hierbas, las masticó y aplicó un emplasto sobre el corte de su pecho. Mientras esperaba que el efecto coagulante aminorara el flujo de sangre, se paró a recuperar fuerzas, observando las llamas que consumían la ciudad y teñían de cobre su piel. Lo que más le sorprendía, después de unas jornadas tan alejadas de la normalidad, era la ausencia de un sentimiento claro en su interior. Durante sus años de cautiverio había dedicado largas horas a imaginar ese momento, a recrear de la manera más vívida posible la incontenible alegría que sentiría al ser liberado. Y ahora que la muerte del Rey era una realidad, y nada le impedía regresar a los bosques de Qite, su corazón se mantenía impasible.

Metió la mano en su bolsa y desdobló el mensaje que la supuesta Kera le había entregado días atrás. Observó las runas élficas a la luz de la destrucción del antiguo orden, estudiando sus curvas, rectas y puntos. No había duda: la nota llegada a sus manos por medio de un cambiante elfo oscuro había sido escrita por su padre. Uno de los Altos de Qite, dirigentes de su raza, estaba al corriente del complot que había acabado con el Rey humano, al que anteriormente había cedido un hijo como parte de unas negociaciones diplomáticas. Puede que no fuera culpable de todo lo sucedido pero, como mínimo, le debía una explicación, y Elandir estaba ansioso por oírla.

«Regresa», decía la nota; devolviéndola a la bolsa, Elandir obedeció sin mirar atrás ni una sola vez.

 

Cuando el elfo desapareció en la espesura, Ámbar anuló su encanto y su estilizada figura volvió a hacerse visible bajo la luz de la luna. Apenas había podido levantarlo a tiempo, ya que no esperaba visitas en aquel pasaje oculto a las percepciones humanas.

Sola de nuevo, vigiló el camino mientras abrazaba contra el pecho un oscuro bulto. No tuvo que esperar mucho más para que una nueva sombra apareciera en el camino y se dirigiera hacia ella. En esta ocasión, Ámbar permaneció tranquila, esperando paciente que la figura envuelta en una túnica llegara a su lado, ayudando su trabajoso avance con un largo báculo de madera rematado por un cristal azul. Una vez juntos, la pareja quedó mirándose en silencio hasta que Drave le dedicó una sonrisa triste.

—Se ha acabado —le dijo. Ámbar trató de contener la humedad en los ojos mientras le abrazaba con fuerza. Tras el breve momento de intimidad compartida, la pareja se separó.

—Regresemos a casa. —Ella asintió, echando un último vistazo al objeto que colgaba de su mano, antes de besarlo y dejarlo caer. Rodeó a su marido por la cintura y juntos se internaron en la oscuridad. Detrás de ellos, en las sombras del camino, quedó abandonado el negro muñeco de trapo de largas alas y cola puntiaguda, ajado por el uso y el tiempo.

 

A pesar de los muros que le protegían, Brad habría jurado que las llamas ardían a su lado, atendiendo al asfixiante calor que le envolvía. Antes de partir, Ámbar les había indicado que no abandonaran la casa, por lo menos hasta que el amanecer calmara los ánimos y el orden se restaurara en las calles. El dueño de la misma, devoto a la causa, se encontraba en el patio de armas del castillo, donde en breves momentos se celebraría una rápida ceremonia para coronar a Darigaaz de Rhean, el Caballero Dragón, regente de Hyrdaya y, por tanto, de todos los humanos que en Vitalis residían. Ahora que por fin todo había terminado, Brad podía pensar en su futuro, comenzando por cómo invertir las cuantiosas ganancias que su colaboración les había proporcionado.

Se aseguró que nadie entrara a la habitación, antes de volcar el contenido de la bolsa sobre la mesa, y recrear la vista en el brillo dorado que se derramó como miel sobre la madera. Con aquella fortuna podía pasar el resto de su vida haciendo lo que le viniera en gana; comprar un palacio, quizás, donde habitar sin más ocupación que satisfacer sus deseos. Y los de la niña, por supuesto.

Brad era consciente de que, a ojos de un observador poco informado, su importancia en lo ocurrido podía ser juzgada como escasa, atribuyéndole a Dem la mayoría del mérito. Pero eso no quitaba para que él hubiera ayudado, manteniéndola calmada en el momento más crítico. Sin él, Dem no habría sido capaz de guiar al monstruo contra las paredes del castillo, y las tropas de Darigaaz habrían quedado indefensas en el lado equivocado del muro. En realidad, podría decirse que su participación había sido, al menos, tan importante como la de la niña.

Devolvió las riquezas a la bolsa y comenzó a prepararse para pernoctar allí. Dudaba que el sueño pudiera vencer a la excitación que le recorría, pero apostaba a que la niña caería rendida nada más tocar las sábanas. Llamó a la puerta del cuarto donde ella se estaba enfundando la ropa para dormir.

—Date prisa, pequeñaja, mañana tenemos que madrugar mucho.

Al otro lado, Dem permanecía de pie en mitad de la estancia, vestida de calle y con una bolsa al hombro. Miraba distraída al círculo del suelo desde el que, no hace tanto, había invocado y controlado una asombrosa criatura transdimensional. Tocó con el pie parte del dibujo y lo deslizó adelante y atrás hasta que finalmente habló en un tono demasiado bajo como para que se oyera desde fuera.

—No quiero ir, tengo miedo.

Es normal que lo tengas, Dem, pero no va a pasar nada.

La niña dudó. Levantó el pie y observó el trozo de círculo que había estado frotando con la suela del zapato. La fricción había transformado el enrevesado diseño en un alargado borrón.

—¿Veré al abuelo?

A su tiempo, Dem, todo a su tiempo.

—¿Por qué no puede venir Brad?

Brad tiene que seguir su propio camino, vuestras vidas no volverán a cruzarse nunca más.

Dem miró hacia la puerta. Una lágrima descendió por su mejilla antes de ser interceptada por la manga de su camisa.

Es la hora, Dem. Debemos irnos.

—Adiós, Brad —dijo la niña en tono más alto mientras sus rasgos eran engullidos por un etéreo resplandor azul; las velas del cuarto titilaron cuando el aire rellenó el vacío dejado por su masa corpórea al desaparecer.

—Dem, ¿has dicho algo? —Brad abrió la puerta y quedó bajo el dintel, observando sorprendido el interior de la estancia—. ¿Dem? ¿Dónde te has metido? —Comenzó a mover los muebles, revisando uno tras otro los posibles lugares que ella podía haber usado como escondrijo—. ¡Dem, no estoy jugando, sal ahora mismo de donde quiera que estés! —gritó a las inmutables paredes. Tras unos momentos de espera, solo el silencio respondió a su llamada.

—Bien, esto es genial, es… —Brad descolgó la bolsa de su cinturón y la sopesó varias veces, pensativo—. A la mierda —dijo al fin—. A la mierda los hechizos, los dragones y las putas luces azules; que os den, a ti y a tu abuelito. —Y con un portazo, abandonó la habitación.

En una bóveda más allá del tiempo conocido, una pequeña figura se dibujó en brillantes líneas color cobalto. Cuando la claridad murió, Dem abrió los ojos y sonrió ante el familiar entorno. Un foco de luz bajó flotando a su encuentro.

—pEQUEÑA dEM, ES UN EXTRAÑO PLACER CONTAR DE NUEVO CON TU PRESENCIA. —La esfera detuvo su rítmico pulsar cuando la niña le dirigió una mirada cargada de perspicacia.

—¿qUIÉN ERES TÚ? —preguntó—. nO ERES LA ENTIDAD CONOCIDA COMO dEM.

—Eso no es correcto, sí que lo soy —dijo ella con un tono de voz ajeno—. Mira mejor.

Kor navegó silencioso el aire alrededor de la enana. La cara que se reflejaba en su curva superficie poseía los rasgos que en la anterior visita había catalogado como pertenecientes a «pequeña Dem», pero sus ojos parecían haber presenciado una cantidad de tiempo muy superior a la transcurrida entre ambos encuentros.

—eNTIENDO —dijo al fin.

—Me alegro —respondió resuelta la niña, mientras le rodeaba con su bolsa al hombro—. Como recordarás, una vez estuve aquí de visita y, si no me equivoco, eso me otorga el privilegio de formularte tres preguntas, ¿cierto?

—cORRECTO.

—Y recordarás también que solo llegué a usar dos de ellas, quedándome el derecho a formular una más.

—cORRECTO. fORMULA, PUES, LA TERCERA PREGUNTA PARA PODER HONRAR EL PACTO QUE NOS UNE.

Dem se paró, dejó caer la bolsa en el suelo y, señalando al pasillo sembrado de estancias que una vez recorriera, dijo con sorna a la esfera:

—¿Me indicas cuál es mi habitación, para que pueda dejar mis cosas?

 

El patio de armas estaba atestado por una multitud expectante. Pareciera que todo el que no estuviera huyendo de la ciudad se había dirigido al recinto donde, en breves instantes, se iba a proclamar un nuevo rey. No muy lejos, se concentraba un tercer grupo de individuos, aquellos a los que el combate había dejado privados de la posibilidad o el deseo de tomar ninguna de aquellas alternativas, debiendo permanecer en la enfermería improvisada bajo las carpas del circuito de justas. Allí, utilizando cualquier recurso a su disposición, los curanderos y médicos de la ciudad se encargaban de aliviar sus sufrimientos o, en caso de no ser posible, de extinguirlos para siempre antes de pasar a un nuevo paciente.

—Use vino y narcóticos y duérmalo, poco más podemos hacer por él —dijo un médico ante el camastro donde yacía un hombre que había detenido una flecha con el vientre; la punta barbada del proyectil hacía imposible la extracción, ya que sus púas desgarrarían la pared del estómago, volcando el contenido a la corriente sanguínea y corrompiendo el organismo. Solo aguardaba para el desdichado una muerte lo más indolora posible.

La ayudante esperó a que el médico se alejara para introducir el somnífero por la inerte garganta. Tras asegurarse de que el herido permanecía inconsciente y nadie les miraba, le metió el brazo bajo la camisa y agarró el mástil, del que tiró con fuerza. Con un carnoso desgarrón y un súbito manantial de sangre, la flecha se liberó. La mujer posó la mano sobre la herida y un brillo azulado delineó sus dedos contra la barriga del hombre. Al retirarla, descubrió una piel de la que se había borrado cualquier rastro de lesión. Mientras la respiración del moribundo recuperaba la regularidad, la mujer se dirigió hacia un banco, agarrando su propio estómago. Yacía encogida sobre sí misma cuando un hombre se aproximó.

—Deberíais descansar, todavía no estáis recuperada —dijo Madt en voz baja.

Ilargia fue enderezándose conforme sus dolores internos remitían.

—No podría aunque quisiera. ¿Cómo descansar sabiendo que aquí hay gente que perecerá si no la ayudo?

—De nada les serviréis si morís de agotamiento.

Ella se enjugó el sudor con un paño mugriento y trató de sonreír.

—Gracias por vuestra preocupación, pero creo que podré apañármelas.

Él la ayudó a levantarse y le acompañó fuera de la tienda, donde el frescor de la madrugada mitigó el hedor del pus y la sangre.

—Tampoco entiendo vuestro empeño en no ser reconocida —continuó Madt mientras se echaban sobre la hierba—. Si no estuvierais pendiente de ocultar vuestra identidad, podríais moveros con más libertad y atender mejor a los pacientes.

—No creo que la gente esté preparada para estos poderes, no después de todo lo ocurrido. Además, no quiero que se me idealice como una especie de curandera milagrosa; solo soy una sirviente de Ilahe aplicando sus enseñanzas, nadie especial.

—Os equivocáis, sí que lo sois. Sois excepcional.

Quedaron unos segundos en silencio, sentados uno al lado del otro. Tras el muro interior se oía un estruendoso jolgorio.

—Vuestro amigo está a punto de ser coronado. ¿No queréis verlo?

—No quiero tener que hacer cola con el resto de aduladores. Cuando la ceremonia termine me reuniré con él.

—¿Y después?

Madt se echó hacia atrás y apoyó los codos en el suelo.

—Partiré, tengo que arreglar algunos asuntos. De todas formas, mi trabajo aquí ha terminado.

—Oh. —Ilargia ocultó la expresión de su rostro mirando hacia la ciudad—. Ya veo.

El bullicio acentuaba por contraste los silencios en su conversación.

—¿Y vos?

—Lo he estado pensando y creo que regresaré al templo, a buscar a mis hermanas.

—El templo fue destruido, vuestras hermanas están muertas. No es una buena idea.

—Eso no lo sabemos con seguridad. Mientras haya una posibilidad, debo intentarlo. Se lo debo.

—Podríais quedaros en palacio; Darigaaz es consciente de vuestra parte en su triunfo, y el origen noble os garantiza un buen acomodo.

Ilargia sonrió mientras acariciaba la hierba con la mano.

—He sido hija de Ilahe toda mi vida, curé a mis semejantes y pasé ochos años en una prisión por ello. —Acercó la cara a una brizna para olerla—. He sido princesa menos de un día y he provocado más dolor y sufrimiento del que jamás podré compensar. Creo que la nobleza podrá sobrevivir sin mí.

—Estoy convencido de que vuestra diosa sabrá valoraros como os merecéis.

Ilargia se giró hacia él con una sonrisa.

—¿Es mi imaginación o eso ha sonado casi sincero? ¿Qué ha sido de vuestro pertinaz escepticismo?

—No os apresuréis en reclutarme para la causa, pero tampoco puedo negar lo que mis ojos han contemplado. Que hayáis resucitado a Dari y sigáis viva es un milagro. No hablo figuradamente: deberíais estar muerta.

—Quizá. O quizá nuestra voluntad influya más en la determinación de lo que es o no posible de lo que el frío intelecto pueda hacernos creer.

—Como decía, excepcional.

Los sonidos de la celebración empezaban a apagarse, cediendo terreno a los lamentos procedentes del interior de la carpa.

—Creo que ya estoy lista para continuar. —Cuando Ilargia hizo amago de levantarse, Madt se alzó con rapidez para ayudarla—. Supongo que aquí nos despedimos.

—Eso parece. —Tras ponerla en pie, él se demoró un poco en liberarle el brazo—. Si al final decidís partir, pedid a Dari una buena escolta, los caminos van a ser peligrosos una temporada.

—¿Peligrosos? ¡Ja! —Los ojos castaños brillaron con picardía cuando alzó la barbilla—. Señor, sabed que habláis con la temeraria Ilargia, la fugitiva más famosa de todo Vitalis; si un ejército de guardias no pudo derrotarme, dudo mucho que unos salteadores de caminos lo consigan.

Las risas tuvieron un efecto tonificante sobre sus envarados cuerpos. Mitigada la tensión, Ilargia sofocó su primer impulso de despedida y en su lugar tendió la mano a su compañero.

—Muchas gracias por todo, os debo mucho —le dijo.

—Y yo a vos, os deseo lo mejor. —Madt le devolvió un indeciso apretón—. Quizás cuando haya finalizado mis asuntos pueda visitaros. ¿El templo de Ilahe, a las afueras de Mirtis?

—Esa es la dirección —finalizó ella—. Estaré encantada de recibiros.

Ella demoró su partida unos momentos, observándole expectante. Él alternó la mirada del suelo a su rostro con visible incomodidad, hasta que finalmente Ilargia le sonrió y regresó al interior de la tienda. Madt observó en silencio cómo se alejaba. Amagó seguirla un par de veces hasta que las palabras de Grillete volvieron a resonar en su memoria. ¿Podrá ella perdonar tu pasado? Maldijo con furia y se giró, contemplando la masa de gente que, acabada la coronación, se dirigía hacia la puerta del muro medio.

Quizás haya llegado la hora de afrontar ese pasado y averiguarlo —pensó antes de unirse al gentío que se dirigía hacia la ciudad, lejos de palacio.

 

Adjudicada la corona, no tardaría en restaurarse la normalidad en la ciudad. El proceso había comenzado ya en palacio, donde las víctimas eran retiradas por los hombres del rey, la sangre limpiada por los criados, y los daños reparados por el personal del castillo. Entre la vorágine de actividad, Rishen se movía de un lado a otro del edificio coordinando las tareas. La confianza que el nuevo monarca le había otorgado se había hecho pública en la ceremonia de coronación, permitiéndole presenciarla como miembro de su personal más cercano. De ahí que ahora todos le miraran como si un desconocido hubiera sustituido al antiguo criado, convirtiéndole en el receptáculo de nuevos odios y envidias.

Él pasaba entre ellos fingiendo ignorancia, pero era consciente del resentimiento que generaba a su alrededor. El personal que llevaba más tiempo en palacio no entendía cómo un don nadie, que había pasado su infancia paleando estiércol en los establos, estuviera ahora al cargo de los asuntos más importantes de la ciudad. El antiguo criado comprendía los recelos, por lo que intentaba no despertar más animadversión, suavizando el tono al pedir cosas o camuflando sus órdenes en forma de educadas propuestas.

Cuando estimó que ya no era necesitado, se tomó un solitario descanso en la biblioteca que tan bien conocía. He ahí una parte que los envidiosos omitían deliberadamente y que les ayudaría a comprender mejor su situación actual: al paso por los establos le siguió una juventud como ayudante del bibliotecario. Debido a la pobre afluencia de lectores, Rishen disfrutó de incontables momentos de ocio para estudiar cuanto manuscrito o libro encontrara interesante; así aprendió todo lo necesario para desempeñar sus funciones. No obstante, los más reacios habrían alegado que dichos conocimientos eran tan solo uno de los requerimientos para su actual cargo, y que él carecía del resto. Y en ese punto, Rishen no habría tenido más remedio que darles la razón.

Avanzó con deleite entre las interminables estanterías, rozando con la yema de los dedos los libros con los que tantas horas había compartido. Cuando llegó a una balda en particular, detuvo el paso, se giró para comprobar que nadie le observaba, accionó un resorte y desapareció tras una entrada secreta.

Y es que discutir con otros sus credenciales para el cargo habría implicado revelar su mayor secreto: el pórtico descubierto por casualidad en una de sus numerosas inspecciones de las estanterías, un misterioso pasaje que le dio acceso a una serie de increíbles oportunidades.

La escalera situada tras la entrada estaba iluminada por un fantasmagórico resplandor azul de origen desconocido. A los lados del camino, la luz era engullida por un vacío infinito. Al finalizar el descenso, Rishen se adentró en una estancia repleta de tomos.

Las preguntas que podía generarle a cualquiera la naturaleza de la habitación obtenían rápida respuesta en alguien con la erudición de Rishen: durante los tiempos de la Purga, los practicantes de disciplinas sobrenaturales tuvieron que buscar escondites seguros donde almacenar su saber, a la espera de tiempos mejores para practicarlo. ¿Y qué mejor lugar que una sala oculta en un edificio tan vasto que no había nadie en todo Vitalis que pudiera dibujar un mapa completo del mismo?

El centro de la habitación estaba ocupado por una vieja mesa con un enorme tomo desplegado en su superficie; en las hojas se alineaban runas de ignoto significado. De todos los tratados mágicos de la habitación, aquél había sido el que más a fondo había estudiado Rishen. El resto de libros trataban sobre formas de magia increíblemente potentes y espectaculares, y en consecuencia susceptibles de ser detectadas con facilidad, lo que suponía un riesgo inasumible. Aquel libro versaba sobre una magia en apariencia menos poderosa, pero idónea por su naturaleza furtiva: la magia de los sueños.

El poder de los Caminantes de Sueños era algo risible en una batalla, pero combinado con determinación y paciencia podía proporcionarle un poder inimaginable. Gracias a las enseñanzas de aquel libro podría acceder a los sueños de otras personas, y desde allí influenciar sus mentes.

Por temor a despertar sospechas, comenzó practicando sus nuevas aptitudes sobre individuos que, en caso de que algo fallara, no pudieran delatarle, y no halló mejores candidatos que los prisioneros de las celdas. Por las noches, sin nadie que le echara a faltar en los alojamientos de los criados, Rishen acudía a aquella habitación y se introducía en las mentes de sus cobayas, un entorno opaco y amedrentador al principio, pero que con la práctica aprendió a conocer y dominar. Descubrió cómo afectar los recuerdos manipulando los sueños, y que gracias a eso podría hacer que la gente recordara decisiones que en realidad no habían tomado, como el día en que el Rey se levantó convencido de la buena idea que sería nombrar criado personal al asistente del bibliotecario.

Conseguida una posición de mayor influencia, Rishen comenzó a forjar su plan. Era obvio que debía moverse con discreción, ya que un solo error despertaría sospechas entre el personal de palacio. También descubrió que habían mentes que eran más difíciles de afectar que otras, y que repetidas incursiones reforzaban la voluntad de los durmientes y les hacía más susceptibles de notar su presencia, como comprobó aquella ocasión en que el Rey gritó su nombre en sueños. Debía ser muy sutil, y debía trabajar duro en afinar sus habilidades.

Fue practicando sus poderes como se llevó la mayor sorpresa. Los calabozos habían recibido aquel día la incorporación de una joven sacerdotisa; durante la noche, cuando Rishen accedió a sus sueños, descubrió un entorno onírico extraño y poderoso. Estudiando los arcanos tomos identificó la fuente de ese poder y, lo que era aún mejor, la forma en que podía potenciarlo y hacerlo suyo.

Lo primero fue conseguir que en los registros de las mazmorras se perdiera toda referencia a la prisionera, dejándola olvidada en las celdas a su completa disposición. Noche tras noche, Rishen accedía a su mente, tratando de canalizar sus dones hacia sí mismo, pero la fortaleza de la joven se lo impedía. Así transcurrieron varios meses, hasta que algo trastocó la rutina: otra energía, más oscura y aterradora, había contactado con ella. Rishen siguió el rastro del extraño poder y descubrió su origen, un mago llamado Drave. Trató de entrar en su mente, pero sus defensas mágicas le impidieron extraer gran cosa de él, excepto un nombre: Darigaaz de Rhean. Con la soltura que le daba su cada vez mayor dominio mágico, no tardó en localizar la consciencia del dormido Darigaaz, y desentrañar el plan que se estaba gestando contra el Rey.

Esos conocimientos le colocaban en la tesitura de ver cómo un levantamiento sustituía al actual Monarca por un títere a las órdenes de un poderoso mago que no tardaría en descubrirle, o tratar de sabotear dicho complot. Poco le costó alcanzar una decisión.

Localizó al antiguo compañero de Darigaaz, Brein, y usó todos sus recursos para que encontrara una posición ventajosa en palacio. Una vez allí, un encuentro casual con el aspirante al trono, y la revelación de un distorsionado recuerdo del día de su traición, propiciaría que las dudas devoraran la lealtad de Darigaaz hacia su supuesto benefactor. El resultado había sido mejor de lo esperado: no solo el mago oscuro había sido eliminado de la ecuación, sino que ahora era él la mano derecha de un Rey mucho más susceptible a su sugestión que el anterior.

Rishen se sentó a la mesa para retomar el estudio del tomo, mientras con el rabillo del ojo vigilaba el reloj de arena que había enlazado con los biorritmos de Ilargia, aguardando con anhelo que se vaciara la sección marcada con un sol.

 

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Escritor, autor de "Dragones Negros"