Dragones Negros | Epílogo II

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Epílogo II.
Legado

 

Tras tres días con sus noches de correr sin descanso decidió detenerse. No se trataba de ninguna herida en los pies desnudos, ya que sus plantas habían adquirido la resistencia del cuero curtido tras una vida de soportar el peso de su inmenso cuerpo. Tampoco fue por hambre o sed, en los días previos a su partida había ingerido carne y líquido suficientes para no precisar de ninguna fuente de energía adicional durante al menos un par de semanas. Y, por supuesto, no se debía de ninguna manera al cansancio. ¿Qué era él, acaso? ¿Un patético humano?

No, el motivo de la pausa era algo mucho más prosaico: la visión, extendiéndose a sus pies, de su tierra natal. Tras tantos días en territorio enemigo, transitando terrenos esquilmados de vegetación, atravesar al fin las Fauces hacia las salvajes llanuras de H’Jmanhr le proveyó de un espectáculo que bien valía una pequeña parada. Desde aquella altura la vista era esplendorosa, incluso a la luz de una menguante luna podía distinguir cada detalle, cada árbol, cada animal durmiente. Inspiró una buena bocanada de aire exento de los hedores propios de las construcciones humanas, y reanudó la marcha.

Existía un motivo adicional para su detención, pero un auténtico orco jamás lo admitiría: disfrutar de la sensación de seguridad que produce el arribar a territorio conocido. Atrás quedaron largas jornadas acampando en las praderas de Shydan, lejos del ojo humano; procurando no internarse demasiado en el bosque de Gartien para no alarmar a los elfos que lo habitan; o remontando el Llanto de Ölün desde el lago Goriel, atento a la presencia de un asentamiento de elfos oscuros que pudiera amenazar su integridad. Una vez alcanzado el paso de las Fauces pudo relajar el ritmo, convencido de que los enanos ni arquearían una ceja ante la visión de un orco errante.

Pero todo eso había quedado atrás, aquella era la última etapa de su viaje, y aquel su territorio: en esos caminos eran los demás los que debían evitar cruzarse con él.

Apenas había sustituido el tacto de la roca por el de la tierra bajo sus pies cuando una patrulla le salió al encuentro. Aquella era una de las zonas más vigiladas de los alrededores, debido a su importancia estratégica: era la desembocadura de la principal ruta de tránsito de las Fauces, ruta que los humanos usaron para acceder por primera vez a aquellas tierras.

De esos primeros encuentros entre humanos y orcos nacen la mayoría de relatos sobre las animadversiones compartidas por ambas razas. Él, por supuesto, solo conocía la única versión merecedora de crédito, la que se había ido transmitiendo en su tribu de generación en generación: la crónica de cómo una raza avara y mezquina trató de engatusar a los ingenuos salvajes con regalos y amabilidad para, tras ganarse su confianza, atacarles a traición y casi exterminarles. Pero es en los tiempos más oscuros cuando surgen las más brillantes leyendas, y esa narración engendró la más rutilante en la historia de su pueblo, aquella a la que él debía su nombre.

—Hueso —dijo uno de los tres miembros que conformaban la patrulla.

—Pájaro —contestó él, reduciendo el paso y cruzando una mano sobre el pecho.

—Tiempo sin verte, hermano, ansiábamos tu regreso. —Los tres orcos cambiaron las armas de mano para agarrarle el hombro a modo de recibimiento—. En el campamento estarán preparando la cena, servirá como ofrenda a los Jinetes de la Brisa por tu regreso.

—Me alegra saberlo, hermanos; traigo buenas noticias.

—Parte, pues, mientras nosotros nos aseguramos de que nadie te haya seguido.

—Nadie lo hizo, creedme.

—Lo hacemos, pero nuestro deber nos lo exige. —La patrulla se rearmó, presta a reanudar su tarea—. Buen destino, Osado.

—Buen destino, hermanos.

«Osado». No era aquel su nombre de nacimiento, pero sí su Nombre de Sangre, el adjudicado a un orco cuando alcanza la madurez necesaria para matar con las manos desnudas a una presa de su elección. Dependiendo de la magnitud de la hazaña, el consejo de ancianos se encargaba de escoger el nombre por el que desde entonces sería conocido en la tribu. En su caso, el linaje familiar le motivó a elegir la más grande y feroz bestia conocida.

Cuando llegó el día se situó frente a la cueva, desnudo como vino al mundo, y hacia su entrada gritó, hasta que una sombra más oscura que el resto ganó tamaño y definición conforme el propietario de la madriguera salía a responder el desafío. Un tigre de roca es siempre un mal adversario, pero cuando siente que su territorio está siendo amenazado existen pocas criaturas capaces de sobrevivir a su furia.

Al oír el rugido del felino, Osado flexionó su inmensa figura, anticipando el salto. Cuando éste se produjo, aferró las abiertas fauces en pleno vuelo y, pivotando sobre sí mismo, volteó a su presa para caer sobre ella. Su envergadura le permitía mantener inmovilizadas las garras del tigre bajo su peso, pero una de ellas consiguió liberarse, golpeándole de pleno en el tórax. Si en ese momento hubiera cedido, aunque hubiera sido por un instante, a la súbita impresión del dolor estallando en la base del cráneo, habría muerto sin remisión. Pero en vez de como distracción, el dolor ejerció de acicate: en respuesta a su presencia, Osado flexionó los músculos de los brazos con todas sus fuerzas, separando las mandíbulas del animal hasta que éstas rebasaron sus límites con un escalofriante crujido.

El peludo cuerpo quedó inerte al instante, permitiéndole levantarse. En su pecho se dibujaban ahora cuatro surcos oscuros que el tiempo reforzaría con duro tejido cicatrizado que lucir como recordatorio de su hazaña. Entre los asistentes, su padre se abstuvo de ser el primero en salir a su encuentro, ya que a pesar de ser el jefe de la tribu esa función no le correspondía a él, sino al miembro más anciano del consejo. Éste untó sus dedos con la sangre del enemigo abatido y dibujó sobre la frente del nuevo miembro adulto de la tribu el glifo de su nuevo nombre.

«Osado». Cuando escuchó al anciano pronunciarlo hubo de controlar el impulso de gritar a los cielos su alegría. Ese nombre acarreaba el mayor honor al que podía aspirar un orco, así como la mayor responsabilidad. Desde los tiempos oscuros, desde las primeras guerras entre su raza y la humana, toda tribu había contado con un miembro que ostentara dicho título, en memoria del Osado original: el guerrero que supo ver las sibilinas intenciones de los humanos y pudo así escapar de la masacre que acabó con sus congéneres, advertir a las tribus vecinas, y organizarlas para la guerra. Él fue el que lideró el ataque en represalia por tan despreciable traición, y bajo su lanza perdieron la vida innumerables humanos.

Conforme se acercaba al poblado, las sensaciones familiares vigorizaron su organismo. En las cabañas solo encontró nodrizas amamantando bebés; era en la explanada mayor, donde el fuego ardía con fuerza y el aire transportaba el olor de la carne asada, donde se concentraba su pueblo.

Cuando penetró en el círculo de luz generado por la hoguera, cientos de conversaciones murieron al tiempo que un número muy superior de ojos se clavaban en él. Osado golpeó su mano derecha contra el pecho y un rugido enfervorecido le contestó. Enseguida se vio rodeado por un enjambre de manos ansiosas por darle la bienvenida. Él correspondió las muestras de afecto con amabilidad, mientras continuaba avanzando hacia la mesa donde su padre le aguardaba en pie.

—Bien hallado, hijo, esperábamos impacientes tu regreso. Descansa, come algo y cuéntanos tu historia.

—Gracias, padre. Aunque no creo necesario el descanso, acepto encantado la comida. —Cogió la silla a la derecha de su padre, desplazando un puesto a su hermano—. Saludos, Dereth.

—Bien hallado, hermano —le contestó éste sin levantar los ojos del plato.

Si tuviera que aventurar una persona que no aguardara su regreso con sincera alegría, ese sería por desgracia su hermano mayor, Dereth. Desde pequeños habían competido por los afectos de su padre, y como hijos del jefe de la tribu eran conscientes que solo uno podría optar a sucederle. Dereth partía con la ventaja de la edad, pero Osado fue revelándose como más activo y belicoso, mientras su hermano, de constitución más débil, aprendió a hacer de la astucia su mejor arma. Por desgracia, en el rito de madurez dicha cualidad era inútil sin fuerza bruta que la respaldara, por lo que Dereth no pudo igualar la proeza de su hermano, viendo cómo el derecho de nacimiento le era arrebatado. Desde entonces, la relación entre ambos se había tornado glaciar.

—Observo con tristeza que vienes solo —interpeló su padre.

Osado arrancó un trozo de carne de un largo fémur y asintió mientras masticaba.

—Por desgracia. Lakay y Duurma murieron.

Su padre asintió con gravedad. Unos sitios más allá, un par de comensales bajaron la mirada, recibiendo palmadas de ánimo de sus compañeros de mesa.

—Lamentamos oírlo. Cuéntanos lo sucedido.

—Poco puedo añadir pues no estaba con ellos cuando ocurrió. Al poco de llegar a la capital humana nos separamos en busca de un buen lugar para nuestra vigilancia. Cuando dejé nuestro mensaje a los pies del gran muro y volví a buscarlos, encontré sus cuerpos inertes.

—¿Y los asesinos?

—Por las huellas fueron dos, un hombre y una mujer.

Una ola de indignados comentarios recorrió la mesa.

—¿Un hombre y una mujer mataron a dos de los nuestros? ¿Estás seguro?

—Lo estoy. Recibieron ayuda de un felino salvaje; seguramente emboscaron a mis hermanos y los masacraron a traición, como es costumbre en su raza.

Los agrios murmullos variaron el tono mientras Osado continuaba su narración.

—Encontré refugio en una granja cercana, pero tuve que abandonarla debido a la gran cantidad de humanos que recorrían la zona. Cuando los alrededores recuperaron la quietud, pude regresar y completar mi misión.

En la inmensa pradera solo se oía el crepitar del fuego. Todos los comensales habían cesado cualquier tipo de actividad, pendientes del narrador.

—¿Y bien? —preguntó al fin el jerarca de la tribu.

—Los rumores eran ciertos, padre. En los días siguientes se produjo una cruenta lucha en el interior de los muros y el Rey humano fue asesinado.

La tensión que flotaba sobre la mesa fue rota espontáneamente por gritos de celebración.

—¿Y su sustituto?

—Nadie de su familia: su linaje ha sido extinguido, el ejército diezmado y las defensas de la ciudad aplastadas.

El puñetazo de su padre derribó unos cuencos. Se levantó y acalló las muestras de júbilo con las manos. Cuando se hubo restaurado el orden, pidió a Osado que se pusiera en pie junto a él.

—¿Cuál es tu opinión, hijo?

—Padre, hermanos. —Osado levantó la voz para que hasta el último ocupante de la explanada le oyera—. Nuestro enemigo está herido, y con su debilidad se nos presenta una oportunidad que no podemos desperdiciar: ha llegado el momento de atacar.

—Bien hablado, hijo. —El patriarca relevó a su vástago ante la audiencia—. Hermanos, desde tiempos inmemoriales vivimos en guerra. Nuestros abuelos, nuestros padres, nosotros mismos hemos sufrido una abrumadora cantidad de dolor por un conflicto que se alarga innecesariamente; un conflicto que no empezamos, pero que debemos a nuestra descendencia finalizar, para que así ellos puedan disfrutar de la paz que a nosotros se nos ha negado. Como ha dicho mi hijo, nuestro enemigo atraviesa un momento difícil, debe lamerse las heridas y recomponer sus defensas; antes de que eso suceda, acabaremos con sus vidas. Hoy nuestras copas están llenas de licor, mañana lo estarán de sangre humana.

Los comensales estallaron en vítores. Los platos golpearon las mesas, hueso contra madera.

—¡Muerte a los humanos! —Osado alzó el puño y los integrantes de la mesa le imitaron enfervorecidos—. ¡Guerra!

Cientos de gargantas corearon el fúnebre canto. Los gritos viajaron en la quietud de la noche, recorriendo la silenciosa llanura como un oscuro presagio.

 

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Escritor, autor de "Dragones Negros"