Dragones Negros | Capítulo 30

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30.
El Rey IV

 

Los incendios comenzaron al poco de que las puertas de palacio cayesen. Brillantes masas rojizas brotaban anárquicamente en la oscuridad de la noche, mientras los sublevados aprovechaban la confusión reinante para ajustar cuentas o, los más, obtener el mayor beneficio personal posible. A su posición apenas llegaban los sonidos, pero sí los olores: olores de humo y llama, de clausura y transformación. Olores que se mezclaban en su nariz con el del vino que ingería, transmutándolo en un amargo brebaje al descender por la garganta.

El Rey agitó la copa mientras observaba, desde su atalaya en la torre del homenaje, el campo de batalla que otrora fue su ciudad. La postura alicaída podría interpretarse como una expresión de duelo por lo sucedido aquel día, pero sería correcto solo en parte: no le afligía tanto la derrota sufrida como el modo en que se había producido. Los planes y conjuras de toda una vida desmontados en una tarde de milagros e improbabilidades, todos conspirando contra él y anulando sus intentos de contrarrestarlos, como si hubieran sido orquestados por una mano sobrenatural. Alzó la copa al cielo.

—Si no soportáis perder no deberíais otorgarnos la libertad de jugar —dijo—. Si lo que deseáis es una realidad regida tan solo por vuestros deseos, podéis coger vuestro precioso libre albedrío y metéroslo por donde os quepa.

Vaciló al recuperar la postura y fue consciente de cuan borracho estaba. Si es así como he de abandonar este mundo, cuanto más borracho mejor —pensó. Vestía su mejor armadura de placas, con el ornamentado escudo tirado en el suelo y la espada sobre la mesa. De vez en cuando miraba hacia la puerta que en cualquier momento se abriría de par en par, dando acceso a sus estancias a un tropel de rebeldes ansiosos de cobrarse su cabeza.

Aquí os espero; éste es mi castillo, si queréis mi corona deberéis arrancarla de mi cadáver.

Cortó el aire un par de veces con su arma antes de que una arcada le hiciera soltarla y regresar al balcón, en busca de aire.

—Aquí os espero, bastardos —repitió en voz alta—. Venid y os mostraré cómo muere un Rey.

—Necesitaríamos a un auténtico rey, primero, para poder presenciar tal acontecimiento.

El Rey se giró, sorprendido al oir una voz en sus aposentos. La extrañeza se acentuó al ver que, aunque la puerta seguía atrancada, ya no estaba solo: sentado en una silla como si aquella habitación le perteneciera, un encapuchado le observaba con un largo báculo apoyado en el regazo. La cara del Rey pasó de la palidez inicial a un furioso escarlata cuando identificó al extraño.

—¡Tú! ¡Mago demoníaco! —Las venas de su cara se hincharon mientras gritaba—. ¡Simiente corrompida de mil engendros depravados! ¡Gusano intestinal de una rata sifilítica!

Los movimientos del Rey recuperaron la templanza cuando tiró la copa y la sustituyó por la espada.

—Los dioses me conceden una última gracia, después de todo. —Rodeó la mesa que les separaba y apuntó la hoja hacia el rostro que le mostraba una sardónica sonrisa.

—Desde que oí los rumores sobre la presencia de un elfo oscuro en la ciudad —continuó—, recé, por primera vez en años recé, supliqué que fueras tú. Que me permitieran obtener mi venganza y podrían arrebatarme a cambio cualquier cosa, todo lo que quisieran.

—Alegraos, pues van a concederos vuestro deseo. —Drave abandonó su asiento e, ignorando a su furioso oponente, caminó con calma hacia el balcón—. No parece que quede mucho para que, efectivamente, todo os sea arrebatado.

—Puedes estar orgulloso de ello: tu marioneta interpretó el papel a la perfección, los hechizos se ejecutaron en el momento preciso, y cientos de humanos perdieron sus vidas. Cuando regreses a tu madriguera serás el orgullo de los tuyos.

—¿Lecciones de moralidad, Majestad? —La túnica se fundía con la noche mientras Drave hablaba desde el exterior del balcón—. Creía que dos… personas como nosotros podrían omitir cierta clase de hipocresía.

—Me niego a ser juzgado por alguien de tu especie. —La cara del Rey pareció relajarse pero su expresión conservaba la dureza—. Todas mis acciones para conseguir la corona, y aquellas que las siguieron, tenían como objetivo la persistencia de mi raza.

—Su hegemonía, más bien. —Drave se acomodó en la balaustrada—. Sed sincero, abandonad la pose altruista y reconoced que os guiaba lo único que un ser como vos puede entender: el poder. Poder sobre vuestros semejantes, y sobre todos aquellos que tuvieran la mala fortuna de vivir dentro de vuestras fronteras.

—¿Y qué, si fuera así? Mi pueblo está seguro y mi raza prevalece, ¿por qué no podría yo también beneficiarme de la situación, máxime habiendo sido su principal impulsor?

—Y si unas cuantas vidas se pierden en el proceso, ¿qué importancia tiene, cierto?

—No te atrevas a equipararnos. —Señaló a su interlocutor a través de la neblina que le empañaba la visión—. Mis actos beneficiaron a la mayoría de los míos. Las vidas perdidas fueron sacrificios necesarios para la consecución de un bien mayor.

—¿Incluís en ese grupo a vuestra esposa?

Los tendones del cuello de su Majestad se tensaron, dándole una apariencia arbórea. La espada volvió a brillar amenazante en la penumbra de la habitación. Sus colmillos asomaron entre unos rígidos labios al replicar.

—Sabes muy bien la respuesta: su muerte tiene un motivo muy concreto, y estoy hablando con él en este momento.

—Erráis a medias, ya que la responsabilidad de su fallecimiento debe ser repartida entre ambos. No era la suya la vida que buscaba aquella mañana, fue mi juventud e inexperiencia la que hizo que mi hechizo fallara, y su muerte el trágico fruto de un accidente.

—¿Accidente? —Los ojos del Rey se humedecieron mientras su mente recreaba la escena contra su voluntad: el carruaje recorriendo un sendero boscoso bajo el sol primaveral, la reina a su lado, las flores engarzadas en la cascada de pelo rizado, la incomparable sensación de felicidad al saberse el causante de la sonrisa que adornaba su rostro perfecto. Y de repente, un brillo cegador; el súbito calor chamuscando las ropas, consumiendo el pelo y ampollando la piel; el furtivo ser de tez oscura que le miraba aturdido desde la espesura; el girarse hacia su amada y encontrar en su lugar un amasijo de huesos calcinados recubiertos de carne goteante, con cualquier facción remotamente humana borrada de su superficie; su incomprensión ante lo que estaba viendo, hasta que observó que el amorfo bulto estaba envuelto en una tela carmesí con el escudo de su casa bordado: su vestido preferido, el que le regaló en su luna de miel, el que ella llevaba puesto cuando salieron a pasear aquella mañana.

El Rey se inclinó sobre la mesa mientras se sacudía los recuerdos como si fueran lluvia en el pelo—. ¿Accidente? —repitió, endureciendo el tono.

—Era joven, entonces. Impulsivo. No contaba con la destreza y serenidad de las que ahora dispongo. —Drave le señaló con su bastón—. Cuando os vi aparecer por el camino mis manos temblaron por la excitación, y marré el objetivo de mi hechizo. Vuestros guardas salieron enseguida en mi busca, privándome de un segundo intento y forzándome a huir.

—Una habilidad en la que tu raza destaca. —El Rey rodeó la mesa para abrir un cajón de la cómoda—. Mis hombres pasaron días recorriendo los alrededores sin encontrar nada, salvo esto. —Sacó del cajón un trozo de tela con los bordes rasgados y lo mostró a su interlocutor: llevaba bordada la figura de un dragón negro.

Drave sonrió.

—Joven, como digo. Pensé que mi gesto ganaría en grandeza con un símbolo que lo respaldara, que lo justificara.

—No podrías haber errado más. —El Rey arrojó la tela a las brasas de la chimenea—. Lo único que conseguiste fue segar la vida de una inocente.

—Era una noble que accedió al trono tras casarse con un usurpador. Era consciente de dónde se metía.

—Falso, mi poder no le importaba. Su único pecado fue amarme, ver dentro de mí algo que nadie más encontró ni encontrará jamás: el día que ella murió, esa parte de mi ser la acompañó.

—Muy conveniente, el virtuoso gobernante que se ve abocado a un sendero tenebroso por acontecimientos ajenos a su voluntad. —Drave abandonó el balcón y caminó hacia su interlocutor—. Os engañáis: la época oscura conocida como la Purga, la pena de muerte sobre mi raza, acciones tan monstruosas no pueden justificarse por un incidente aislado.

—¿Justificarme? —La carcajada resonó en la habitación—. ¿Ante quién? ¿Los dioses, los hombres? ¿Tú, acaso? Que os jodan, a todos. Hice lo que todo el mundo en su interior juzgaba necesario pero temía externalizar. ¿La purga? Prohibir la magia y las manifestaciones religiosas no fue solo consecuencia de tu atentado contra mi persona, esas supercherías entorpecían el desarrollo de mi raza. El hombre debe ser consciente de que solo puede depender de una cosa: él mismo. Y en cuanto al edicto contra tu sucia raza, no era más que un adelanto de lo que os esperaba cuando consiguiera reunir a elfos y enanos bajo mi mando.

—Vuestro mando, vuestro poder. —Drave se apoyaba en el bastón para desplazarse alrededor de su interlocutor—. Vuestra ambición se convirtió desde el principio en un peligro para el resto de razas.

—Hice lo necesario. —El Rey tragó saliva para borrar el sabor a bilis de su boca—. Las vidas que arrebaté aquel día fueron un nimio coste por las que he salvado todos estos años.

—Eso, Majestad, es cuestión de perspectiva. —Drave se detuvo, recortándose su encorvada silueta contra la chimenea—. La vida, aún la de un único individuo, no debe relativizarse, ya que se trata del más precioso de los dones y cometeríamos el error de menospreciar su importancia. Por ejemplo, en vuestro alzamiento hubo una víctima que pasará desapercibida para los libros de historia: una joven, la amante de un escudero al servicio del señor de uno de los reinos menores. Una existencia minúscula, como veis, en el amplio esquema de las cosas.

—¿Y qué puede importarnos la vida de una golfilla de establos?

—Quizás lo entenderéis mejor si os cuento cómo acabó allí, cómo el amor le llevó a traicionar a su familia y trasladarse al mundo de los humanos, en pos de su hombre. Y cómo éste tuvo que mantener su relación en secreto, ya que los romances entre miembros de vuestra raza y elfos oscuros no están bien considerados.

Una chispa de entendimiento brilló en los febriles ojos del Rey mientras el elfo desgranaba su relato.

—Tras vuestro alzamiento, mi esposa y yo fuimos a las fosas abiertas en los alrededores del castillo, para dar un descanso apropiado a sus restos. Cuando encontramos el cadáver… —Drave tragó saliva antes de continuar—. Su madre no pudo mirarlo, vuestros hombres parecían haberse tomado la presencia de una elfa oscura entre sus víctimas como un regalo inesperado. Envolvimos el cuerpo en una túnica y regresamos a casa, a llorar a nuestra hija y pensar en su venganza.

—No fue intencionado, la suya fue una baja accidental.

—Como la de vuestra esposa. —Drave clavó su mirada en la del Rey—. Decidme, si hubierais sabido esto tras el accidente que le costó la vida, ¿os habríais considerado resarcido de su pérdida y abortado vuestra venganza?

La respuesta fue instantánea.

—No.

—No. —Los ojos de Drave se transformaron en dos rendijas brillantes—. Nada de lo ocurrido desde entonces, ningún precio a pagar, por alto que fuera, importaba a ninguno de los dos. Solo nuestra muerte puede romper este ciclo de violencia.

—Eso tiene fácil arreglo. —El Rey empuñó de nuevo la espada y encaró a su enemigo. El acero le resultó extraordinariamente pesado—. Desenfunda tu arma, recita tus hechizos o lo que quiera que hagas, y pongamos punto final a esta historia.

Drave permaneció en silencio sin variar su postura. Con la mano derecha extendió el bastón, pero para sorpresa de su enemigo no le apuntó a él, sino al yacente cáliz.

—Nuestra confrontación me ha permitido estudiaros a fondo y anticipar vuestras acciones. ¿Creíais que había entrado a vuestros aposentos para abriros mi alma? Sabía que vendríais aquí a aguardad vuestro fin, satisfaciendo a vuestro ego siendo el último en caer. Sabía también de vuestro gusto por el buen vino. —Su mano abarcó la pequeña bodega que adornaba uno de los muros de la estancia—. Y no se necesita mucha perspicacia para reconocer la copa de un Rey.

El Rey siguió la dirección que apuntaba el bastón, hacia el lugar donde su copa de oro incrustada de rubíes había sido lanzada. Las últimas gotas se deslizaban hacia el suelo desde su interior. Volvió a tambalearse, pero esta vez fracasó en su intento de mantenerse erguido y resbaló por el borde de la mesa hasta caer pesadamente al suelo.

—Vos no sois el único versado en venenos —sentenció el elfo oscuro, mientras los ojos de su enemigo se desorbitaban y sus dedos arañaban la garganta en un desesperado intento de extraer el líquido ingerido. El Rey se convulsionó y su rostro se retorció en una grotesca mueca de dolor hasta que, con una última expiración, yació inerte. Sin dejar en ningún momento de mirarle a los ojos, Drave se acercó al monarca y dejó caer un escupitajo sobre su cara. La saliva resbaló por la superficie del globo ocular hacia la oreja.

Unos pesados golpes combaron la puerta hasta que ésta cedió, levantando una ráfaga de aire que hizo oscilar todas las luces de la habitación. En el umbral apareció Darigaaz, rodeado por sus secuaces. Todos se detuvieron y bajaron las armas ante la inesperada escena. El elfo levantó con calma la cabeza y miró a Darigaaz. Éste indicó a sus seguidores que esperaran fuera y cerró la puerta tras de sí al entrar.

—El Rey ha muerto… —comenzó Drave con una sonrisa. Recogió la corona caída con la punta del bastón y se la tendió—. Felicidades por el ascenso.

Darigaaz cogió la corona y la contempló ausente. Su otrora reluciente armadura estaba recubierta de abolladuras y manchas húmedas. Las runas de su espada brillaban amortiguadas bajo la sangre que la empapaba.

—Era mío —dijo al fin, señalando al caído monarca—. Su vida me pertenecía.

—Me disculpo, pero no hubo otro remedio: me atacó y tuve que defenderme.

Darigaaz contempló el cuerpo mientras hacía girar la corona en su mano.

—De todas formas, quién lo matara no tiene importancia. Hemos terminado, ganamos —continuó Drave.

—No estoy tan seguro de que deba ser incluido en esa afirmación. —Sin mirar a su interlocutor, Darigaaz buscó el aire fresco del balcón.

La sonrisa se borró de la boca del elfo.

—Quizás quieras explicarte mejor.

—¿Para qué? —dijo el otro, mirando la ciudad—. ¿Qué puede importarte ya lo que yo piense? «Ganamos», has dicho; «ganasteis», pienso yo.

—Nuestros objetivos eran los mismos, desde el principio sabíamos lo que estábamos buscando.

Darigaaz se giró con furia.

—No, desde el principio tú sabías lo que estabas buscando. Los demás no éramos más que herramientas para facilitar tu camino.

—Tus recelos llegan un poco tarde. Durante estos años has tenido tiempo de sobra de reconsiderar nuestra alianza y anularla si así lo deseabas.

—Quizás, pero eso no justifica las manipulaciones. No soy tan ingenuo como para creerme tu amigo, pero sí al menos tu socio; alguien a quien tratar con respeto y sinceridad, no un idiota al que manipular a sus espaldas.

—Tu voluntad ha sido tan libre como la mía.

—¿Lo ha sido? Explícame, entonces, como sabías que aquella noche yo pasaría por ese bosque, tan desesperado por salvar mi vida que aceptaría cualquier ayuda sin cuestionarme los motivos de mi benefactor.

—Creo que eso ya lo expliqué, te seguíamos desde que escapaste de Lewe.

—Cierto, lo explicaste. Lo que nunca conseguí explicarme yo es cómo mi en otro tiempo mejor amigo y mentor pudo de repente traicionarme por un simple colgante. Esta mañana al fin he recibido la respuesta. —Darigaaz levantó la vista y estudió los ojos de Drave.

—No entiendo tus palabras, pero me disgusta el tono —dijo el mago—. Si quieres acusarme de algo, hazlo con claridad.

—No es necesario. Hemos ganado, ¿no? Celebrémoslo. —El humano sirvió dos copas de vino y tendió una al elfo oscuro. Éste continuó mirando a su interlocutor hasta que se cubrió de nuevo con la capucha.

—Lo lamento, pero debo partir. Mi esposa y yo deseamos regresar a nuestro hogar cuanto antes.

—Por supuesto, con la partida finalizada las piezas dejan de ser necesarias. —Darigaaz alzó una de las copas, la apuró y la estrelló contra la pared—. Buen viaje, pues, que nuestros caminos no vuelvan a cruzarse.

Sin contestación de ningún tipo, Drave se encaminó hacia la puerta. Cuando estaba a punto de desaparecer tras ella, escuchó a su espalda las últimas palabras de Darigaaz.

—Y procurad manteneos lejos de ojos indiscretos. Recordad que existe pena de muerte contra vuestra raza, y como Rey me vería en la obligación de asegurar su cumplimiento.

Mientras la puerta se cerraba, Darigaaz regresó al balcón. Respiró profundamente cuando una corriente de aire le indicó que la puerta había sido abierta de nuevo: era Heken quien la cruzó esta vez, guiando del brazo a un delgado joven.

—La toma del castillo se ha completado. Las pocas tropas leales al Rey se han rendido o han pasado a engrosar nuestras filas. La victoria es total.

Darigaaz continuó mirando al exterior sin volverse. El veterano soldado aguardó unos segundos antes de volver a hablar.

—También hemos capturado a este sirviente que pidió veros de inmediato. Dice ser el criado del antiguo Rey, y cree poder seros de utilidad.

—Gracias, Heken. Reúne a las tropas en el patio, me reuniré con vosotros en cuanto pueda.

Con un leve asentimiento el jefe de armas abandonó la habitación, dejando allí a un asombrado Rishen cuyos ojos no se habían apartado del cadáver del antiguo monarca.

—¿Cómo te llamas, chico? —le preguntó Darigaaz.

—Rishen, Señor.

—Rishen. ¿Sabes quién soy?

—Sí, Señor: sois Darigaaz de Rhean. Vuestra familia fue asesinada en la toma de poder del anterior rey.

Darigaaz bajó la mirada.

—Lo-lo lamento, Señor —se excusó el criado—. No pretendía… Mi familia también pereció aquella noche; yo tenía ocho años.

El nuevo Monarca estudió al joven.

—¿Y has estado aquí desde entonces? ¿Sirviendo al verdugo de tu familia?

—Sí, Señor. —Ahora tocó a Rishen contemplar el suelo—. No es algo que deseara, pero a veces la única alternativa que nos da la vida es encajar los golpes con los que nos hostiga, y perseverar en nuestros esfuerzos con la esperanza de alcanzar, algún día, un destino mejor.

Darigaaz asintió con una sonrisa triste en la cara.

—Rishen, ¿eres, o mejor dicho, eras su criado personal?

—Sí, Señor.

—¿Cuáles eran tus deberes?

—Cubría sus necesidades personales; además, estudiaba los informes financieros, militares, prácticamente todo el papeleo administrativo de la ciudad pasaba por mis manos. —Ante la mirada sorprendida de Darigaaz, Rishen se apresuró a explicarse—. Al crecer huérfano en el castillo dediqué toda mi vida al servicio, incluida la biblioteca, donde aprendí todo lo necesario para ayudar a mi señor de la mejor manera posible.

—Rishen, a partir de mañana afronto la tarea de dar a mis súbditos el gobierno que merecen, y necesitaré toda la ayuda posible; trabajarás a mi lado, como asistente personal y gestor del reino.

El criado miró sorprendido a su nuevo Señor.

—Gracias, mi Rey, pero no sé si sabré.

—Por lo que acabas de contarme, sabes más acerca de ser rey que nadie que yo conozca. Retírate ahora, seguiremos hablando mañana.

—Sí, Señor. Gracias, Señor.

Con tres reverencias y el chirrido de las bisagras, Darigaaz quedó a solas en la habitación, mirando pensativo la corona en su mano y el cadáver en el suelo. Apuró la copa y se apoyó en la balaustrada para contemplar el panorama nocturno. Era dueño y señor de todo lo que alcanzaba su vista. Apartó la mirada y apretó el puño hasta que sintió cómo los bordes de la corona se hundían en su carne.

 

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Escritor, autor de "Dragones Negros"