Dragones Negros | Capítulo 29

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29.
Alternativas

 

—¿Qué mierda es eso?

La irrupción del escamoso gigante en mitad de la batalla hizo que Brad se apartara de la ventana como si hubiera aparecido frente a él. No tardó en recuperarse de la impresión y ser consciente de que, a esa distancia y protegido por los muros de la casa de Sergen, era difícil que la colosal bestia reparase en su presencia. Avergonzado de sí mismo, regresó a su puesto de vigilancia.

—¿Ha funcionado? ¿Qué ves?

—Depende —contestó el chico sin apartar los ojos de la criatura—, si lo que pretendías con esos cánticos era que un gigantesco monstruo apareciese en mitad de los jardines, sin duda lo has conseguido.

Ámbar recibió la noticia con perceptible alivio. Desde que empezara la invocación, le había atenazado la tensión ante la imposibilidad de cometer el más mínimo error: un gesto mal ejecutado, una palabra arrastrando las guturales consonantes un poco de más o de menos, y la retroalimentación mágica les habría borrado de la existencia. Más relajada, destensó el cuerpo cuidando de no rebasar el círculo de runas en cuyo interior estaba sentada.

—Pero no está haciendo nada —dijo el joven sacando la mitad superior del cuerpo por la ventana para ver mejor la escena—. Está parado en mitad de la hierba con todo el mundo mirándole. Es algo irreal, como si alguien pintara un cuadro y todos posaran.

—No durará. —Ámbar regresó su atención hacia la pequeña figura sentada entre sus piernas—. Dem, ¿me estás escuchando? Lo has hecho muy bien, ahora debes conseguir que se mueva.

La niña mantenía los ojos cerrados y el cuerpo encogido por indicación de la elfa que le servía de asiento.

—Pero no sé cómo hacerlo. —La voz le sonó demasiado gritona y carraspeó antes de volver a hablar—. Lo estoy intentando pero no…

—Tranquila, observa lo que tienes alrededor. No, no abras los ojos. —Ámbar posó su mano sobre los ojos de la enana—. Verías doble. Tienes que controlar la invocación, abrir sus ojos y mirar a través de ellos; mirar con tu cerebro.

—Pero no sé cómo…

—Concéntrate. —La elfa buscó una forma de traducir sus pensamientos a un lenguaje que la niña pudiera entender—. Imagínate el castillo, ¿vale? ¿Recuerdas la vista que se observaba por la ventana, la hierba, la puerta, los muros? Mantén los ojos cerrados y trata de imaginártelo.

Brad abandonó su puesto y se dirigió hacia Ámbar con urgencia.

—Sigue sin moverse, esto no funciona.

—No estás ayudando —contestó ella entre dientes.

—A lo mejor es porque desde el principio te dije que era una mala idea. Dem es solo una niña, no puedes exigirle…

—No voy a perder el tiempo discutiéndolo de nuevo —cortó la elfa, furiosa—. Ninguno deseaba esta situación, pero al empapar el pergamino con su sangre su alma quedó ligada al hechizo, y no podemos hacer nada para cambiarlo. Ahora puedes ayudar a que esto termine de la mejor manera posible, o puedes hacernos un favor a todos y utilizar esa ventana para ahorrarnos la agonía de tu presencia.

Brad aguantó la réplica en su lengua unos momentos, hasta que finalmente decidió tragársela y extendió la mano hacia la niña.

—¡Cuidado con el círculo!

—Lo sé, no soy imbécil. —Brad se inclinó sobre los símbolos del suelo con cuidado de no pisarlos y agarró a Dem de la mano—. Hola, pequeñaja; soy yo, Brad. Escucha: ¿recuerdas cuando jugábamos a inventarnos cuentos, cuando uno decía lo primero que se le ocurriera y el otro tenía que imaginar una historia con eso? Muy bien, pues mis elementos son un dragón gigante, un castillo y dos ejércitos. Piensa, ¿qué se te ocurre?

Dem obedeció y pensó, y pensó, y cuanto más le repetía el joven los componentes de la historia, más claros aparecían en su mente: los dos ejércitos, el castillo, un muro rodeándolo; pero lo veía todo desde una perspectiva lejana, como un pájaro sobrevolando el campo de batalla. La sensación de vértigo le paralizaba los miembros, así que pensó en cambiar el punto de vista y el mundo osciló y se emborronó, dando paso el verde y el marrón a un azul más oscuro conforme su visión se elevaba. El rápido barrido le provocó un leve mareo; se mordió la lengua para combatirlo y trató de dirigir, muy, muy lentamente, la vista de nuevo hacia abajo. Recuperó la imagen inicial del campo de batalla, con un sorprendente añadido.

—Veo mi cuerpo. —La excitación impregnaba su voz—. Mis manos son oscuras y tienen garras, y escamas. Y soy gigante, todo se ve muy pequeño.

Brad se dejó caer hacia atrás, suspirando aliviado. Ámbar se inclinó sobre la niña y le habló calmadamente al oído mientras le agarraba el muslo.

—Muy bien, cielo, ya has entrado en él; ahora vamos a moverlo.

En el campo de batalla persistía la espontánea tregua provocada por la aparición. Parecía que hasta los heridos habían cesado sus lamentos y, en leguas alrededor, todos observaban sobrecogidos el fenómeno.

—De justicia reconocerlo, no escaseáis en recursos.

Madt dejó de prestar atención a lo que acontecía a las puertas del castillo y bajó la espada antes de dirigirse a su enemigo.

—Tú lo has dicho: si lo ocurrido hasta ahora no te ha convencido de lo estúpido de tu actitud, quizás esto lo haga. Tu patrón está a punto de ser depuesto, no verás mucho dinero por nuestras cabezas.

—No es solo dinero lo pendiente de trámite.

—Siento lo de Espolón, pero matarnos no le devolverá la vida. Seamos razonables, achaquémoslo a gajes del oficio y olvidemos el tema.

El bigote de Grillete se contorsionó alrededor de su boca.

—Si no os conociera mejor diría que intentáis eludir la lucha.

—Lo único que digo es que no hay necesidad de derramar más sangre.

—Comprendo, más de lo que os gustaría. —El cazarrecompensas miró a la caída Ilargia—. Simplifiquemos: o combatís, o me cobraré mi deuda de sangre con la suya.

El cuerpo de Madt fue recorrido por una descarga al oír la frase.

—Como prefieras, sangre será —escupió antes de cargar contra él entre un sonoro retumbar.

—¡Se está moviendo! —gritaron desde el interior de los muros cuando la bestia adelantó uno de los pies e hizo vibrar el suelo circundante. La parálisis que atenazaba a los defensores del castillo pareció curarse mágicamente, soltando todos sus armas y dirigiéndose hacia las salidas más cercanas. Desde el adarve del muro, su comandante los observaba indeciso. También él sentía la urgencia de abandonar al Rey y salvar la vida, aunque tuviera que salir de la ciudad solo con lo puesto. Pero Brein contaba con un incentivo para permanecer allí del que carecían sus hombres: ya había experimentado esa situación, durmiendo en la calle y jugándose la vida por un trozo de pan. Le llevó la mitad de su existencia escapar de la miseria, y no iba a dejar que nada le devolviera a ella, ni siquiera una abominación como aquella.

—¡Quietos! Al que abandone su posición lo colgaré de la muralla por los intestinos —bramó.

—Pero señor, no podemos hacer nada contra ese monstruo —alegó uno de los soldados.

—Ese Darigaaz es un elegido de los dioses: primero resucita y luego invoca a un dragón —añadió otro, generando tímidas expresiones de conformidad.

—Tonterías —acalló Brein a sus tropas—, ese Darigaaz es tan elegido de los dioses como vosotros o yo. No es más que un traidor y un cobarde, como lo fue su padre.

—Pero ha invocado un dragón.

—No ha hecho una mierda, nunca lo hizo. —Los argumentos eran generados a la carrera por su mente mientras hablaba—. ¿Sabéis cómo lo sé? Porque yo lo conocí. Lo acogí de pequeño y lo instruí, hace mucho tiempo, en Lewe, cuando los dos éramos proscritos. Nunca ha sido otra cosa que un charlatán.

—Señor, no dudamos de vuestra palabra, pero tampoco podemos negar lo que ven nuestros ojos.

—¿Eso? —El comandante señaló al gigante, evitando mirarlo para no poner a prueba su determinación—. Un truco, ilusiones, magia barata de elfos oscuros.

—¿Elfos oscuros? —La sorpresa mitigó en parte el miedo entre la audiencia; Brein trató de usarlo en su favor.

—Exacto, elfos oscuros. No solo ha traicionado a su rey, también a sus congéneres aliándose con la escoria de Vitalis para conseguir un trono que no le pertenece. Ese es nuestro enemigo: un ladrón, un estafador, un traidor, lo más bajo que se puede encontrar. ¿Un elegido de Ilahe? Compartí habitación con él durante meses: ¿un elegido de los dioses mojaría la cama con catorce años?

Los hombres comenzaron a reír y a responder con gritos a su comandante, que sentía la confianza crecer en su interior.

—No se trata de una lucha por el trono —continuó—. Es un ataque a nuestra raza, y vamos a demostrarles quién tiene las mejores armas. ¡Prended las vasijas de brea! ¡Cargad balistas, escorpiones y catapultas! ¡A mi señal, fulminemos a esa bestia!

Una primera salva partió como una bandada de aves para estrellarse contra la criatura que, parsimoniosa, iniciaba un segundo paso hacia las murallas. Darigaaz observó aliviado cómo los proyectiles se partían contra las escamas del coloso para delirio de sus hombres, que jaleaban el avance.

—Necesitarán algo mejor para detenerlo —apuntó Heken.

—Puede que ya lo estén preparando —respondió su líder mientras aleccionaba a las tropas cercanas—. Ahora, aprovechemos que ya no contamos con su atención para derribar a tantos soldados de las murallas como podamos.

—¿Por qué preocuparnos? Retrocedamos fuera del alcance de los proyectiles y aguardemos a que nuestro amigo destruya sus muros y aplaste sus tropas.

—Porque por muy imponente que sea, no es invulnerable, y su conjuración no es infinita.

La expresión del jefe de armas cambió.

—Lo que quiere decir…

—Que en breve desaparecerá, y si no ha logrado derribar los muros para entonces podemos despedirnos.

El termiense tragó saliva al tiempo que un extenso arpón surgía tras los muros y volaba hacia el brazo del engendro, donde se clavó con un chasquido.

—¡Me duele! —dijo Dem agarrándose el brazo.

—No, cariño, no te duele de verdad, es solo tu imaginación. —Ámbar le apartó la mano y la sustituyó por la suya—. ¿Lo notas? Es mi mano, ¿ves como no hace daño? Tranquila, yo te protejo, tú sigue moviéndolo. Brad, ¿a qué distancia está? ¡Brad!

El chico despertó de su pasmo y regresó a la ventana.

—Está a… No sabría decir, dame un segundo. —Se agarró al marco, al tiempo que la vibración que recorrió la habitación anunciaba un nuevo contacto del pie del monstruo contra el suelo—. Unos cuatro pasos, cinco tal vez. ¿No puede ir más rápido?

—Imposible, si forzara los movimientos su organismo se colapsaría por el esfuerzo. Debemos mantener el ritmo y rezar por que el tiempo no se agote antes de que llegue.

—¿Y por qué no lanza fuego? Es un dragón, ¿no?

—No digas tonterías —finalizó Ámbar antes de abrazar con más fuerza el cuerpo de Dem.

—Mantened el fuego, ese último lo ha notado. —Brein observaba aliviado cómo el ánimo mejoraba entre sus hombres conforme avanzaba la batalla—. Recargad y disparad, derribaremos esa abominación y luego ajustaremos cuentas con su amo. ¡Ballesteros! Id adelantando tarea, barred a esos rebeldes.

Los virotes parecieron desaparecer de la boca de las ballestas y aparecer instantáneamente en el suelo exterior. Su paso entre los insurgentes causó estragos.

—Tenemos que retroceder, a esta distancia esas ballestas nos destrozarán sin importar nuestros escudos o armaduras.

—Alejémonos de la puerta y quizás podamos dividir su atención, atrayendo parte del fuego hacia nosotros —dijo Darigaaz frotándose el brazo del arma—. ¡Hombres, mantened los escudos altos y seguidme!

—Señor, estáis sangrando.

—Nada grave. —Al atender su arañazo reparó en los hombres que gritaban desde el suelo—. Necesitamos curar a los heridos, ¿dónde están Ilargia y Madt?

La fuerza del golpe hizo saltar pequeñas esquirlas del metal de las espadas. Madt sintió cómo el impacto recorría su brazo hasta el hombro, lastimando las articulaciones a su paso.

—Quizás os maljuzgara, aventuré que apreciaríais más a la hembra como para ofrecer tan pobre defensa. ¿Dudáis de la veracidad de mi advertencia?

Madt saltó hacia su adversario, que optó por esquivar la acometida en vez de enfrentarla.

—Os conozco lo suficiente como para saber guardar las distancias —dijo mientras con otro espadazo obligaba a su contrincante a recular—. Puede que estuviera errado, y sea la edad el germen de tan triste actuación. O quizás mi apreciación inicial fuera certera y lo que os abigarra sea la estima a vuestra compañera, pero no por carencia, sino por exceso.

Madt hacía oídos sordos mientras trataba de recortar la distancia entre ambos y contrarrestar así el mayor alcance y potencia que la envergadura de Grillete confería a su espada, pero todas las tentativas eran abortadas por golpes de amplio arco que minaban su fortaleza. Como el que en ese momento casi le parte la espada y se hunde en su cráneo.

—¿Acierto? —continuó el cazarrecompensas—. ¿Es ese pensamiento el que os motivó a tratar de anular el combate? ¿Planeáis complacer a vuestra consorte arrebatando a Ölün su parte en este drama?

Madt apretó dientes y ceño, tratando de hollar con la mirada donde no alcanzaba con el acero. Su contrincante respondió con una carcajada.

—Nobles sentimientos, lástima que hablemos de una quimera. Puede que ahora vuestras miradas se estimulen al cruzarse, pero ¿qué pasará cuando ella os conozca como yo lo hago? ¿Cuando las historias de vuestro pasado os conviertan en un desconocido a sus ojos? ¿Creéis que os perdonará, que podrá olvidar vuestras acciones y amaros como si aún conservarais algo de humanidad? Quizás cuando acabe con vos le cuente los momentos que compartimos en la frontera de Las Fauces y así lo comprobaremos. ¿Qué os parece?

Grillete acompañó su última frase con un golpe oblicuo al que Madt, sorpresivamente, correspondió con un espadazo a ambas manos en el que puso todas sus fuerzas. El encuentro entre los aceros se saldó con la espada de Madt saltando en pedazos y generando una paralizante perplejidad en Grillete; Madt, por su parte, aprovechó el impulso para girar sobre sí mismo y, al encarar de nuevo a su enemigo, rasgarle el brazo extendido con el trozo de hoja que conservaba su empuñadura. La sangre brotó del profundo corte, al tiempo que el lamento de Grillete era sofocado por el impacto de la rodilla de su adversario contra su estómago. Ambos quedaron tumbados en el suelo, con Madt sentado sobre el musculoso pecho del cazarrecompensas.

—Reconozco mi error, advierto la vuelta del viejo asesino.

—Enhorabuena —contestó Madt mientras apuntaba la astillada espada hacia el rostro de Grillete—. Y ahora, morid de una vez.

—No, no lo matéis.

La voz de Ilargia sonaba debilitada por el esfuerzo de caminar hacia ellos.

—No miréis, señora. No va a ser agradable.

—No, Madt, no lo permitiré. Ya basta de muertes.

—Es necesario, es un asesino. Si lo dejamos vivir hoy, matará de nuevo.

—¿Y nosotros somos mejores? ¿Cuántas muertes ha provocado nuestra fuga? ¿Cuántas vidas he extinguido al salvar la de vuestro amigo Darigaaz? Se acabó, basta de sangre.

Ilargia le puso una mano en el hombro y Madt se incorporó, dejando caer los restos del arma.

—Es una locura salvarle.

—Supongo que es mi naturaleza —dijo ella con una sonrisa.

Le apartó del gigante caído, se arrodilló y posó sus manos sobre el brazo ensangrentado. Cerró los ojos y una familiar luz azul pasó de su cuerpo al de Grillete, cerrando las heridas en su recorrido. La práctica lo hacía más fácil.

El cazarrecompensas miró su brazo con incredulidad antes de levantarse, recoger el arma y dirigirse a Ilargia.

—Signad nuestra cuenta como saldada, señora. —Se giró hacia Madt—. Pero no la vuestra; día zanjado, por respeto a la dama, pero nuestro próximo encuentro solo será recordado por uno de los dos.

—Sin problemas —escupió Madt a la marcha de Grillete. Su ausencia generó un ambiente extraño entre los compañeros. Ella iba a decir algo para romper el silencio cuando dicho silencio saltó en mil pedazos.

El aullido era sonido blanco puro que cortaba el aire hasta clavarse en los tímpanos del oyente, provocando una contracción que forzaba al máximo la elasticidad de la membrana. Todos los habitantes del campo de batalla y la mayor parte de la ciudad trataron de proteger sus oídos, sin éxito. Cuando el dolor cesó, buscaron aturdidos la fuente.

—¡Se está muriendo! —Brein señalaba con euforia hacia el coloso, alentando a sus tropas: en su cuerpo sobresalían decenas de púas artificiales generadas por los proyectiles lanzados contra él—. Mantened el ritmo, está tambaleándose.

—Está tambaleándose. —Brad combatía la impotencia que sentía lanzando aspavientos en todas direcciones—. Joder, maldita sea, se va a caer.

Ámbar agitaba la cabeza a los lados, tratando de mantener el sudor fuera de sus ojos mientras infundía ánimos a la niña entre sus brazos.

—Continúa avanzando, pequeña, ya casi hemos terminado.

—No puedo, intento moverme pero las piernas no me obedecen —se excusó Dem.

—Brad, ¿a qué distancia está?

—No lo sé, a unos… dos pasos. ¡No, no, no, no, no…! Se está cayendo. Está desplomándose hacia atrás, se muere.

La elfa apretó el rostro mientras su cerebro trataba desesperadamente de alcanzar una idea; estaba a punto de ceder cuando ésta apareció.

—Dem, su cuerpo no es como el tuyo, no solo tiene brazos y piernas, también tiene una cola, ¿la sientes? —Ámbar casi notó la perplejidad de la niña a través del contacto. Le colocó el puño derecho en la zona baja de la espalda y apretó—. ¿Sientes esto? Dem, quiero que te concentres en esa sensación, empuja contra mi mano, aprieta tu cuerpo contra ella. ¡Vamos!

La niña obedeció y contrajo los músculos al final de su columna en respuesta a la presión de Ámbar. Fuera, la tierra bajo la cola del monstruo se comprimió cuando dicho apéndice se tensó a lo largo, haciendo que la caída del cuerpo se ralentizara hasta frenarse, estabilizando así su inmensa masa antes de reconducirla en un descenso hacia los muros.

—No me jodas. —El comandante trató de eludir la caída de la bestia, pero la sombra se extendía hasta cubrir un terreno demasiado vasto para recorrerlo en el tiempo que restaba. Brein fue consciente de este hecho, justo antes de que el impacto del gigantesco ser confiriera a su organismo el espesor y consistencia de un charco gelatinoso.

El monumental golpe resonó en los ya castigados oídos de los asaltantes, levantando una polvareda que obligó a Darigaaz a protegerse los ojos con el brazo. Cuando lo apartó, el monstruo había desaparecido, llevándose una buena porción del muro y varios guardias con él. El Caballero Dragón alzó a Plaga y guió a sus hombres hacia la abertura.

—Acabemos con esto de una vez.

 

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Escritor, autor de "Dragones Negros"