Dragones Negros | Capítulo 26

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26.
Por tierra

 

A lo largo de la historia de la humanidad, todo logro o acontecimiento importante ha precisado de la colaboración de individuos dispuestos a anteponer el beneficio de la mayoría al suyo propio; sin su sacrificio, esas hazañas habrían sido irrealizables. No existe patrón para identificar a estos anónimos benefactores, ya que dicho papel ha correspondido a personas de todo tipo y condición con el transcurrir de las épocas, pero sí podemos encontrar una particularidad que los hermana: pocos ofrecieron su ayuda por propia voluntad.

En el torneo homenaje al enlace entre el príncipe de Hyrdaya y la heredera de Mirtis, esa función correspondió a los guardias encargados de vigilar las instalaciones de palacio mientras toda la ciudad disfrutaba de los juegos. Con actitud marcial, ejecutaban sus rondas frente a las entradas o sobre los muros mientras, a sus espaldas, el griterío del público celebraba los momentos más espectaculares de los lances. Eran tantas y tan continuadas esas celebraciones que los centinelas no podían evitar, de cuando en cuando, ceder a la tentación y girarse para tratar de captar algo de lo que sucedía, descuidando temporalmente su vigilancia. Esos eran los momentos que una sombra encapuchada escogía para moverse entre ellos sin ser vista.

Con el clamor muriendo en la distancia, Elandir burló al último soldado y alcanzó el patio de armas. La desaparición de sus llaves le había enfurecido de tal manera, que a punto estuvo de abandonar toda precaución y saltar a la búsqueda del elfo oscuro que había jugado con él esos últimos días. Por suerte, pudo más su autocontrol: su objetivo poseía un juego de llaves completo y la habilidad de camuflarse propia de su raza, por lo que podía estar en cualquier lugar de palacio. Elandir decidió organizar la búsqueda dando prioridad a los lugares desde los que un hombre (o elfo oscuro, dado el caso) podría hacer más daño.

Inspeccionó la puerta de escape que, sospechaba, había servido para que Darigaaz y su séquito atravesaran la muralla media; no encontró a nadie, pero huellas recientes confirmaron su presentimiento. Revisó las entradas principales de los muros pero todo parecía en orden. Descartando el campo de juegos por la gran concentración de soldados que acumulaba, solo restaba el complejo palaciego circundado por el muro interior que constituía el centro de poder del reino. Los almacenes de comida y los aljibes podían ser una posibilidad tentadora si los atacantes contemplaban un asedio prolongado, ya que privar a los defensores de provisiones lo acortaría de manera notable. Era un buen comienzo para su búsqueda.

Elandir se encaminó hacia los depósitos de cereal, mientras una nueva ola de entusiasmo surcaba el aire en forma de vítores.

 

En las gradas, el público recuperaba sus asientos mientras los jinetes continuaban la carrera hacia el final de la pista. El choque había sido violento, provocando que ambas lanzas se astillaran, pero los contendientes habían permanecido en la silla, indemnes a primera vista. Lo que podía ser cierto en caso del caballero de Lewe, pero no en el de Darigaaz de Rhean, que bajo la coraza se encogía sobre su costado dolorido. Cada encontronazo generaba ondas de impacto que recorrían madera, hierro y carne hasta llegar a la herida, más y más sensible en cada ocasión. Manteniendo la compostura mientras agradecía que el yelmo le ocultara el rostro, giró grupas y se preparó para el segundo asalto. Desde la barrera, Madt le miraba preocupado.

—No está bien, baja el escudo en cada carga y descompensa su postura, desequilibrando la lanza. Si delante tuviera un adversario competente, su participación en el torneo habría finalizado.

—¿Y por qué su adversario…? Bueno… —Ilargia bajó la voz para concluir la pregunta—. ¿Por qué no se deja caer?

—Porque debe resultar creíble, y ese golpe no habría derribado ni a un mozo de cuadras. Estamos teniendo suerte con los emparejamientos, pero cuando se cruce con un hombre del Rey podemos darlo por acabado.

—¿Y si lo curo? Quizás haya recapacitado.

Madt resopló.

—Lo dudo, reconocí la mirada en sus ojos: ha tomado su decisión, y Ölün me libre de llevar la contraria a un jodido heredero del reino. No nos queda más remedio que permanecer aquí y esperar, puede que tengamos suerte y todo salga bien.

—No lo creéis, ¿cierto?

—No soy hombre de mucha fe, princesa, ya lo sabéis.

Ambos regresaron la mirada a la pista justo cuando los caballeros se cruzaban por segunda vez. El arma del lewenio impactó en la zona exterior de la rodela termiense y resbaló hacia fuera, lo que permitió a Darigaaz mantener un buen empuje sobre su propia lanza y alcanzar el centro del escudo de su rival, descabalgándolo. Concluido el lance, el perdedor se dirigió a la tienda de su oponente para ofrecer armas y caballo en prenda, mientras dos nuevos participantes ocupaban la pista.

—Nuestro amigo común aguanta.

El Rey se ayudó del vino para tragar la carne que masticaba y así poder contestar a Usmen.

—Eso parece, aunque diría que su forma ha ido deteriorándose en cada justa.

—Concuerdo —asintió el noble—. No puede decirse lo mismo de vuestro hijo, su participación está siendo extraordinaria: aunque fuera descalificado en esta ronda, ser parte de los ocho guerreros supervivientes es muy meritorio.

—A lo mejor para otro, pero no para él. Todo resultado que no sea ganar este torneo provocará una profunda sensación de fracaso y un enervante enclaustramiento en sus aposentos. Por fortuna, en esta ocasión le tocará a su mujer aguantarlo.

—Una noche de bodas envidiable —dijo el noble antes de que un golpe devolviera su atención a la pista—. Terrible, no entiendo como ese muchacho ha logrado superar tantas eliminatorias.

El Rey imitó a su interlocutor para ver cómo el vencedor de la justa saludaba al público alzando la lanza mientras su oponente era retirado, inconsciente.

—Sed justo, su verdugo es uno de los mejores caballeros del reino, campeón de Mirtis y un adversario muy correoso.

—Vaya, ¿y no acaba de convertirse en el próximo contrincante de ese Caballero Dragón?

—Así es. —el Rey bebió un nuevo trago, saboreando el regusto dejado por el licor en su paladar—. Sin duda que sí.

 

Los almacenes de grano estaban intactos, sus puertas cerradas y nada fuera de lugar. La inspección de los aljibes había arrojado un resultado similar. Elandir revisó las dependencias de la soldadesca y establos sin encontrar nada raro. Descorazonado, se apoyó en un muro mientras reunía fuerzas para su siguiente y desalentador objetivo.

La inmensa masa del castillo se alzaba solemne ante él, la construcción más grandiosa en la historia de la humanidad: una mastodóntica mole rodeada de edificios secundarios, alas y torres unidas entre sí por pasadizos elevados o subterráneos, e interminables corredores que comunicaban cientos de estancias. Y él debía registrarla sin ser visto antes de que la caída de un cada vez más deslucido sol anunciara el fin de los festejos. Elandir crujió el cuello, tomó aliento y se dirigió a la entrada principal.

 

—Soy consciente de que es mi primer torneo, pero el príncipe parece bastante diestro.

—Ojalá no lo fuera, pero es uno de los mejores duelistas de Vitalis —respondió Madt, mientras el objeto de su análisis saludaba a la multitud. A sus pies, su adversario yacía con el escudo y yelmo desprendidos por el golpe—. Ese khusiano era una de nuestras mejores bazas, y lo ha limpiado a la primera.

—Lo que deja cuatro participantes.

—Neófita pero observadora —sonrió Madt—. Darigaaz abrirá la penúltima ronda contra ser Gulli de Mirtis, el primer desafío serio que encara. Podéis empezar a rezar a vuestra diosa.

—Creía que no erais hombre de fe.

—Solo un imbécil desprecia una colaboración altruista, por absurda que le pueda parecer.

Con la penosa retirada del caballero derrotado, la pista quedó lista para el siguiente duelo. Darigaaz se encaminó a su posición, tratando de aliviar el hormigueo de su brazo izquierdo frotándolo contra el interior de la armadura; la tensión de aguantar tanto dolor de forma tan continuada estaba haciéndole mella. Fijó las correas del escudo de forma que la mayor parte de la tarea de sujeción recayera sobre ellas, y no sobre el brazo. Mientras, al otro lado de la pista, su adversario aguardaba. Ambos bajaron los visores de los yelmos, bascularon sus lanzas y cargaron. El ruido de los cascos, el chirrido de la madera contra el acero y un grito desgarrador se turnaron en el ambiente, antes de que los dos caballeros prosiguieran su camino, alejándose el uno del otro.

—¡Darigaaz! —se le escapó a Ilargia.

—Terrible, ha recibido el impacto de lleno; si aguanta sobre el caballo es por pura cabezonería. —Madt se había incorporado sobre la valla para observar mejor a su amigo—. Por suerte, es una de sus mejores cualidades.

El brazo del arma empezó a temblar. Darigaaz encaró de nuevo a su adversario, apretó los muslos contra su montura y picó espuelas. Cada galope se le clavaba en las heridas como una aguja al rojo vivo. Comenzaba a colocar su lanza en horizontal cuando el caballo dio un ligero traspiés: un incidente fácil de contrarrestar en circunstancias normales, pero que en aquella tesitura abrió su guardia instantes antes del choque. El campeón mirtense lo notó y pivotó la punta de su arma, buscando el tórax. Consciente de que no se recompondría a tiempo, Darigaaz cargó todo el peso a la derecha y sacrificó la defensa para emplear las energías que le restaban en un último y desesperado ataque. Al cruzarse, la postura adelantada propició que su asta golpeara primero, pero al no estar bien afianzada, la madera resbaló sobre la superficie del escudo hasta llegar al yelmo, que golpeó de refilón. A continuación, un volcán de dolor erupcionó en su costado al encajar de pleno el ataque de su adversario, a lo que siguió una leve ingravidez y la paralizante sensación de impacto que le recorrió la espalda al aterrizar en el suelo.

El Rey dejó de prestar atención a la pista y se centró en los rostros que a su alrededor quedaron como si un trapo les hubiera despojado la energía vital, dejando una colección de máscaras inertes a su paso. Por desgracia, la alegría duró poco, ya que en ese momento el caballo del mirtense levantó sus patas delanteras, impelido por un jinete que, desestabilizado por el golpe recibido, se aferraba a las riendas para no perder la verticalidad. Finalmente, su guante resbaló sobre el cuero de la brida y siguió el mismo camino que su oponente.

El entusiasmo viajó entonces de la grada noble a la humilde, haciendo una parada en la zona donde Ilargia agarró por impulso la camisa de su acompañante.

—¡Han caído los dos! —gritó—. ¿Tienen un tercer intento?

—Me temo que no, solo uno de ellos volverá a montar en el torneo —contestó Madt—. Deben decidir cuál será luchando en tierra.

Darigaaz temía moverse, ya que presentía que, de hacerlo, su cuerpo se descompondría dentro de la armadura. El acolchado había vuelto a ser providencial, impidiendo que los encajes metálicos le horadaran la carne. El reducido campo de visión de su yelmo se fue poblando de caras conocidas que lo miraban con preocupación.

—Señor, ¿os encontráis bien?

—Darigaaz, ¿puedes oírnos? Vamos, chico, contesta.

Darigaaz alzó pesadamente los brazos hasta conseguir que alcanzaran una inestable perpendicularidad respecto al suelo.

—Estoy bien —reptó por su garganta—. Ayudadme a levantarme.

Entre varios hombres consiguieron que el magullado caballero se incorporara. Con la visera alzada para recuperar el resuello y refrescar el interior de la armadura, Darigaaz bebió de la copa que le tendían.

—Debes cesar esta locura —le dijo Heken—. Deja que esa mujer te cure, empuña a Plaga y liquida el combate.

—Ya cerramos esa discusión, no necesito su ayuda. —Escupió y devolvió la copa al escudero, que preparaba las armas para la lucha cuerpo a cuerpo—. Además, en este tipo de combate tengo ventaja, soy más joven que él.

—Lo que significa que él ha sobrevivido a más enfrentamientos.

—¿De verdad vas a hacer repetirse a tu señor?

Heken bufó y regresó a la tienda sin añadir nada más. Darigaaz observó su partida antes de bajar la visera y dirigirse hacia su adversario.

Ambos coincidieron en elegir espada y escudo, lo que era un alivio ya que con el costado atrofiado por el dolor habría sido incapaz de empuñar un arma a dos manos. Se colocaron a la distancia reglamentaria y comenzaron a rondarse, lanzando tímidas acometidas para descubrir puntos débiles en el adversario. Darigaaz sentía la espada desacostumbradamente pesada en su brazo.

Tras el tanteo inicial, el mirtense pasó a descargar golpes fuertes y directos, tratando de explotar el deterioro físico de su adversario, o simplemente abrir su guardia. Consciente de su limitado abanico de recursos, Darigaaz se limitó a levantar el escudo para repeler los ataques sin devolver ninguno, reservando sus fuerzas. Uno de ellos le impactó contra la armadura del brazo, haciendo que todo su cuerpo se tambaleara ostensiblemente hasta que consiguió estabilizarse de nuevo.

Notando la precaria fortaleza del rival, el mirtense redobló la fuerza de sus embestidas. Darigaaz encajaba la lluvia de mandobles mientras recorría desesperado la figura de su oponente, en busca de un resquicio al que agarrarse, y creyendo encontrarlo en el desgarrón que presentaba una de las cinchas del casco, producido seguramente por el impacto de lanza que le descabalgó. Continuó cediendo terreno, aumentando así la confianza de su contrincante, y provocando que pusiera más énfasis en los ataques que en la defensa, ansioso de finiquitar el combate. Darigaaz esperó hasta que el veterano caballero alzara de nuevo el arma, y lanzó entonces un rápido tajo oblicuo con la punta de su espada contra su yelmo, que hizo que la cinta se tensara y cediera, con lo que el casco quedó ladeado y la visión de su oponente se nubló. Aturdido por la repentina ceguera, el mirtense trató de recomponer la armadura antes de que fuera demasiado tarde, lo que aprovechó Darigaaz para golpear de nuevo, esta vez con el escudo. El yelmo salió impulsado hacia los cielos, dejando la canosa cabeza de Ser Gulli desprotegida frente a la cuchilla que le apuntaba a la cara.

—Me rindo —dijo lo suficientemente alto como para ser oído en todos los graderíos. El semblante del Rey reflejó su disgusto, compartido por su acompañante.

—Buen combate, aunque quizás el resultado no era el que deseábamos.

—Quizás; no debemos quitar mérito a su esfuerzo.

El público aplaudía a los combatientes mientras Heken y el escudero ayudaban a Darigaaz a desprenderse de la armadura.

—Impresionante.

—Eso te enseñará a no dudar de tu señor.

—Lo que es justo es justo —sonrió el jefe de armas—. Aprovecha para descansar un poco, solo queda el último paso.

—Señor, estáis herido —dijo el escudero al retirar una de las piezas de la abollada coraza.

Darigaaz alzó el brazo y un hilillo de sangre varió su dirección hacia la axila.

—Nada grave, parece que uno de los golpes traspasó las junturas del brazo, pero es un corte superficial. Sellad la herida y quedaré como nuevo.

Y en la grada real, ante la visión de la sangre, una terrible sonrisa se formó en la cara del Rey.

 

Elandir se apoyó en la mesa de banquetes y miró al suelo, desolado. Se agotaba el tiempo y apenas había registrado una ínfima porción del castillo; si su enemigo se ocultaba allí dentro podía darle por perdido. Aceptando a regañadientes ese hecho, buscó otra manera de aprovechar su escasa ventaja: conocía los planes de sus enemigos, sus rostros e intenciones, pero ellos ignoraban que él estuviera allí. Debía encontrar una posición desde la que poder infringirles el mayor daño posible.

La pista de duelos estaba descartada, y el castillo era demasiado grande para que su presencia allí marcara alguna diferencia. Las puertas del muro interior eran un buen lugar, pero estaban ya guardadas: un numeroso grupo de soldados custodiaba la entrada y sus alrededores, vigilando que nadie las traspasara sin permiso. Además, si estos hombres fueran eliminados, la misma puerta se encontraba cerrada y el rastrillo bajado. Esas medidas adicionales eran claves en caso de ataque, ya que de no funcionar correctamente dejarían franca la entrada a los invasores, convirtiendo en inútiles el resto de defensas. Sus mecanismos de control se encontraban en una pequeña habitación situada justo encima de la puerta, donde un ingenioso sistema de contrapesos permitía que sus tornos fueran operados por un solo hombre.

O elfo oscuro, dado el caso —pensó Elandir, empuñando su daga y dirigiéndose hacia la puerta principal.

 

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Escritor, autor de "Dragones Negros"