Dragones Negros | Capítulo 25

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25.
Introducción

 

Arrastrado por el gentío que huía de los jinetes, Elandir intentaba con escaso éxito evitar morir aplastado. A su llegada, la vía adyacente a la puerta sur ya estaba impracticable por la cantidad de curiosos que en ella se agolpaban; trató de abrirse paso para ver al desconocido que había protagonizado los rumores de la ciudad los últimos días, pero apenas consiguió distinguir una indeterminada figura sobre un carruaje, antes de que el conflicto estallara y se propagara con rapidez. En su calidad de Jefe de la Guardia intentó poner orden entre los que lo rodeaban, pero fue inútil. No pasó mucho tiempo para que los gritos dieran paso a los proyectiles, y éstos a las escaramuzas. El caos se adueñó de aquella reducida porción de la ciudad, hasta que el retumbar de los cascos heló la sangre de los participantes en la refriega.

—¡Viene la caballería! ¡Corred por vuestras vidas!

Se produjo en ese instante un cambio en el flujo humano, filtrándose su caudal de la calle principal hacia vías de drenaje en forma de callejones y rúas secundarias. Cogido en pleno centro de paso, Elandir trataba de unirse a alguna de las corrientes de salida, pero el pánico reinante hacía que éstas cambiaran de sentido constantemente, entre gritos y empujones.

Quedaban muchas personas en la calzada cuando los temidos jinetes aparecieron, enfilándola hacia la entrada sur y atravesando el gentío como una quilla la superficie del mar. Las mareas humanas recibieron así el estímulo necesario para terminar de definirse, huyendo de las cargas hacia los lados del camino, lo que permitió a Elandir obtener refugio en una pequeña callejuela.

Aprovechó el respiro para recomponer sus ropajes y pertrechos antes de dirigirse a palacio: el tumulto había dispersado la comitiva de Termin, así que ahora debía tratar de adelantarse a su próximo movimiento y esperarles allí. Ninguno de los bandos se había ganado sus simpatías en el conflicto, y alertar a la guardia de todo lo que sabía podría decantar definitivamente la balanza en favor del Rey, pero su honor se lo exigía, a pesar de la nota que le entregó Kera. Cuando ajustara cuentas con quienes le habían utilizado y torturado, llegaría el momento de pedir explicaciones a su padre y su desconcertante sentido de la oportunidad.

El ambiente en los alrededores de palacio era sosegado, la gente accedía a los vastos jardines y ocupaba sus sitios alrededor de la pista de justas. Las gradas destinadas a la plebe estaban repletas desde primera hora del día, con cientos de individuos en busca de un sitio desde el que disfrutar de las acciones de sus caballeros preferidos. Por su parte, las destinadas a la nobleza permanecían desiertas, al estar sus dueños atendiendo diversos actos sociales en los exteriores del castillo.

Alrededor del circuito se erigían las tiendas de los participantes, con los blasones identificativos ondeando orgullosos al viento de la mañana. Ocultando sus rasgos élficos bajo una capucha, Elandir las recorrió hasta localizar el que había visto sobre el carro del Caballero Dragón. Fingiendo ser un asistente más del torneo, la rondó a una distancia prudencial mientras forzaba los oídos para captar la conversación mantenida en el interior.

—¿Cómo llegarán, entonces?

—No lo sabemos, el incidente provocó que nos separáramos de ellos.

—Quizás deberíamos salir y buscarlos.

—Imposible, la guardia está alerta a todos los movimientos de nuestra casa, y la puerta del palacio se ha vuelto infranqueable.

—No solo la de palacio: muchos de los caballeros de Lewe y Khus se han visto privados de sus escoltas, y hay comitivas enteras retenidas a las puertas de la ciudad.

—Debemos esperar, seguro que lo conseguirán.

—Estamos muertos, todos nosotros, muertos del primero al último. El representante de Lewe lleva desaparecido desde ayer, y ahora los hombres del Rey interceptan nuestros refuerzos. Todo se ha terminado.

Las otras voces le eran desconocidas, pero Elandir no pudo reprimir una maledicente sonrisa al reconocer el tono aflautado del comerciante de tejidos Sergen Ylan.

—Tranquilizaos, el torneo todavía no ha comenzado, y hay tiempo de sobra para que lleguen. Confiad en nosotros, tenemos más recursos de los que pensáis.

—Esos recursos nos serán muy útiles cuando nos conduzcan al cadalso.

Abandonó la escucha y el campo de justas para dirigirse a palacio. Con el aspirante al trono a la fuga, y la guardia dándole caza, solo restaba encontrar al elfo oscuro. Su destreza para el camuflaje le hacía una presa difícil, pero Elandir había captado su olor en la celda donde le torturó y conocía a sus asociados. Solo necesitaba acceso a las comitivas diplomáticas, y para ello debía compartir con su Majestad toda la información de que disponía, por poco que le agradara la idea.

En la entrada al edificio principal fue retenido por los centinelas.

—Quiero pensar que es el ajetreo de hoy lo que os impide reconocerme. Dejadme pasar, rápido.

—Te conocemos de sobra, elfo: es a ti a quien tenemos órdenes de detener.

Elandir le miró sorprendido.

—¿Detener? Debe tratarse de un error.

—Eso tendrás que discutirlo con su Majestad, no con nosotros —respondió el guardia.

—Perfecto; llevadme con él, tengo noticias importantes que comunicarle.

—Su Alteza está demasiado atareado, así que te escoltaremos a las mazmorras hasta que pueda interrogarte.

Los dos hombres le rodearon, instándole a acompañarles con un brusco empujón.

—Esto es una locura, no he hecho nada.

—Como soldado, debo avisarte que cualquier tipo de resistencia será correspondido con el uso de la fuerza por nuestra parte —dijo el hombre—. Como humano que lleva años viéndote mancillar nuestros colores, te invito a que lo hagas.

Elandir se zafó a un lado mientras los soldados echaban mano a las espadas. No le sería difícil vencerlos, pero hacerlo implicaría enfrentarse al resto de guardas y su más que probable derrota. Mientras maquinaba una ruta de escape, Rishen apareció.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó el criado.

—Cumplimos órdenes, el Rey ha ordenado que encerremos a este traidor —contestó un soldado.

—Soy consciente de los mandatos de su Majestad, pero veo arriesgado que abandonéis vuestros puestos en la actual situación. Yo acompañaré al señor Elandir.

Con una mirada contrariada, los soldados regresaron a sus puestos mientras Rishen conducía a Elandir hacia las mazmorras.

—Te lo agradezco, Rishen, pero no puedo perder más tiempo, debo hablar inmediatamente con su Majestad —le dijo cuando estuvieron más alejados.

—Lo lamento, señor, pero el Rey está…

—… ocupado, me hago cargo, pero traigo información de la máxima importancia: se está maquinando un complot contra la corona.

El criado se detuvo al oír esas palabras. Por señas, guió a Elandir hasta un cuarto de servicio donde, tras confirmar que nadie les acompañaba, correspondió su confidencia.

—Creo que el Rey ya lo sabe: ha pasado la noche reuniéndose con nobles y caballeros, y la mañana inspeccionando las defensas del castillo. También ha encargado que se detenga a los jefes de la guardia.

—Pero eso es ridículo, ni Dunrel ni yo tenemos nada que ver con… —Elandir recapacitó antes de continuar—. Muy bien, entiendo por qué puede desconfiar de Dunrel, pero todo tiene una explicación. Debo hablar con él y aclararlo.

—Lo siento, pero no puedo… Es imposible, debéis acompañarme a las celdas y allí…

Elandir le cogió el hombro.

—Rishen, si no puedes conseguir que vea a su majestad, permite al menos que salga de aquí y busque a los traidores por mi cuenta. La vida de todos en palacio corre peligro.

El criado se estremeció ante sus palabras; miró a todos lados antes de volver a hablar.

—Señor, no puedo hacer lo que me pedís, pero nada impide que escapéis a mi vigilancia, digamos, en un sitio sin testigos.

Elandir no tardó en comprender el significado de esas palabras.

—En efecto, nada lo impide, pero no quiero ponerte en una situación difícil ante el Rey.

—No lo haréis: si vuestra búsqueda fracasa, su Majestad tendrá problemas más graves de los que encargarse; si triunfáis, estoy seguro de que se mostrará comprensivo con nosotros. Aun así —añadió Rishen dándose la vuelta—, no estaría de más contar con una coartada.

Elandir asintió. Tratando de ser lo más rápido y eficiente posible, le rodeó el cuello con el brazo y apretó, hasta que los signos vitales del criado se ralentizaron y éste se desvaneció. Ocultó el cuerpo y abandonó la habitación con sigilo. Desligado de su guardián, aprovechó su presencia en los cuarteles para hacerse con un uniforme que le ayudara a pasar desapercibido.

Con la guardia tras él, y Dunrel en paradero desconocido, el único curso de acción que le restaba era tratar de interceptar a Darigaaz antes de que se uniera a su destacamento. Volvió a camuflar su rostro entre las sombras de la capucha y se dirigió raudo hacia su destino cuando una nueva sorpresa le hizo detenerse: en los aledaños de la hace poco desierta carpa de Termin reinaba ahora una gran actividad, con decenas de personas arremolinándose alrededor del hombre más buscado de Hyrdaya, que en aquellos momentos los atendía en el interior de la misma.

¿Cómo demonios lo ha hecho? —pensó Elandir. Entre aquellos jardines y la ciudad se levantaba el muro medio, infranqueable salvo por la puerta principal, bajo fuerte vigilancia tras los disturbios de la mañana. Saltar la muralla se le antojaba una locura, y excavar un túnel precisaría de mucho tiempo. Elandir no conocía más modos de entrar, salvo uno, pero dicho acceso presentaba dos inconvenientes: pocos eran los que conocían su existencia, y solo con las llaves adecuadas y desde dentro de los muros podía abrirse. Aunque supieran dónde se encontraba, ni los hombres de Termin ni sus aliados podrían utilizarlo.

Una aciaga sospecha se gestó a mitad de su razonamiento, haciéndose más fuerte conforme sus dudas la alimentaban hasta que, echando mano a su bolsa y registrándola a fondo en busca de sus llaves, eclosionó en forma de sonora maldición en los labios de un furioso Elandir.

 

—Este sitio valdrá, desde aquí podremos observar las justas sin llamar la atención.

Ilargia asintió y se acomodó contra uno de los postes que sostenían los toldos, sin dejar de mirar a su alrededor. Desde el tumulto desatado a la entrada a la ciudad, la sensación de que alguien les vigilaba se había adueñado de ella, acompañándola durante el frenético recorrido que, junto a Madt y Darigaaz, realizó desde los carruajes hasta la muralla media. Una vez la alcanzaron, se cobijaron al resguardo de una torre de vigilancia adosada a la estructura principal.

—No podemos permanecer aquí, si alguien nos viera no tendríamos hacia dónde huir.

—Relajaos, princesa, solo debemos esperar unos instantes.

Apenas había pronunciado esas palabras cuando una de las secciones laterales de la torre se deslizó hacia un lado, y en la abertura resultante apareció Heken.

—Creí haber oído voces —dijo—. Rápido, entrad.

Los tres fugitivos obedecieron, traspasando la puerta que el maestro de armas volvió a cerrar usando un voluminoso manojo de llaves.

—¿Qué clase de entrada era esa? —preguntó Ilargia a Madt mientras éste la guiaba por los jardines de palacio.

—Una puerta de escape; muy útil en asedios prolongados, ya que permite abandonar el castillo sin ser visto y partir en busca de refuerzos, o simplemente partir para no volver.

—Bajad la voz —chistó Darigaaz—, si nos descubren antes de que lleguemos a la tienda estamos perdidos.

Avanzaron entre una muchedumbre sazonada de malabaristas, titiriteros y juglares en busca de la recaudación de su vida hasta alcanzar la lona de Termin, donde fueron recibidos con grandes muestras de alegría. Los heraldos partieron en busca de un juez para tramitar la inscripción de los caballeros termienses, Darigaaz entre ellos, mientras Madt sugería a Ilargia buscar un sitio para ver los juegos con tranquilidad.

—Vigilad vuestros pasos, alteza: las letrinas están retiradas y aquí hay gente guardando el sitio desde hace mucho tiempo.

Ilargia observó asqueada la hierba sembrada de residuos orgánicos.

—Es increíble semejante pasión.

—Hay que ponerse en su lugar para entenderlo: cuando tu existencia se reduce a trabajar como una bestia, a cambio de unas monedas que te mantengan a duras penas apartado de la miseria, es normal aferrarse a cualquier tipo de evasión.

—Es un motivo, pero no justifica esta expectación ante tan brutal forma de entretenimiento.

—¿No aprobáis las justas? Trataré de contener mi asombro —rio Madt.

—Me educaron como sanadora, no puedo aprobar un espectáculo basado en dañar a otros seres humanos. Y agradecería que os ahorrarais la sorna. —Ilargia le miró severa—. Si no os veis capaz, absteneos de dirigirme la palabra y disfrutemos en silencio de los juegos.

—Los viejos hábitos son difíciles de controlar. Me disculpo.

—No es necesario, solo evitad la condescendencia al dirigiros a mí.

—Prometido. Entonces, ¿nunca habéis visto unos juegos?

—Nunca. En el templo llevábamos una vida recogida y limitábamos las salidas a la ciudad para avituallarnos y poco más.

—No os preocupéis, yo os haré de guía. En realidad no hay mucho que explicar. —Madt señaló al óvalo central, recorrido a lo largo por una barrera que lo dividía en dos mitades—. A lo largo de aquella pista cabalgarán dos jinetes cada vez, hasta que al encontrarse crucen lanzas y traten de derribarse el uno al otro. Quien toque el suelo, pierde.

—¿Y si no cae ninguno?

—Repiten. Si después de tres cargas ninguno ha sido derribado, pasan a combatir en el suelo. Aparte de eso, las reglas son simples: no atacar al caballo, no atacar al contrario excepto en la zona del pecho y cabeza, y no atacar al contrario que se alce la visera del yelmo, ya que ese gesto indica su rendición.

—Había oído que se usaban armas romas.

—En la mayoría de casos, pero no en éste. Veréis, una boda es un acto de amor y vida, considerado tradicionalmente como una ofrenda a Ilahe, y debe ser compensada con otra a Ölün. No sería una verdadera ofrenda al Dios de la Muerte si las armas fueran de juguete.

Ilargia notó un reflujo ácido ascendiendo por su garganta.

—Esperemos no tener que lamentar ninguna desgracia.

—No en nuestro bando, al menos —finalizó Madt, acomodándose sobre la valla que les separaba de la pista.

Alrededor del circuito, los participantes formaban sobre sus caballos, comenzando una vuelta de honor que cosechó los aplausos del público. Al acercarse Darigaaz, la gente aplastó a Ilargia contra la valla en su ansia por ver de cerca al afamado Caballero Dragón. A su pesar, ella tuvo que admitir que la estampa era formidable: la armadura de placas negras destellaba al sol del mediodía, y la expresión de su cara, enmarcada por el yelmo labrado en formas draconianas, parecía dispuesta a protagonizar alguno de los cantares que tanto agradaban al pueblo.

Mientras los caballeros desfilaban, los jueces de paz trataban con los séquitos los detalles concernientes al comienzo de los duelos. Heken mantenía una muy acalorada discusión con uno de ellos, que el juez clausuró encogiéndose de hombros antes de darse la vuelta y continuar su tarea. Cuando Darigaaz regresó a su puesto, las nuevas le enfurecieron hasta el punto de oírse sus maldiciones desde donde Ilargia le observaba.

—Algo pasa.

—¿Um? —Madt miró hacia la tienda de Termin, que en aquel momento izaba una bandera con el número dieciocho—. Nada que no pudiéramos esperarnos, aunque Dari quisiera creer lo contrario —dijo a su compañera—. Los jueces emparejan a los participantes atendiendo a su clase social, de forma que empiecen justando con alguien de su misma o parecida condición. Por el número que nos han otorgado, se ha hecho oídos sordos a la reclamación de Darigaaz sobre su pertenencia a la casa Rhean y su estatus de heredero de Termin, y se le ha asignado el número más bajo.

—¿Y qué quiere decir?

—Que correspondiendo a su alteza el primer puesto, es muy difícil que lleguen a cruzarse, a no ser que ambos se conviertan en los últimos contendientes en pie. Un pequeño revés, pero nada de lo que preocuparse.

—¿Porque confiáis en que Darigaaz pueda vencer a sus enemigos sin problemas?

—Claro, ¿por qué no? Aptitudes tiene, y no olvidemos que la mitad de los caballeros están de nuestra parte, con lo que muchos cruces serán un paseo. —Las fanfarrias ahogaron sus últimas palabras—. Veamos el lado positivo: gracias a esa clasificación le veremos justar el primero, y su adversario será bastante accesible.

—¿Lo conocéis?

—No hace falta —Madt señaló hacia la pista—. No porta estandarte, lo que indica que no posee títulos ni tierras, y explica también que no haya podido armarse siquiera con una armadura de placas; con esa cota de mallas, el impacto de la lanza va a ser tremendo para su organismo. Con que Darigaaz mantenga la postura hasta el envite, tiene el combate ganado.

La multitud se sumió en un murmullo respetuoso mientras al fondo de la pista las gradas reales eran ocupadas. Madt escupió al suelo.

—Su Majestad ha tenido a bien hacer acto de presencia; pueden al fin comenzar los juegos.

 

Saludando cordialmente hacia todos los frentes mientras intentaba no volcar ningún asiento en su avance a ciegas, el Rey alcanzó su trono en la tarima y se sentó con rigidez, incapaz de apoyarse en el mullido respaldo. Su comandante se situó a su lado mientras el sonido de las fanfarrias perdía ímpetu hasta extinguirse con un par de notas desganadas. Los encargados de pista revisaban que todo estuviera en orden, mientras los integrantes de la primera justa eran inspeccionados por sus escuderos, para asegurarse de que ninguna correa estuviera falta de fuerza y pudiera ocasionar una desgracia. Con un gesto furtivo, el Rey hizo que Brein le acercara el rostro.

—Parece que el participante sorpresa ha conseguido inscribirse sin precisar nuestra ayuda.

—Lo lamento mucho, Alteza. El tumulto fue algo imprevisible y muy inoportuno, justo cuando estábamos a punto de apresarlo.

—Esforcémonos en encontrar soluciones, no excusas. ¿Los emparejamientos han finalizado ya?

—Sí, Majestad, y todos los caballeros pertenecientes a la nobleza de Hyrdaya han sido informados de las instrucciones que se acordaron anoche. Es dudoso que pase de la primera ronda, impensable que salga con vida.

—No escatiméis en incentivos, no hay cantidad de dinero demasiado grande por la cabeza de ese traidor. ¿Alguna noticia de los capitanes de guardia?

—Ninguna por el momento.

—¿Y dónde está mi criado?

—Me temo que tampoco lo sé.

—A veces me pregunto si no debería invertir vuestro salario en mantener una familia de chimpancés: serían igual de efectivos, y al menos me distraerían.

—Averiguaré el paradero de todos ellos —dijo Brein agachando la cabeza.

—Aprovecha para revisar las defensas —añadió el Rey—. El muro interior debe permanecer cerrado a cal y canto. Si algo ocurre, mi hijo y yo lo atravesaremos tan pronto podamos, tras lo cual el castillo debe quedar preparado para repeler cualquier ataque, ¿entendido?

—Así se hará. —Con una breve reverencia, Brein abandonó la tribuna real.

Mientras los preliminares concluían y los jinetes tomaban posiciones, el Rey inspeccionó a los espectadores más cercanos: a su izquierda, el noble Usmen Bayani correspondió su mirada con un leve asentimiento. Detrás, los diplomáticos de los reinos menores contemplaban la pista tratando de aparentar tranquilidad. A la derecha, los representantes de la burguesía le saludaron con la cabeza, nerviosos, mientras la esposa de Sergen Ylan lo hizo con una sonrisa abierta y sincera, que él devolvió sin enseñar ni una porción de dentadura.

Con los participantes lanzas en ristre, el Rey se levantó, alzó el brazo y, al dejarlo caer, los cascos de las monturas hostigaron el suelo como réplica al espoleo de sus jinetes. Cuando habían recorrido un cuarto de la distancia que les separaba, ambos bajaron sus armas y dirigieron las puntas hacia el escudo del rival. En la tensa atmósfera, el retumbar del galope fue un suave preludio al enorme estruendo que se produjo cuando una de las astas se reventó contra el metal, mientras la otra atravesaba carne y hueso.

 

El ruido del golpe desconcertó a Ilargia, pero el griterío posterior la aturdió por completo.

—¿Qué ha pasado? —gritó a su compañero.

—No lo sé —contestó Madt tratando de apartar a la gente que se apretaba contra la valla—. Su contrincante ha caído, pero no veo a Dari.

Los silbidos e imprecaciones ganaban intensidad mientras los jueces se dirigían al centro de la pista, donde ambos contendientes yacían en tierra.

—Están levantando al chico. Parece que está bien, pero ha sido descalificado.

—¿Y Darigaaz?

—Continúa en el suelo, y con este griterío no logro averiguar… Maldita sea, está herido. Están tratando de levantarlo, Heken está allí y… —Madt se ayudó de la valla para alzarse y ver por encima de la barrera central del circuito—. El caballo. Ese hijo de perra ha tirado contra el caballo y le ha atravesado el cráneo. Parece que Dari se ha hecho daño en la caída y lo trasladan a la tienda. Vamos para allá, puede que necesiten nuestra ayuda.

—¿No estaba prohibido dañar a la montura? —preguntó Ilargia mientras abandonaban aquella furiosa aglomeración.

—La importancia de lo que hay en juego reclama nuevas reglas —dijo un lacónico Madt—. Su Majestad ha sido el primero en darse cuenta, espero que no nos haya dejado fuera de combate antes de comenzar.

 

—Mi amor, ¿estáis bien?

Ayudado por sus hombres, Darigaaz se tumbó en el camastro y tomó a su prometida de la mano.

—No os preocupéis, no creo que debamos temer nada; si acaso el golpe y poco más.

—Si no te importa, me gustaría ser yo el que haga el diagnóstico —dijo un preocupado Heken mientras despojaba a Darigaaz de las capas de acero que le recubrían—. La zona del costado se ha llevado la peor parte, pero el acolchado interior ha prevenido las perforaciones. —Pasó la mano por la superficie golpeada y apretó—. ¿Duele?

Darigaaz contuvo un gesto de dolor mientras su cuerpo trataba de alejarse de la inspección del veterano termiense.

—No, no duele —dijo entre dientes—. Molesta un poco, pero se pasará. Recubridlo de ungüento y volved a colocarme la armadura, debo regresar al torneo.

—No tan deprisa, chico, a lo mejor es una costilla rota o fisurada; un nuevo golpe podría hacer que se moviera de su sitio y te destrozara por dentro, debes quedarte aquí.

—Prefiero morir allí fuera que sobrevivir aquí dentro. Véndala si te hace sentir mejor, pero voy a volver aunque sea desnudo y a pie.

La entrada de Madt e Ilargia pasó desapercibida entre la actividad de la tienda.

—Buen comienzo, Dari, solo podías haberlo mejorado cayéndote del caballo al montar —saludó Madt.

Al verlos, Heken pasó de la preocupación al alivio.

—La sanadora, esa es la solución. Curadlo, señora, necesitamos que se recupere cuanto antes.

Acercó al camastro a una Ilargia que se dejaba guiar con resignación.

—Por supuesto, será para mí un placer ayudar.

—¡No! —Todas las miradas confluyeron en Darigaaz mientras éste se incorporaba—. No necesito sus curas; remendadme y devolvedme al campo.

—¡Pero es una locura! —le gritó Heken—. ¿Por qué no aceptar su ayuda?

—Porque el resto de combatientes no la tendrán. Si de verdad quiero ser digno de mi trono, he de ganármelo. —Se apoyó en su prometida para andar hacia Heken y poder hablarle cara a cara—. Cúrame tú.

La tienda quedó en silencio. Ilargia agradeció quedar relegada a un segundo plano para que así su turbación pasara desapercibida; el rechazo a su ayuda había sido incomprensiblemente doloroso.

Darigaaz permanecía en pie con el brazo alzado mientras Heken terminaba de vendarle.

—¿Hay noticias de los hombres retenidos en las puertas?

El termiense anudó el vendaje con fuerza antes de contestar.

—Siguen fuera, y las puertas de la ciudad fueron cerradas al comenzar el torneo. No podremos contar con ellos.

Darigaaz indicó a su escudero que le ayudara a equiparse.

—¿De cuántos hombres estamos hablando?

—Contando todas las comitivas, hemos perdido la mitad de nuestros efectivos.

Darigaaz asintió apesadumbrado mientras su escudero, tras ajustarle la armadura, le tendía las armas. Cogió la espada rúnica y la observó meditabundo para, al fin, tirarla a un rincón de la tienda y sustituirla por un acero vulgar.

—¿Pero qué mosca te ha picado? —dijo Madt—. ¿Intentas suicidarte?

—Puede que nuestro adversario no respete las más elementales normas de la caballería, pero eso no significa que debamos rebajarnos a su nivel. —Darigaaz besó a su prometida antes de abandonar la tienda sin mirar a nadie más—. No preciso brujerías de elfos oscuros: gane o pierda hoy, lo haré por mis propios medios.

Su marcha devolvió la voz a los ocupantes de la tienda.

—¿Qué diablos le pasa ahora? —lamentó Heken—. Ese golpe ha debido afectarle el cerebro, además del costado.

—No tengo ni idea, esta reacción también es una sorpresa para mí —replicó Madt—. Acaba de rechazar dos de nuestras mejores bazas, pero por suerte contamos con una a la que no podrá renunciar: los siguientes combates le cruzarán con aliados, por lo que no deberemos lamentar más incidentes.

—A menos que él también contenga sus golpes y fuerce desempate en tierra.

—No es tan imbécil como para hacer algo así. —Una mirada cargada de significado llegó a Madt desde el rostro de Heken—. O eso espero. Vamos, princesa, recuperemos nuestro sitio e intentemos disfrutar del resto de la jornada.

La ausencia de dos cuerpos más acentuó la sensación de frialdad en el interior de la carpa. Sus ocupantes lidiaban con la actual situación de distintos modos: Heken miraba al suelo cariacontecido, el escudero se aprestaba a salir tras su señor, y Shira se cruzaba de brazos hasta que una súbita chispa de lucidez le hizo separarlos y preguntar al jefe de armas:

—¿Por qué le ha llamado princesa?

 

En el exterior, el torneo había regresado a la normalidad tras la accidentada apertura. De los siguientes cruces, cuatro se resolvieron en el primer encontronazo, siete en el segundo, y cinco más tuvieron que ser dirimidos en tierra al retener los participantes su condición de jinetes durante los tres lances. El duelo final de la primera ronda lo protagonizaban los caballeros de más alto rango, el príncipe contra Goran Bayani. Ambos se colocaron en sus puestos, cargaron, y su encuentro se saldó con el noble tocando tierra en una postura poco agraciada, mientras el heredero real apuraba su carril entre tímidos vítores.

En la grada real, el padre del derrotado se giró hacia el del vencedor.

—Bien jugado, señor. Vuestro hijo sabe moverse sobre un caballo.

—No más que el vuestro, quien ha sido un formidable oponente.

—Halagador, y no del todo inmerecido. Es una lástima que nuestra elevada condición haya generado tan prematuro encuentro entre los mejores caballeros del reino.

—No debéis preocuparos —le tranquilizó el Rey—; aunque no tan buenos, creo recordar que aún os quedan un buen puñado de participantes en liza, y que todos ellos se ceñirán a las directrices de vuestra casa.

—Ayer pasamos una larga noche repasándolas, vuestra alteza no debe temer por ello. En cuanto al contendiente inesperado…

—Ha tenido un mal comienzo, pero parece haberse recuperado.

—Vergonzoso lo de ese desharrapado: atacar así al caballo debería ser causa de deshonra y destierro, en caso de poseer unas tierras de las que ser despojado.

—No os preocupéis, se están tomando las medidas que semejante comportamiento merece —sonrió el Rey.

—Aun así, en estos combates todo puede ocurrir, más si se llega a un combate en tierra.

—Oh, sin ninguna duda. Ilahe no lo quiera.

El Rey inclinó la cabeza, finalizando la conversación. A su derecha, los burgueses parecían haber recuperado el color que había abandonado sus rostros al ser descabalgado el Caballero Dragón. Observar por el rabillo del ojo sus expresiones de angustia le había procurado unos momentos de puro deleite, pero recuperaron el humor al retornar su campeón a la pista. No le preocupaba, no tenía ninguna prisa: cualquier cosa podía suceder de ahora en adelante. Cruzó las manos sobre el regazo y se reclinó sobre el respaldo.

 

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Escritor, autor de "Dragones Negros"