Dragones Negros | Capítulo 24

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24.
Reconocimiento

 

Cuando despertó hubo dos hechos que llamaron su atención: la cama donde estaba no era la suya, y se encontraba completamente desnudo. Localizó al instante su ropa amontonada en el suelo, pero al intentar recogerla todas sus heridas reclamaron atención a la vez. Observó con alivio que las menores habían sanado y las más aparatosas estaban tratadas. Bajo el vendaje del brazo, el profundo corte infringido por uno de los hombres de Sergen había sido cerrado con precisos puntos. Las uñas de la mano continuaban mudando de color, pero la presión que había sentido bajo ellas desde que el elfo oscuro las atravesara había desaparecido. Examinándolas con más detenimiento, descubrió los pequeños agujeros por los que había sido drenada la sangre.

Se incorporó como si aquella noche hubiera consumido varios años de su vida en vez de unas horas, y al recoger las ropas encontró una nota entre ellas:

 

Buenos días. Lamento no haber esperado a vuestro despertar pero mis deberes me reclamaban. Espero que mis torpes remiendos os ayuden a sentiros mejor, ayer debíais estar realmente agotado para desfallecer de esa manera delante de una dama, pero no os guardo rencor. Quizás a mi vuelta podamos disfrutar de un momento de tranquilidad.

Saludos, Kera.

PD: No debéis inquietaros por vuestra honra, yo dormí en el sillón.

 

La sonrisa que se dibujó en el rostro de Elandir fue sustituida por la sorpresa al comprender que había sido Kera quien le había desnudado. Se vistió y abandonó la casa.

En la calle se respiraba la emoción ante los festejos de aquel día, el día del torneo. Todo el mundo ansiaba ver a los mejores caballeros del reino, protagonizando las justas que constituían el pasatiempo favorito de una población demasiado carente de ellos. Incluso en una zona como aquella, cuyos habitantes no podían ni soñar con hacerse un sitio entre las gradas, la excitación era contagiosa: los niños corrían y chocaban entre ellos, empuñando bastones a modo de lanzas, mientras los adultos cruzaban apuestas sobre los favoritos a hacerse con el torneo.

Elandir emprendió la subida hacia el castillo ajeno al entusiasmo general. Los últimos acontecimientos le habían provisto de unas expectativas con respecto al torneo muy distintas de las del resto de ciudadanos: donde ellos esperaban disfrutar de un espectáculo recreativo, él temía ser testigo de un baño de sangre. Apartando distraído a unos críos que chocaron contra su cadera, discurrió un modo de abortar el complot contra el Rey y vengarse de los culpables de su sufrimiento. Va a ser complicado —pensó mientras se estabilizaba tras el encontronazo con un ciudadano que corría en dirección opuesta—: la mayoría cuenta con la protección de palacio, y el único al que podría encerrar sin problemas, ese maldito elfo, dudo mucho que se deje ver hasta la hora del ataque. Quizás debería…

Su pensamiento se interrumpió cuando la cabeza de un niño a la carrera se le incrustó en el estómago.

—¿Es que en esta ciudad nadie mira hacia dónde va? —Elandir cogió al pequeño por la manga para evitar su huida mientras recuperaba el resuello para continuar increpándole—. ¿Qué tienes que hacer con tanta urgencia que no te permite siquiera fijarte en tu camino?

—Lo siento, señor —contestó el niño mientras trataba de zafarse de su captor—, es que tengo que coger rápido un buen sitio, o no podré verle bien.

—¿Verle? ¿A quién?

—Al Caballero Dragón, señor. Dicen que ha llegado a la puerta sur, y si no me doy prisa los otros niños me quitarán el sitio.

Con un ligero manotazo el niño se sacudió una mano debilitada por la sorpresa. ¿Qué te parece? Quizás todo se resuelva más fácilmente de lo previsto —pensó Elandir, uniéndose a la muchedumbre en dirección a la puerta sur.

 

Si la ciudad de Hyrdaya fuera una posada, habría colgado el cartel de «No hay habitaciones» a primera hora de la mañana, y en lo que restaba de día se esperaba la llegada del grueso de visitantes. En las puertas de la muralla exterior se formaban colas inmensas donde se mezclaban por igual pobres y ricos, nobles y campesinos, todos ellos reducidos excepcionalmente al estatus de visitantes en espera de que el dictamen de los centinelas les facilitara o no la entrada. Como era de esperar, la mayoría debían su presencia al torneo que honraba la boda del príncipe heredero. Decenas de caballeros guardados por su escolta, escuderos y familiares aguardaban en el interior de sus engalanados transportes. Era a su alrededor donde las filas se engrosaban con curiosos deseando ver de cerca a los que hasta ese momento solo conocían por leyendas, guiando su avance gracias a los blasones que presidían las carretas: leones dorados sobre campos azures, osos castaños sobre fondo sinople, o un dragón negro sobre fondo rojo sangre.

Los hombres que formaban la escolta personal de Darigaaz de Rhean mantenían a los espectadores apartados del vehículo que transportaba al Caballero Dragón junto a algunos de sus colaboradores más cercanos: su prometida, Shira, un joven fornido de pelo rizado hasta los hombros, y una mujer de pelo castaño, piel lechosa y ojos pardos. Vestían elegantes atuendos que, en el caso de las dos mujeres, iban combinados con abundante pedrería y complejos peinados, complementos lucidos por una de ellas con una naturalidad que su compañera no era capaz de emular, aflojándose constantemente el recogido cabello y despojándose poco a poco de las joyas.

Mientras el resto de pasajeros permanecían sentados en actitud sombría, la prometida de Darigaaz miraba entusiasmada entre los visillos.

—Es impresionante. Querido, deberíais asomaros y ver cómo os jalean vuestros futuros súbditos.

Darigaaz miró hacia el exterior con gesto hosco.

—Más me jalearán esta tarde, cuando sostenga la cabeza del Rey entre mis manos. ¿Cuánto más debemos esperar para entrar, Marion?

—Poco ya, mi señor, apenas quedan unos carros delante de nosotros —contestó uno de los escoltas desde el exterior.

Él refunfuñó y volvió a sentarse. A pesar del corto período de tiempo pasado en él, el habitáculo se le antojaba asfixiante.

—Relajaos, amado mío. No debéis agotaros en demasía antes de vuestra hora de gloria —dijo Shira cogiéndole la mano.

—Haz caso a la dama —apuntó Madt—, túmbate y disfruta del viaje. Si algo he aprendido estos días es a apreciar al máximo los momentos de calma, ya que no suelen abundar. —Se giró hacia la mujer sentada en el lado contrario de su banco—. ¿No estáis de acuerdo?

El blanco de la pregunta fingió no haberse percatado de la misma y continuó mirando distraída por la ventana. En la noche precedente, Ilargia había pasado largas horas replanteándose su alianza. La perspectiva de ser parte en lo que iba a pasar aquel día no le agradaba en absoluto, pero no parecía tener elección. El otro bando de la contienda la había retenido en una celda durante ocho años sin motivo aparente, y ahora la buscaba para volver a encerrarla. Por ello, y a pesar de lo sucedido aquella madrugada, sus razonamientos alcanzaban una y otra vez la misma conclusión: apoyar la rebelión era su mejor opción de mantener la libertad, por lo que accedió de mala gana a sumarse a la comitiva.

—Bien hablado, señor —intervino Shira tras unos instantes de silencio—; disfrutemos de la dicha que nos hemos ganado. —Se abrazó a un Darigaaz que le devolvió el gesto con escasa efusividad.

—Por supuesto, mi amor. Espero que nuestro nuevo hogar sea de tu agrado —dijo él, señalando el castillo que se adivinaba a través de los cortinajes.

Ilargia estudió con seriedad a la princesa termiense. Había sopesado compartir con ella los auténticos sentimientos de su prometido, pero eso podría hacer peligrar sus planes, por lo que al fin decidió guardar silencio y odiarse aún más por ello.

Observaban todos el castillo cuando éste fue borrado por una estructura que bloqueó la luz exterior.

—Por fin atravesamos la puerta —explicó Madt al resto del pasaje—. Ahora hemos de esperar que nos den acceso a la ciudad y en breve llegaremos a los jardines del castillo.

—¿El resto de casas estará ya allí? —preguntó Darigaaz.

—Es lo más probable, han tenido más tiempo que nosotros para prepararse. Relájate, todo estará listo para esta tarde.

—Cuanto más me pedís que me relaje más se crispan mis nervios. —Se levantó y trató de escrutar el exterior sin abrir los visillos—. ¿Qué están haciendo ahí fuera? Ya llevamos parados un buen rato.

—Nada importante, seguro. Relajaos, «alteza».

En sus miradas pudo leer Ilargia con facilidad los sentimientos que su comentario había despertado: sorpresa en Shira, furia en Darigaaz e inquietud en Madt. Éste último parecía dispuesto a decir algo cuando alguien golpeó la ventana.

—Señor, me temo que tenemos un problema —volvió a sonar la voz de Marion.

—¿Problema?

—Es mejor que salgáis.

Darigaaz salió, seguido de Shira, Madt y una curiosa Ilargia. Su aparición fue celebrada por una oleada de vítores. El gesto del Caballero Dragón se suavizó inmediatamente: rodeó a su prometida con la mano izquierda mientras con la derecha lanzaba saludos a una audiencia que coreaba su apodo.

—¿Este es el problema? —dijo sonriendo a Marion.

—Señor, los hombres del Rey se niegan a dejarnos pasar.

Alargando el cuello, Darigaaz observó a una fila de soldados bloqueando el paso de la caravana. Uno de ellos discutía con Heken. Al oír el bullicio, ambos se giraron y Heken se le acercó.

—¿Qué motivos han dado para impedir nuestro avance? —le preguntó Darigaaz.

—No me lo dicen, insisten en que hemos de esperar hasta que venga el comandante.

—Eso es ridículo, llevamos documentos oficiales de Termin que nos garantizan el acceso al torneo. No pueden impedirlo.

—Y no lo hacen, no directamente.

—Esto no me gusta —intervino Madt—, parece que han descubierto tu identidad.

—Lo que no cambia nada, no tienen motivos para detenernos —dijo Darigaaz.

—No creo que eso importe a su Majestad —concluyó Heken—. Por ahora, volved a entrar en el carruaje mientras intentamos convencerles: vuestra presencia aquí fuera está atrayendo a más curiosos.

Darigaaz regresó al interior del transporte mientras Madt e Ilargia permanecían en el exterior. El antiguo cazarrecompensas observaba preocupado cómo Heken retornaba a la cabeza de la expedición.

—Da igual lo que hagamos, no nos van a dejar pasar —le dijo a su acompañante.

—¿Pueden negarse, aun llevando a nobles de Termin con nosotros? —preguntó ella.

—En teoría no, pero debemos estar preparados para cualquier cosa. Pase lo que pase, no os separéis de mí. Y tratad de no mostraros en demasía: sería extraño que vuestros captores os reconocieran con vuestro aspecto actual, pero no forcemos nuestra suerte.

Heken y el representante de las fuerzas palaciegas endurecieron el tono de su conversación, hasta el punto de que Ilargia fue capaz de oírles sobre el clamor de la multitud. Tras ellos sonaron unas trompetas y un grupo de jinetes se abrió paso entre el gentío. El comandante descabalgó y relevó al contendiente dialéctico de Heken.

—Buenos días —saludó.

—No, hace tiempo que dejaron de serlo. —El cambio de interlocutor no apaciguó al jefe de armas—. ¿Puede vuestra merced explicarme el motivo de que retengan contra su voluntad a la noble comitiva de Termin?

—Nada tenemos contra nuestros aliados del norte, pero nos han llegado rumores de que en vuestra caravana se oculta un impostor.

El veterano termiense no era fácil de amilanar.

—¿Sois consciente de lo mucho que insultáis a nuestra casa con ese tipo de acusaciones?

—No acuso a nadie, no he afirmado nada, lo único que pedimos es que nos permitáis registrar los transportes.

—Ese es el carruaje privado de la princesa Shira, las mínimas normas de la decencia os deberían hacer recapacitar sobre lo que estáis pidiendo.

—Tenemos clara la naturaleza del vehículo, y aunque guardamos el máximo respeto al reino de Termin, debemos cumplir con nuestro deber.

—Esto es una ofensa imperdonable, no cederé de ningún modo a vuestras pretensiones.

—Lamento que lo veáis así, ya que en ese caso no puedo dejaros pasar. Quizás vos queráis acompañarme a palacio mientras vuestra gente os espera aquí.

Heken calló, preocupado por cómo el tiempo jugaba en su contra: debían atravesar las puertas o el torneo empezaría sin ellos y todo se iría al traste. Madt navegaba una corriente de pensamiento similar.

—Malo. Debemos entrar y debemos hacerlo ahora.

—Pero no podemos atravesar la guardia —dijo Ilargia.

—Hay una opción: ellos no conocen el rostro de Darigaaz, puedo hacerme pasar por él, entregarme y conseguir que paséis. Una vez todo acabe podréis liberarme.

—¿Os parece juicioso? ¿Y si los planes no salen como esperamos, o en palacio alguien os identifica como el preso fugado y os ejecutan?

—La vida no está constituida por certezas, princesa, sino por riesgos e incertidumbres —le dijo—. No os preocupéis por mí, estaré bien.

Ella bajó el rostro, incapaz de aceptar de buen grado la sonrisa que se le brindaba.

—Como gustéis, señor. Buena suerte.

Tras apretarle amistosamente el hombro, Madt se dirigió hacia Heken y el comandante. Estaba a punto de alcanzarles cuando cientos de voces se unieron en un potente bramido. Siguió las miradas a su alrededor para encontrar la causa: Darigaaz se había subido al techo del carruaje.

—¿Me buscabais, perros reales? Pues aquí me tenéis —gritó—. Soy Darigaaz de Rhean, príncipe de Termin, Caballero Dragón y legítimo dueño del trono de Hyrdaya; os conmino a que os apartéis y nos dejéis pasar.

Madt y Heken compartieron una silenciosa maldición mientras el comandante desenvainaba.

—Darigaaz, en representación de su Majestad os ordeno que me acompañéis a palacio para ser interrogado.

Las palabras del soldado fueron recibidas por un sonoro abucheo. Desde su posición elevada, Darigaaz pidió silencio a sus simpatizantes para poder responder.

—¿Y en virtud de qué cargos, si puede saberse? ¿De haber sobrevivido a la traición del Rey y al asesinato de mi familia? ¿De ser una amenaza para su ilícito gobierno? Decid, decid delante del pueblo.

La multitud fue un clamor. Tras el comandante, sus hombres se preparaban para el combate.

—Solo queremos hablar con vos, os prometo que nadie os dañará.

—¿Lo promete? Me quedo más tranquilo. —Darigaaz abarcó a la concurrencia con un gesto del brazo, riendo—. Todos aquí sabemos lo fiables que son las promesas de su Majestad. Mi padre es un buen ejemplo de las consecuencias que el confiar en ellas acarrea, y si pensáis que yo…

Al mirar de nuevo a su interlocutor Darigaaz enmudeció de golpe. En su cara se dibujó una expresión de perplejidad que encontró un reflejo en el rostro del comandante, súbitamente pálido y con los ojos totalmente abiertos fijos en Darigaaz.

—Ilahe me valga, no puede ser. —El comandante alzó el arma y exhortó a sus hombres—. ¡Soldados, atrapad al rebelde!

Los soldados reaccionaron a las órdenes de su superior, orientando sus alabardas hacia los termienses que protegían la comitiva con sus propias espadas. Heken les mandó retroceder para reagruparse alrededor del carro. Madt regresó junto a Ilargia.

—Pegaos a mí, a la mínima oportunidad atravesaremos los soldados para mezclarnos con los espectadores.

—¿Y vuestros amigos?

—Estarán bien, me aseguraré de ello una vez estéis a salvo.

Los hombres de Darigaaz bajaron a su líder del techo, demasiado desconcertado para comandarles. Fue Heken quien tomó el mando.

—¡Hombres de Termin, proteged a vuestra princesa!

—Entregad a Darigaaz y todo acabará —gritó el comandante.

—Tocadlo y son vuestras vidas las que acabarán.

—Es vuestro funeral. ¡Guardias, a mi señal!

Un impacto en la parte derecha de su casco abortó el gesto del comandante. En el suelo, identificó el proyectil como una calabaza que yacía destrozada. Al buscar a su agresor, una aglomeración de rostros encolerizados le enfrentó.

—¡Dejadles pasar!

—¿Por qué no os largáis de aquí?

—¡Caballero Dragón! ¡Caballero Dragón!

Los hombres del Rey rodearon a su superior mientras éste trataba de aplacar el tumulto entre una lluvia de objetos.

—Ciudadanos, ese hombre es un traidor a nuestra ciudad, y debe ser llevado palacio.

—¡Eso es una mierda!

—¿Es que el principito tiene miedo?

—¡Dejadles pasar!

Entre termienses y soldados se formó un muro de ciudadanos enfurecidos. Los hombres del rey, nerviosos ante su repentina inferioridad, recularon aún más hacia su superior, que a empujones los conminaba a mantener la formación.

—Es el último aviso, todo el que se interponga será ejecutado por entorpecer la justicia del Rey.

Al verse frente a los filos de las alabardas algunos empezaron a amedrentarse, pero la crispación general no disminuía. Uno de los soldados hacía retroceder a un chico que le increpaba cuando una ola de empujones recorrió la multitud y alcanzó al infortunado joven, impulsando su cuerpo hacia delante y ensartándolo en la hoja.

Siguió un silencio sepulcral que fue interrumpido por Heken.

—¡Asesinos! ¡A ellos!

La fila de Termienses avanzó hacia los soldados, secundada por una turba armada de cuchillos, palos y piedras. Los guardas trataron de rechazarlos, pero sus filas pronto se vieron desbordadas.

El comandante logró regresar a lo alto de su caballo y trató de alejarse de la contienda, pero se vio retenido por el gentío. Blandiendo su espada a la desesperada, podó varias ramas del bosque de manos que trataba de agarrarle, entre gritos de furia y dolor, con su armadura amortiguando los golpes que le impactaban. Su montura, por desgracia, no contaba con defensa parecida, y fue apuñalada con saña hasta que sus tripas se extendieron sobre el empedrado. Descabalgado, el comandante mantuvo a los atacantes a raya trazando furiosos arcos de espada, mientras buscaba refugio en un callejón. Aprovechó su angostura para defender la posición hasta que vio con alivio cómo la calle comenzaba a despejarse: los refuerzos habían llegado y desperdigaban al enfurecido populacho. Se disponía a salir a recibirlos cuando una mano en su espalda lo estrelló contra la pared, y una afilada hoja se posó sobre su barriga. Frente a él, el rostro de Darigaaz lo observaba con rabiosa alegría.

—Los dioses sean loados, parece que mis plegarias no cayeron en saco roto, al fin y al cabo. ¿Quieres decir algo mientras todavía seas capaz, Brein?

El comandante observaba a su antiguo compañero con incrédulo terror.

—Dazua, ¿cómo es posible? Creía que habías muerto en Lewe —le dijo.

—Estoy seguro de ello, tanto como de que no es gracias a ti que conservo la vida. Veo que tu traición al menos te ha salido rentable: comandante real, nada menos; un bonito título que poner en tu lápida. —Darigaaz separó el arma para ejecutar un golpe fatal.

—¡No, no fue así, yo no te traicioné! —gritó desesperado Brein.

—Nada conseguirás con mentiras, mi venganza me ha proporcionado un presente inesperado. Di tus oraciones, traidor.

—¡Espera! Sí, lo reconozco, te traicioné, pero no fue idea mía, sino del elfo oscuro.

La maniobra de Darigaaz se vio abortada por la sorpresa.

—¿De qué estás hablando, qué elfo oscuro?

—Drave, me dijo que se llamaba Drave. La noche en que íbamos a robar el collar vino a verme y me dijo que si te delataba se aseguraría de que fuera bien recompensado.

La firmeza desaparecía de los miembros de Darigaaz conforme su dueño perdía la determinación inicial.

—Mientes, víbora embustera, eso no es posible —escupió con rabia al tiempo que aplastaba al prisionero contra la pared—. Me vendiste, y ahora tratas de salvar la vida con embustes.

—Es la verdad, me dijo que si lo hacía me conseguiría una buena posición en palacio como recompensa, pero que me mataría si rehusaba. Tienes que creerme, Dazua. ¡El elfo me obligó!

Los dos hombres se observaron en silencio mientras a su alrededor la revuelta era sofocada bajo las cargas de los soldados. Los gritos de Heken sacaron a Darigaaz de su estupor.

—¡Darigaaz! Ven, maldita sea, tenemos que huir y reagruparnos en palacio. —El norteño le cogió del brazo y lo sacudió con fuerza—. ¿Me estás oyendo? ¡Vámonos!

Darigaaz le miró sin dar muestras de haberle entendido. Al mirar de nuevo hacia delante únicamente encontró un muro desnudo, consecuencia de haber aprovechado Brein la llegada de Heken para escabullirse.

 

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Escritor, autor de "Dragones Negros"