Dragones Negros | Capítulo 23

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23.
Desvelo

 

Una figura se movía sigilosa entre las sombras del campamento nocturno, evitando en su avance los brindis y banquetes que se sucedían alrededor de las hogueras. El ambiente festivo facilitó que pasara inadvertida hasta alcanzar la tienda que buscaba. Apartó con suavidad los cortinajes y entró con los pies descalzos rozando apenas el suelo. En el camastro descansaba un hombre joven, de pelo largo y tatuaje en el hombro. Pasando con cuidado una de sus piernas sobre el durmiente, el intruso se sentó a horcajadas sobre él y puso un cuchillo bajo su garganta. Cuando Madt abrió los ojos, Ilargia le silenció con rostro serio.

—No hagáis ningún ruido o me veré obligada a usarlo.

—¿Ilargia? ¿A qué viene esto, chica? De haber sabido que os interesaba tanto mi lecho habría pedido a Darigaaz que os alojaran en mi tienda.

—Cesad las bromas, u os juro que lo utilizaré.

Madt mudó el gesto al reparar en la expresión de la joven.

—Como queráis, nada de bromas. Quizás así tengáis a bien explicarme a qué creéis que estáis jugando.

—No es ningún juego, os conviene tenerlo presente. Es mi manera de poner fin a vuestros engaños y manipulaciones.

—Niña, no sé qué os ha entrado en la cabeza, pero…

La hoja de Ilargia abortó el movimiento del hombre haciéndole un pequeño corte en la mejilla, tras el que volvió a posarse en su garganta.

—Creo que estáis llevando esto demasiado lejos —dijo Madt—, los dos sabemos que no seréis capaz de hacerlo.

—No presupongáis conocerme tan bien. Puede que yo no posea vuestra facilidad para tomar una vida, pero eso no quiere decir que carezca de la fuerza de voluntad necesaria para usar el acero sobre un cuerpo. —Se inclinó sobre él; sus ojos reflejaban la luz nocturna en la penumbra de la tienda—. ¿Habéis estado alguna vez en un templo de curación? ¿Habéis oído los gritos de los gangrenosos cuando les amputan los miembros? ¿Habéis sentido el chirrido del hueso contra la sierra sobre los insultos que el hombre al que intentáis salvar la vida os dirige, mientras su sangre os empapa hasta los codos? Se necesita mucho más valor para salvar una vida que para quitarla, y yo he salvado decenas, cientos de ellas.

Madt trató de penetrar las facciones de Ilargia, pero sus intentos eran repelidos por una gélida determinación.

—Muy bien —concedió al fin—. Vos ganáis, no me moveré de aquí. ¿Qué es lo que queréis?

—La verdad, sin subterfugios ni adivinanzas. Quiero saber qué es lo que pasa aquí.

—Pensaba que ya habíamos superado esa fase.

—Me habéis estado engañando, quiero saber por qué.

—¿A qué os referís?

—¿Por qué me salvasteis? La verdad.

—Os lo dije, sentimos vuestros poderes y decidimos que podrían sernos útiles en nuestra lucha.

—Y liberándome os asegurabais mi cooperación —completó ella—. Pero eso no es todo, ¿cierto?

—No os entiendo.

Un segundo corte hizo compañía al primero sobre el rostro de Madt.

—Yo creo que sí. Esta tarde, vuestro amigo Darigaaz estuvo a punto de darme el pésame por mis padres, ¿me equivoco? Sabéis quienes eran, ¿no es cierto?

Madt tragó saliva y asintió.

—Lo siento, no debía deciros nada hasta que hubiera pasado todo.

Ilargia ahogó un sollozo y apretó con rabia el mango del cuchillo.

—¿Quiénes eran?

—Cuando el actual Rey alcanzó su mandato, cuatro casas le apoyaron, y a las cuatro traicionó —explicó Madt—. La de Rhean fue exterminada por su íntimo parentesco con la casa real, pero no era la única en la línea sucesoria, la costumbre de la realeza de aparearse exclusivamente entre sus integrantes, provoca que sus lazos de sangre sean intrincados como tela de araña. Había otra casa, más humilde, que también significaba un peligro para el ambicioso aspirante al trono, y al igual que la de Darigaaz, fue exterminada.

—¿Cómo se llamaban?

—No lo sé, os digo la verdad.

—¿Y mi casa, mi familia, todo fue destruido?

—Todo. Pero por un capricho del destino, al abandonaros al nacer, vuestros padres os salvaron la vida.

—¿Por qué lo hicieron? ¿Por qué abandonaron a su hija?

—Tampoco lo sabemos, quizás las hermanas que os criaron tengan la respuesta.

—Y es por ello que me buscasteis, igual que buscasteis a Darigaaz: por mi origen noble, mis poderes fueron algo accesorio.

—Nunca quise mentiros. Esperábamos que os quedarais con nosotros un tiempo antes de confiaros la verdad sobre vuestra familia; para amortiguar el impacto, podría decirse.

—Ahorraos el paternalismo, sabéis que no es ese el motivo por el que no queríais que me enterara antes de tiempo.

—No sé a qué os referís.

—Me refiero a que si un heredero de sangre real es una carta ganadora, otro en la reserva duplicaba vuestras opciones de triunfo. Quizás en el futuro sustituyera al que ahora tenéis o puede, incluso, que me usarais como pareja de Darigaaz. Si el pueblo celebrara uno, con dos estarían comiendo de vuestra mano. Negadlo, señor. Miradme a los ojos y negadlo si podéis.

—Nunca quisimos haceros daño, solo ayudaros.

—Mentira, solo pretendíais ayudaros a vosotros mismos, yo era una herramienta más para alcanzar vuestros fines.

—Eso no es cierto.

—¿No? ¿Me habríais rescatado de no haber sido hija de nobles? ¿Habríais corrido tantos riesgos para protegerme como habéis hecho, os habríais jugado la vida por mí?

—Sí.

Ilargia reculó involuntariamente ante la franqueza contenida en aquella sílaba. Los ojos de Madt la miraban con una expresión que era más de lo que podía soportar en aquel momento. Volvió el rostro para ocultar su reacción.

—Más mentiras; ya basta, no puedo soportarlo más.

Se levantó, presta a abandonar la tienda. Madt la sujetó por el brazo.

—Princesa, no debéis marcharos.

—Soltadme, por favor. Si en algún momento os he importado algo, liberadme.

Tras unos instantes de incertidumbre, Madt abrió la mano y el brazo de Ilargia quedo colgando, inmóvil como el resto de su cuerpo.

—Entiendo que os sintáis utilizada, e incluso que nos odiéis, pero pensad en vuestra seguridad. Medio reino os persigue, si permanecéis con nosotros al menos estaréis a salvo.

Sin girarse, sin hablar, Ilargia reanudó su marcha sintiendo la mirada de Madt sobre ella. Fuera de la tienda, alzó su rostro hacia el cielo estrellado.

Diosa, ayuda a tu hija, ¿qué debo hacer?

El viento secó la humedad de sus ojos. Restregándoselos con la manga, emprendió el camino de vuelta a su lecho cuando una figura salió a su encuentro.

—Ya me pareció que eráis vos. —La voz de Darigaaz sonaba pastosa—. ¿Disfrutando de un paseo nocturno, señora?

—Sí… No. Acabo de visitar a vuestro amigo, Madt.

La actitud del hombre pasó de la sorpresa a la complicidad. Ilargia se ruborizó.

—¡No, no me refiero a…! —se apresuró a aclarar— He ido a hablar, hemos hablado. Sobre mis padres.

El rostro de Darigaaz perdió su brillo risueño. Le indicó un banco sobre el que se sentaron.

—Entonces ya lo sabéis —le dijo.

—Sí. Me contó cómo mi familia corrió el mismo destino que la vuestra a manos del Rey.

—Ese carnicero. —Darigaaz cerró los puños—. No os preocupéis, señora, le haré pagar por el sufrimiento que ha causado a nuestras casas.

—En realidad no es eso lo que busco.

Él la miró sorprendido

—¿No deseáis castigarle por lo que hizo?

—No conocí a mis padres, y ellos me abandonaron siendo una niña. No creo que una muerte más arregle nada, me educaron para defender la vida.

—Sois muy piadosa, una cualidad apreciada en una mujer. —Se aproximó a ella y le posó la mano en el muslo—. No os preocupéis, yo me encargaré de todo.

Ilargia saltó ante el contacto, sorprendida.

—¿Qué os pasa? —preguntó Darigaaz—. Acabáis de decir que no estáis con Madt, ¿cierto?

—No, pero vos sí estáis con alguien, ¿o es que lo habéis olvidado?

—Ah, no necesito que me lo recordéis: la hija de los carroñeros que aprovecharon la caída de mi padre para apropiarse de mi legado. No debéis preocuparos, ella no significa nada para mí, vos sois una pareja mucho más deseable. Y de sangre real, además.

—No puedo creer lo que oigo, estáis borracho.

—No lo bastante como para no cumplir con una mujer, si vos accedéis. —Se aproximó e intentó besarla; ella se lo sacudió de un empujón.

—Soltadme ahora mismo. Ya he tenido suficiente, de vos y de todo vuestro grupo.

—¿Suficiente? —La neblina que enturbiaba sus ojos pareció escampar de repente—. ¿Qué estáis diciendo, acaso pensáis abandonarnos?

—Yo… no lo sé.

Darigaaz le agarró la muñeca.

—¿Qué significa que no lo sabes? Nosotros te sacamos de aquella prisión y te salvamos la vida. Nos lo debes, joder.

Ilargia trató de liberarse pero era demasiado fuerte para ella. Su mano incrementó la presión, forzándola a levantar una mirada suplicante hacia el rictus de furia que deformaba la cara de Darigaaz hasta hacerle irreconocible.

—Mi muñeca, me estáis haciendo daño.

Ilargia buscó instintivamente el puñal oculto bajo su ropa, pero antes de decidirse a usarlo su captor la liberó.

—Vamos, no os pongáis así. Reconozco que he sido un desconsiderado, pero el alcohol nubló mi juicio. No hagamos una montaña de esto, ¿de acuerdo? —sonrió, conciliador.

Ilargia le abandonó sin contestar, regresando a su tienda. Una vez dentro, aseguró las cuerdas de la entrada, se metió en lo más profundo de su camastro y apretó la cara contra la almohada, ocultándola al mundo.

 

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Escritor, autor de "Dragones Negros"