Dragones Negros | Capítulo 17

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17.
Lastre

 

Era un día primaveral perfecto: un sol radiante alcanzaba su cénit sobre un manto azul zafiro libre de nubes; el viento soplaba en ráfagas cortas y suaves, con la fuerza justa para redistribuir la cálida humedad en el ambiente; un armonioso jolgorio de conversaciones entre especies recorría el bosque, cuyos colores brillaban salvajes en la cristalina atmósfera. Era el tipo de día en el que transcurren nuestros mejores recuerdos de la infancia.

Solo había un elemento discordante en tan perfecta armonía: una caravana que se movía por uno de los caminos como un coágulo por una arteria. Estaba compuesta por un puñado de jinetes uniformados, un corpulento y calvo gigante a lomos de su podenco y, a pie y encadenados, un hombre y una mujer.

La joven, de pelo enmarañado, piel lechosa y ojos tostados enmarcados por un enjambre de pecas, caminaba ajena a lo que le rodeaba, alternando su vista entre los andrajos que apenas le cubrían las vergüenzas y el suelo que hollaban sus pies desnudos. A su lado, su compañero de cautiverio, un hombre fornido de media melena rizada, intentaba captar su atención.

—Ilargia. Vamos, chiquilla, contestad.

Ella permanecía enfrascada en sus pensamientos, moviendo el cuerpo lo imprescindible para continuar la marcha.

—Respondedme, es importante que no desfallezcáis ahora.

El hombre trató de asirle el hombro cuando el mango de una lanza interceptó el movimiento, golpeándole en los nudillos. Mientras retiraba la mano, Madt escuchó hablar a uno de los soldados que caminaban detrás.

—Mantén las distancias, listillo. Y corta el parloteo, la dama no tiene ganas de conversar.

Madt ensanchó la distancia a su longitud inicial y observó cariacontecido a su compañera.

—Lo siento —musitó.

—Lo prometisteis.

Su rostro se iluminó ante aquellas palabras.

—Ya era hora, empezaba a temer que jamás volvería a oír vuestra armoniosa voz.

—Lo prometisteis —repitió Ilargia sin levantar la vista del suelo—. Dijisteis que no permitiríais que esto sucediera. Os pedí que no lo consintierais bajo ningún concepto, que prefería la muerte a regresar a aquel agujero.

—No, nunca os prometí tal cosa, jamás podría ofrecerme a hacer algo de lo que sería incapaz aunque me fuera la vida en ello. —Su voz adquirió una acusada gravedad—. Os dije que no regresaríais a la celda, y pienso cumplirlo.

Ilargia abandonó la serena contemplación de sus pies para enfrentar su mirada.

—Nos han capturado. Estamos encadenados, camino a palacio donde nos devolverán a la celda. No me parece que estéis cumpliendo esa promesa tampoco.

—No estamos allí todavía, ¿cierto? —Su sonrisa ganó confianza—. Nuestra salida no fue como se esperaba, nada obliga a que el regreso lo sea.

El rostro de ella no exteriorizaba ningún sentimiento, salvo el cansancio acumulado alrededor de los ojos.

—No debisteis dejarme dormir —le increpó—; podíamos haber seguido corriendo, o escondernos en otro sitio. Deberíais haberme matado.

—No, no vamos a malgastar más tiempo en reproches. Estamos mal, pero esto aún no ha terminado. Confiad en mí.

No hubo cambio perceptible en su expresión, pero Madt creyó ver una chispa de esperanza en el fondo de sus ojos. Puede que ella lo percibiera también, e intentó ocultarlo echando la cabeza hacia adelante y dejando que se balanceara inerte al ritmo de sus pasos.

—Confiad en mí.

Madt se aproximó para insuflarle ánimos con su cercanía. Esta vez la madera le alcanzó en la sien, haciéndole tambalearse en sentido contrario mientras un hilillo de sangre brotaba del lugar de impacto.

—Vuelve a acercarte y catarás el otro extremo —bramó su guardián.

—Eso será algo digno de ver —gritó Madt hacia atrás—, ya que la próxima vez que ese mástil pase cerca de mí, te lo enterraré tan profundamente en la garganta que desde entonces deberás mear de oído.

Ambos detuvieron la marcha para encararse. Ilargia observaba la escena como si no conociera a los implicados.

—Eres muy gallito para estar encadenado.

—Imagínate como me pondré cuando me deshaga de estas cadenas y te las haga tragar.

El otro posicionaba el arma para descargar un nuevo golpe cuando un jinete se paró a su lado.

—¿Explicación?

—Aquí, el amigo —respondió el soldado—. Parece tener problemas en entender su posición; me ofrezco encantado para explicársela.

—Conmovido, rehúso. Prosigan.

El celador giró al prisionero con el asta y le apremió a continuar. Junto a ellos cabalgaba ahora el hombre que había zanjado la disputa. Ilargia se dirigió a él.

—Señor Grillete, os lo imploro: liberadme de estas cadenas. No soy culpable de ningún delito que merezca el castigo que ya sufrí dentro de aquella celda, no permitáis que me devuelvan a ella.

El jinete hizo oídos sordos, manteniendo la vista al frente.

—Malgastáis el aliento, chiquilla —intervino su compañero—; no corresponde a un cazarrecompensas como nuestro amigo discutir sobre la justicia de sus acciones, solo sobre el importe de su recompensa.

—No contradigo —respondió él—. Tampoco reniego de mi manera de ganarme el jornal. Remuneradme y decretad.

—Sin preguntas, ni vacilaciones.

—Ningunas, solo resultados.

—Debe estar bien poder vivir sin conciencia.

—Facilita mi existencia —contestó el gigantón, mirándole a la cara—. No rememoro quejas por vuestra parte, en circunstancias similares.

—¿A qué se refiere? —preguntó Ilargia a Madt. Grillete se adelantó a su respuesta.

—Vuestro compinche no es tan ajeno a mis quehaceres como pudierais suponer.

—¿Sois un cazarrecompensas? —preguntó ella sorprendida a su compañero, que contestó con reticencia.

—Lo fui, hace mucho.

—Me dijisteis que estabais aquí por unos amigos. ¿Queríais decir que os contrataron para liberarme?

—No exactamente. Les conocí como mercenario, pero con el paso del tiempo simpaticé con su causa hasta el punto de retirarme de mi oficio y unirme a su grupo.

—Pero antes erais uno de ellos, un asesino a sueldo —dijo Ilargia señalando a un impasible Grillete—. ¿Cuánta gente matasteis por dinero? Si el otro bando hubiera contactado antes con vos, y os hubiese ofrecido una suma por mi cabeza, ¿habríais accedido?

—Esa pregunta no tiene importancia ahora.

—Entonces nada os cuesta responderla. Decidme, ¿lo habríais hecho?

—Sí, lo habría hecho —concedió él—. Pero yo era una persona distinta entonces, joven y llena de rabia.

—Por muy joven que fuerais, por mucha rabia que atesorarais, ¿cómo pudisteis acabar con la vida de la gente por dinero?

—Quizás ayudaría —intercedió el jinete— conocer los antecedentes. Los auténticos, esta vez.

Madt bajó la vista y apretó los puños.

—¿Cuáles? Por favor, ayudadme a entenderlo.

Ante el silencio de Madt, Grillete continuó.

—Mi gremio lo componen miembros con motivaciones muy dispares: hay quienes priman el sustento, quienes buscan conducirse por sus propias leyes, y quienes abrazan una nueva identidad para ahuyentar errores pasados.

—¿Qué tipo de errores?

—Los más hirientes, los cometidos contra aquellos que más amamos. La historia que os contó para dormir adolecía de una preocupante falta de rigor, al omitir un personaje vital en su entendimiento: no fue el tiempo el que separó a los amantes, o, si lo fue, escogió una envoltura de lo más carnal.

—¿Queréis decir que él la dejo? ¿Por otra persona?

—Aunque sí hubo otro actor en este drama, no fue vuestro compañero quien traicionó la confianza de su pareja; no fue la lujuria su pecado, sino la ira, al sorprender a su amada…

—Termina esa frase, y será el último sonido inteligible que surja de tu garganta.

La gélida sentencia finiquitó la conversación. Grillete recondujo la atención al camino, mientras Ilargia observaba compungida a Madt.

—¿Es eso cierto? ¿Vuestra dama os fue infiel?

—Sí —fue la lacónica respuesta.

—¿Y vos la…? ¿Los…?

La mirada de él la atravesó, recorriendo varias millas antes de morir en el horizonte.

—No —respondió al fin—. Creo que no. Es cierto que la ira me invadió cuando les descubrí, pero no pude hacerle eso. Recogí mis cosas y me fui, tratando de olvidar mi antigua vida. Así fue como me hice cazarrecompensas.

—Entiendo vuestro dolor, pero no puede justificar ciertos actos.

—Ni yo lo busco, solo espero que mis acciones posteriores ayuden a lavar la sangre que mi furor juvenil derramó. Creedme. —Su rostro transmitía una sinceridad absoluta, o quizás eso era lo que ella ansiaba creer.

—Muy llamativo que no se haya vuelto a oír de los amantes desde entonces —fue el regreso de Grillete a la conversación. Madt bufó.

—Eso ya no me concierne, puede que partieran en busca de un lugar no mancillado por su traición donde construir un hogar.

—Y puede que dicho lugar esté varios palmos bajo tierra.

—Ignorad al melenudo, princesa, es el resentimiento el que habla —dijo Madt, recuperando su actitud burlona—. ¿Echas de menos a tu compañero? Deberías: en vuestra sociedad, él aportaba las agallas y el cerebro.

—Conozco vuestros ardides, nada conseguiréis; mejor reservad el resuello para el camino.

—Por no hablar de sus otras cualidades, las cuales debías conocer mejor que nadie —continuó él, impertérrito, mientras se aproximaba al caballo de su interlocutor—. No te preocupes, puedes aprovechar la estancia en la ciudad y buscar una buena bolsa de agua caliente, con la que reemplazar la fuente de calor en tu lecho.

Un crujido puntuó la última frase al impactar la bota de Grillete contra la boca de Madt. El golpe le impulsó hacia una desprevenida Ilargia, que solo pudo extender las manos para tratar de abortar el choque que inevitablemente se produjo, derribándoles a ambos.

—Os reclaman vivo, no indemne; mi paga no mengua aunque vuestro número de extremidades lo haga. Recordadlo —se despidió Grillete antes de espolear a su montura y reincorporarse a la cabeza de la caravana.

Su guardián se agachó sobre ellos para levantarlos.

—Vamos parejita, se acabó el descanso.

Ilargia se incorporó y notó un pinchazo en el tobillo al volver a andar. A los pocos pasos el dolor se diluyó, mientras un cosquilleo tras los ojos le indicaba que su poder se había activado. A su lado, Madt inspeccionaba en silencio la vegetación al borde del camino, donde una silueta obturaba los huecos de la maleza en su avance.

—¿No es esa…? —preguntó Ilargia acercándosele, antes de que un golpe la apremiara a regresar a su posición original. El bamboleo de su cuerpo le hizo percatarse de que ya no sentía presión en las muñecas. Al mirarlas, descubrió sorprendida que los grilletes estaban abiertos. Se giró hacia su compañero y observó que, en el centro de la amplia sonrisa que se abría en su rostro, brillaba una pequeña pieza de metal.

—Ya está bien de cuchicheos y miraditas, vosotros dos. Si tenéis algo que decir, hacedlo en voz alta para que os escuche.

—Nada importante —dijo Madt—: comentaba con mi compañera que, por muy tonificante que este paseo esté resultando, echo de menos nuestra rutina vespertina.

—¿Rutina? —preguntaron a la vez vigilante y cautiva.

—Por supuesto, ¿ya no os acordáis? Ayer mismo, sin ir más lejos; antes de desayunar.

Ilargia le miró extrañada pero él ya no la observaba a ella. A esa altura, el camino recorría un pequeño desfiladero en cuyo fondo fluía el Isah, el caudaloso río que abastecía la ciudad de Hyrdaya. Ilargia alternó la mirada de un lado a otro hasta que su expresión reflejó el entendimiento de su mente. Su compañero le correspondió guiñándole un ojo.

—Dejad de decir idioteces y continuad. De todas formas, pocos ejercicios podréis hacer cargados con esas cadenas.

—En una suerte entonces que me liberara de ellas hace tiempo. ¡Bruma!

A su señal, la pantera abandonó su escondite y saltó sobre el soldado que tenían delante. Madt lanzó sus grilletes a la cara del guardia posterior, le quitó el arma y le incrustó el mango en la boca. El hombre cayó con una mezcla de saliva, sangre y trozos de diente esparciéndose en su descenso. Ilargia se despojó de sus ataduras al tiempo que su compañero corría hacia ella, la enganchaba de la cintura y guiaba la huida de ambos hacia el borde del camino.

—Confiad en mí —escuchó antes que en el aire se mezclaran los gritos de los soldados con su propio alarido de terror, alimentado por la sensación de vértigo en su estómago y la rápida aproximación del agua. No fue una zambullida limpia, lo que unido a no haber detenido su grito a tiempo, la dejó aturdida y sin aliento en la oscuridad del fondo. Trató de orientarse pero el pánico le hacía consumir sus escasas reservas de oxígeno en estériles sacudidas. Una mano la agarró y la arrastró a la superficie.

—Olvidé preguntaros si sabíais nadar.

—Esto es absurdo. —Profundas inhalaciones entrecortaban sus palabras—. No tardarán en lanzarse a por nosotros.

—No mientras vistan esas armaduras; y nos quieren vivos, así que tampoco pueden usar flechas. Debemos seguir la corriente hasta alcanzar una zona donde poder regresar a tierra y despistarles.

—No creo que podamos movernos más rápido que ellos.

—No lo necesitamos —dijo Madt señalando hacia adelante. De la superficie del río fuera de la vista surgían espumarajos y salpicaduras, que combinados con el estruendoso murmullo de agua chocando entre sí, indicaban que la fuerza de la corriente estaba a punto de sufrir un severo incremento.

—Aguantad el aliento.

Cuando alcanzaron los rápidos sintió como si tentáculos invisibles la asieran desde el lecho del río, zarandeándola en todas direcciones. Ilargia lograba alcanzar la superficie en intervalos tan breves que apenas le permitían una pequeña inhalación antes de hundirse de nuevo. Agitó los brazos a ciegas, en busca de un asidero con el que escapar a la fuerza del agua, pero solo encontraba piedra lisa y resbaladiza que golpeaba su cuerpo y lo hacía girar hasta perder toda noción espacial. Acuciada por la falta de aire, abrió la boca e inspiró una profunda bocanada de agua en lugar del ansiado oxígeno. El dolor se estableció en sus pulmones y detrás de los ojos, que comenzaron a percibir su entorno con un nuevo tinte luminoso. El pánico fue abandonándola a la par que su consciencia se extinguía cuando su cuerpo chocó contra algo y se detuvo. Animada por el más primario de los instintos, Ilargia apoyó las piernas contra el desconocido objeto y se impulsó en la dirección en la que ascendían las burbujas.

Aferrándose al árbol caído que había propiciado su salvación, se arrastró hacia la orilla, donde cedió a las arcadas y tosió violentamente, expulsando el agua que le encharcaba los pulmones. Exhausta, se tumbó sobre el costado mientras recuperaba el aliento.

—Juego de niños —gritó una voz conocida—, os lo dije.

Ilargia se incorporó y vislumbró a su compañero de fatigas.

—Por desgracia, hemos quedado cada uno a un margen del río, así que deberéis venir a mi lado. En esta zona la corriente es aún demasiado fuerte, mejor será avanzar hasta que encontremos un lugar donde sea más seguro atravesarlo.

Ilargia examinó los alrededores sin contestar.

—¿Os encontráis bien? Debéis disculparme, sé que no ha sido un viaje agradable, pero no encontré una forma mejor de escapar.

—¿Matasteis vos a los granjeros?

Madt reaccionó a la pregunta como si le hubieran golpeado.

—¿A qué os referís?

—Los granjeros, la pareja en cuya casa nos escondimos. ¿Los matasteis vos?

—No, por supuesto que no. ¿Por qué iba a hacer algo así?

—Estas ropas. —Ilargia agarró uno de los jirones que aún aguantaban sobre su cuerpo—. ¿De dónde han salido? ¿Eran suyas?

Su compañero la miró sin contestar.

—¿Lo eran?

—Sí, son de la granja —concedió él—, pero las cogí del tendedero antes de que sus dueños despertaran. ¿De verdad pensáis eso de mí? ¿Que mataría a alguien por sus ropas?

—¿Difiere mucho de matar a alguien por dinero?

Se observaron unos segundos desde los márgenes opuestos del río que fluía entre ellos.

—No tenemos tiempo para esto —dijo Madt—, nuestros captores se aproximan. Hacedme caso, debemos seguid el curso del agua ¡Ilargia, no!

Ella ya no le escuchaba: corría. Huía de su voz, de sus ojos, de esa parte de sí misma que ignoraba las evidencias y continuaba queriendo confiar en él, y dejar que la sacara de aquel bosque y la protegiera como había hecho hasta entonces. Pero eso ya no era posible, se repetía: ese hombre ya no existía, puede que nunca lo hubiera hecho; y por eso corría, lejos de él y de los sentimientos que despertaba en su interior.

Aunque era demasiado de lo que huir, y se encontraba sola de nuevo. Paró para buscar alguna referencia que la guiara, sin éxito. Los árboles formaban una maraña a su alrededor, bloqueando el cielo.

—¡Allí abajo, creo que la veo!

Ilargia no identificó la procedencia de la voz pero captó su significado. Tragó saliva y reanudó su huida.

—¡Yo también la veo! Se dirige hacia aquella colina, si seguimos el camino la interceptaremos enseguida.

Ella no varió su rumbo un grado. Mantuvo su carrera pero no con la esperanza de librarse de ellos, sino porque era lo único que podía hacer. Porque no quería ofrecerles una presa fácil.

Las voces sonaron más cercanas. Sus perseguidores se dispersaban en la espesura, tratando de rodearla. Esta vez no —pensó.

No llevaba registro de todas las veces que había corrido en su vida, pero no creía que nunca hubiera sido más veloz, a pesar de la ausencia de calzado y la irregularidad del terreno. Recordó un día de verano, tan similar en el clima como distinto emocionalmente. En él, una pequeña Ilargia recorría el valle que lindaba con su templo, fascinada ante el despertar de nuevas formas de vida al calor del sol meridional. Sus pies descalzos no se laceraban contra las rocas como ahora, sino que estaban cubiertos por la savia de la hierba aplastada en su avance. Las lágrimas que derramaba se fueron quedando atrás junto a sus recuerdos y esperanzas, mientras su entorno se iba aclarando de maleza al abandonar el bosque y aproximarse al acantilado.

Cuando se encontró a cielo abierto se detuvo y observó el horizonte. La vista era espectacular, un paisaje de ensueño cubierto de pequeños árboles y construcciones en miniatura, como si estuviera observando un mundo paralelo al que ella habitaba. Era un día perfecto, no podía pedir uno mejor para ser el último de su vida.

Adiós, hermanas, siento que mi último acto sea una deshonra para vosotras —pensó mientras se encaminaba hacia el borde. Abajo, muy lejos, su destino le aguardaba. Por un instante, se preguntó si sus poderes podrían salvarle de aquella caída, pero enseguida recordó la conversación que mantuvo con Madt: podía curar heridas, pero la muerte estaba más allá de su capacidad. Lástima. Una vez en el filo, cerró los ojos y adelantó el cuerpo.

—¡Parad!

Ilargia sintió una repentina ansiedad cuando creyó reconocer la voz de Madt, pero al girarse solo vio a un soldado del Rey.

—Dejadme, no permitiré que me volváis a capturar —le gritó.

—¿Por qué deseáis morir? Tenemos órdenes de llevaros a palacio para interrogaros, nada más.

El soldado comenzó a aproximarse. Tras él, el bosque gritaba con decenas de gargantas.

—Jamás volveré a pisar ese lugar. Adiós.

Pero no saltó. Su mente era fácil de convencer pero su cuerpo presentaba más resistencia. El viento que subía del abismo le erizó el vello; adelantó un pie, que quedó suspendido en el vacío, y un hormigueo trepó por él hasta la vejiga. Hazlo, antes de que te alcance —se repetía. Inhaló profundamente y se giró para apartar la mirada del lejano suelo antes de saltar de espaldas a su encuentro.

Su movimiento se vio abortado al darse cuenta de que estaba sola. Un segundo vistazo corrigió y reforzó esa apreciación: el soldado seguía allí, pero ya no la acompañaba; de su cadáver surgían tres mástiles emplumados. Frente a la cortina verdosa que ocupaba el fondo de su visión la observaban ahora dos nuevos soldados que vestían colores desconocidos.

—¡Está aquí! ¡La hemos encontrado! —gritó uno hacia el bosque.

—No temáis, señora, hemos venido a ayudaros —le dijo el otro—. Por favor, apartaos de ese borde antes de que suceda una desgracia.

Más personas surgieron de la espesura, agrupándose a una respetuosa distancia de ella. Ilargia continuaba próxima al abismo, incapaz de decidirse por un curso de acción, cuando uno de ellos se separó del grupo. Vestía una armadura de malla gris con un dragón luciendo orgulloso en su pecho y escudo. En la mano derecha portaba una espada demasiado grande para ser esgrimida con una sola mano, cuya hoja estaba recorrida por unos brillantes símbolos azules. Se quitó el casco y se dirigió lentamente hacia ella.

—Ilargia, ¿cierto? No os preocupéis por esto —le dijo al notar su recelo—, no queremos haceros ningún daño. —Dio una orden y el suelo vibró con el impacto de las armas al caer.

Ella retrocedió instintivamente ante su avance, pero el ímpetu suicida había sido sustituido por la curiosidad. El extraño se paró y le tendió una mano enguantada.

—Encantado de conoceros, Ilargia; mi nombre es Darigaaz, y soy amigo de Madt. ¿Es que ese bribón embustero no os ha hablado de mí?

 

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Escritor, autor de "Dragones Negros"