Dragones Negros | Prólogo

Anterior | Índice | Siguiente

Prólogo.
Breve encuentro

 

En aquel momento, el único pensamiento que albergaba su mente era que moriría si dejaba de correr. No recordaba cuánto tiempo llevaba huyendo, atravesando la maleza sin fijarse qué dirección tomaba, e ignorando las numerosas heridas que su avance le infringía.

Cinco minutos, diez como mucho —pensó—, y se acabó. Bien, ya sabía que esta vida no podía durar demasiado; lástima abandonarla sin haber ajustado cuentas con ese bastardo de Brein.

El calor de la noche, sumado al esfuerzo físico, generaba una capa de sudor que convertía su ropa en una segunda piel. Cada inhalación penetraba en los pulmones con un dolor punzante.

Esa luna acaba con cualquier esperanza que tuviera de despistarles —pensó, mirando al cielo—. Con esta luz, hasta un orco sería capaz de descubrirme sin mucho esfuerzo.

Su esperanza residía en alcanzar el cercano río y dejarse arrastrar por la corriente, lejos de allí. El problema era que nunca había sido un gran conocedor de aquellos bosques, ni un buen explorador; y además, dudaba de que sus perseguidores le dieran el respiro necesario para orientar su huida hacia la salvación: cada vez que las fuerzas le flaqueaban y aminoraba la marcha, los ladridos de los perros y los gritos de sus amos le espoleaban a seguir, confiando en que la providencia guiara sus pasos.

Un paso más, vamos, sigue corriendo un poco más. El sudor resbalaba por la frente hasta los ojos, nublándole la visión. Solo un poco más. Sus latidos reverberaban en el palpitante dolor de la brecha que le recorría el muslo. Por favor, aguanta, por favor, un paso más, unos metros más y los despistarás…

La piedra con la que tropezó apenas sobresalía del suelo; en condiciones normales no le habría costado ningún trabajo esquivarla, pero el pánico de correr por su vida seguramente mermara su percepción del entorno. «¡Jod..!» fue todo lo que pudo decir, antes de que el impacto contra el suelo le vaciara de aire los pulmones. La inercia le arrastró un par de metros sobre la hierba, hasta que finalmente se detuvo, exhausto, sangrando por una docena de sitios, e incapaz de realizar el menor movimiento.

Maravilloso —pensó, mientras recuperaba el aliento—. Años de robos impunes, y tengo que morir porque mi compañero valore más las faldas de nuestra última víctima que su lealtad hacia mí. Brein, espero que esa furcia te pase suficientes enfermedades como para que se te pudra la poca hombría que te queda, y el dolor te haga enloquecer hasta ser incapaz de hacer otra cosa que babear sentado sobre tus propios excrementos.

Mientras aguardaba la muerte discurriendo nuevas maldiciones sobre su antiguo amigo, las pulsaciones fueron aminorando y su respiración haciéndose más regular, permitiéndole percibir los sonidos que le rodeaban.

¿Grillos? —pensó extrañado.

Algo no encajaba. Escuchó un poco más, tratando de oír a sus perseguidores: nada, tan solo el chirrido de los grillos y el murmullo de la brisa acariciando la vegetación.

No puede ser, les llevaba unos segundos de ventaja; ya debería tenerlos encima, sirviéndome como aperitivo a sus perros y diciéndome…

—Buenas noches —escuchó a alguien—. Bonito salto, pero deberías mejorar el aterrizaje.

Giró la cabeza en dirección a la voz. Una fogata iluminaba a su interlocutor, sentado sobre un tronco caído y envuelto en una túnica que le ocultaba el rostro; en su mano portaba un báculo de madera rematado por un cristal azul.

—¿Quién demonios…?

—Ven, acércate a la hoguera y descansa. Tengo un poco de vino, por si el ejercicio te ha dado sed.

La mención de la bebida hizo que su garganta se contrajera. Se incorporó con cuidado, descubriendo nuevas formas de dolor en el proceso, y renqueó hacia la figura que le observaba en silencio: aunque la capucha impedía verle el rostro, le dio la impresión de que estaba disfrutando del espectáculo.

Llegó al tronco y se dejó caer con un gruñido. El encapuchado le pasó un pellejo del que bebió con avidez, hasta que se atragantó y tuvo que escupirlo entre toses.

—Tranquilo, bebe con calma —dijo el otro—, no sea que lo que tus perseguidores no han conseguido lo logre un poco de licor.

Cuando las toses cedieron dio un nuevo trago. Sintió el calor bajar al estómago, y expandirse desde allí al resto del cuerpo. En la superficie, la calidez de la hoguera comenzaba a impregnarle las ropas, secando el sudor sobre su piel. Más relajado, devolvió el pellejo y miró a su alrededor.

—¿Qué está pasando aquí, dónde estoy? ¿Y dónde están esos bastardos que me perseguían como si hubiera robado la virginidad de sus hijas en vez de un piojoso collar?

—Estás a salvo —fue la única respuesta.

—¿Sí? ¿Y quién diablos eres tú? —Trató de distinguir sus facciones a través de la oscuridad—. ¿Cómo demonios has conseguido esconderme de ellos?

Un siseo emergió de las profundidades de la capucha y el cristal del báculo brilló en respuesta, iluminando la cara de su dueño.

—Un elfo oscuro —susurró al verle la piel—. Un mago oscuro, mejor dicho. ¿Qué hace alguien como tú tan lejos de su tierra? Hay pena de muerte sobre tu raza en todo el reino de Hyrdaya, y tampoco en Lewe despertáis simpatía, según creo.

—¿Hablas así a todos los que te salvan la vida? —contestó el mago sonriendo.

—Sí, si son de tu calaña; no sois conocidos por vuestro altruismo, así que dime: ¿por qué me has salvado? ¿Qué es lo que quieres de mí?

—Conciso y directo. —La sonrisa del extraño se acentuó—. Nunca has sido hombre de muchas sutilezas, ¿verdad, Darigaaz?

El nombre le dejó un instante sin respiración.

—Me temo que te confundes, elfo. Mi nombre es Dazua.

—Un sucio seudónimo para ocultar un infausto pasado, Darigaaz. —Estiró el índice en su dirección—. Hijo de Rhadenar, anterior regente de Termin, ejecutado por alta traición al rey. Darigaaz, forzado desde entonces a esconderse en los bosques con su madre, hasta que presenció cómo un grupo de cazarrecompensas la forzaban y capturaban para vender su cabeza.

—Darigaaz de Rhean —prosiguió el elfo, mirándole a los ojos—, que escapó dos veces a la muerte para pasar el resto de su vida vagando entre ciudades bajo una falsa identidad, alternando robos menores con malas compañías y pobres decisiones hasta, finalmente, eludir por tercera vez a la muerte, gracias a la ayuda de un extraño. Una vida interesante, sin duda; una que ahora me pertenece.

El hombre tragó saliva, incapaz de contestar.

—¿Cómo lo…? ¿Qué…?

—No temas, solo quiero darte algo, un regalo. Mete la mano en el fuego.

Darigaaz alternó la mirada entre su interlocutor y la lumbre, indeciso.

—Hazlo.

Con cautela, aproximó la mano a una hoguera que, para su sorpresa, no desprendía calor. La acercó aún más, hasta que las llamas la lamieron sin quemarla. Su cuerpo pareció actuar por voluntad propia cuando la sumergió en el corazón del fuego y tocó lo que le pareció una especie de mango. Lo agarró con fuerza y, de un rápido movimiento, sacó a la luz un voluminoso mandoble. Levantó la espada ayudándose de ambas manos y la puso a un palmo de su cara, observándola hipnotizado. La hoja tenía grabadas unas runas que desprendían un tenue resplandor azul.

—Es…

—Magia, claro —rió el extraño—. También es una alternativa, un atisbo de esperanza para una vida demasiado carente de ella. Esa espada vale el rescate de tres reyes, puedes venderla y utilizar las ganancias para mantener un estilo de vida con el que hasta ahora solo soñabas, bajo la protección de ese nombre que has aceptado como auténtico. O bien…

Darigaaz se volvió hacia su interlocutor.

—¿Sí?

—O bien puedes conseguir lo que hasta ahora se te ha negado.

—Que es…

—Venganza —escupió el elfo oscuro—. Retribución. Honor para ti y tu familia.

Darigaaz miró pensativo la espada. No guardaba ya recuerdo alguno del desagradable incidente de la noche; salvo el uso que podía dar a la espada en una porción anatómica de su «buen amigo» Brein, su mente estaba ahora llena de promesas de riqueza, mujeres y pasar los días bebiendo para sobrellevar la resaca de la noche anterior. Lentamente, volvía a ser el mismo Dazua de siempre.

—¿Una venganza? ¿Contra quién?

—Contra el asesino de tus padres.

—Yo contra el rey —rió—. ¿Es eso lo que quieres decirme?

—Exacto, solo que seremos tú y nosotros contra el rey.

—¿Vosotros?

El mago subió la manga de su túnica y descubrió un tatuaje a la altura del hombro: la oscura silueta de un pequeño dragón.

—Eres un…

—Sí —contestó bajándose la manga mientras Dazua le observaba, pensativo.

—No sé manejar esta espada —dijo al fin—. No soy un guerrero.

—Lo serás.

—No sé ni por dónde empezar.

—Lo sabrás. —El extraño levantó la mano y señaló a su espalda—. Por ese camino podrás volver a Lewe, donde te comprarán la espada sin problemas. —Movió su dedo hacia al oeste—. En la falda de esa montaña se ubica la entrada a un templo ya olvidado. Allí encontrarás a una persona que te ayudará a recuperar lo que es tuyo por derecho. —Bajó el brazo y quedó en silencio.

Su interlocutor miró en ambas direcciones, dubitativo. Los rumores que había oído en boca de locos y borrachos en las peores tabernas del reino acababan de hacerse realidad, le habían salvado la vida y le habían regalado una espada. Aquello era una locura.

Y aun así…

—Tú eliges, Dazua.

Cargó la espada al hombro y se giró hacia el extraño.

—Darigaaz, no Dazua —le dijo—. Hijo de un padre injustamente asesinado y de una madre violada y decapitada; que sobrevivió refugiándose en una existencia estéril bajo una identidad falsa, y que volvió a la vida cuando más cercana parecía su muerte. Darigaaz de Rhean —concluyó, alzando el tono—, que desde este momento jura sobre la tumba de sus padres no descansar hasta hacer justicia, sin importar el tiempo que tome ni las vidas que me lleve conmigo.

Una vez terminó de hablar se despidió del elfo oscuro y fue hacia el oeste, a la montaña que se recortaba contra el cielo estrellado. El bastón dejó de brillar y la hoguera se fue extinguiendo, hasta que solo el resplandor de la luna iluminó la escena.

—Buena suerte, Darigaaz… —dijo el mago mientras se ayudaba del báculo para incorporarse y dirigirse con paso lento hacia el norte; tras avanzar un trecho, se detuvo y volvió la cabeza hacia la montaña donde Darigaaz iba a encontrarse con su destino.

—… recuerda que muerto no nos serás de utilidad —concluyó, sonriendo, antes de reanudar su camino.

Un hilo se tensa en la rueca; una piedra echa a rodar por una ladera nevada; un resorte salta, haciendo que dos engranajes se acoplen y comiencen a girar.

Pasan seis años…

 

Anterior | Índice | Siguiente

9 pensamientos sobre “Dragones Negros | Prólogo”

    1. Hombre, mucho, mucho… tres días más y estarán los siguientes capítulos :), Muchas gracias, por pasarte por aquí, y me alegro que por ahora te guste.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Escritor, autor de "Dragones Negros"