Dragones Negros | Capítulo 19

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19.
Ilusión

 

Su mundo había desaparecido y todo lo que quería era recuperarlo, pero no sabía cómo. Desde que se separó de su abuelo, Dem había tomado los cruces siguiendo las instrucciones que él le dio, pero nada ocurría. Durante un buen rato esperó que alguna cara amistosa apareciera en aquel entorno de túneles sombríos e insectos gigantes, pero nada ocurría. Aterida de frío y miedo, trató de regresar a donde se habían separado, pero tampoco lo consiguió. Los túneles eran parecidos pero algo, en algún momento, había variado. Hizo y deshizo el camino varias veces a la carrera, pero nada ocurría.

Su mundo iba a cambiar para siempre pero eso ella no lo sabía; su corta edad no la dotaba del raciocinio necesario para anticipar un acontecimiento de tal magnitud, solo del suficiente para darse cuenta de que algo había ido mal.

No era culpa suya, ella había hecho todo lo que le había dicho su abuelo; desde el primer recuerdo que poseía, él era el adulto que más atención le prestaba, y Dem siempre trataba de corresponderle. Aunque quizás no estaba siendo del todo justa: su madre también era buena con ella, la cuidaba y alimentaba y protegía, y la quería mucho, por supuesto. Pero había algo, una pena enraizada en lo más profundo de su ser, que le impedía estar completamente con ella cuando estaban juntas. Cuando la abrazaba, sentía ese pesar enturbiando el amor y la ternura, y eso la entristecía; por eso buscaba el regazo firme y acogedor de su abuelo.

En cuanto a su padre, Dem no recordaba su cara; y era extraño, ya que vivió con los dos hasta que desaparecieron, y mientras el rostro de su madre aparecía nítido en sus recuerdos, el de su padre se desdibujaba en una neblina gris. Pero ella también le quería, aunque nunca estuviera en casa, o apenas la tocara o acariciara o sonriera. Les quería a ambos, pero no podían competir con el amor que profesaba a su abuelo. Y más después de que un día se fueran y luego lo hiciera su abuela. Desde aquel momento, esos recuerdos constituyeron un pedazo de la esencia de Dem, refulgiendo en su interior con su propia y templada luz.

Pero ellos ya no eran su mundo. Ellos no le enseñaron a andar, a comer, a hablar. Ellos no le abrazaban en la oscuridad de la noche hasta que las pesadillas abandonaban su cabeza para dejar sitio a los sueños buenos. No le cogieron de la mano la primera vez que abandonó las cavernas de Agarta, cuando levantó la cabeza hacia un infinito cielo azul tan deprisa que se mareó y casi vomita.

En una de sus frenéticas carreras tropezó y cayó de bruces al suelo, raspándose manos y rodillas. Sintió nacer un sollozo en el fondo de su garganta pero lo sofocó aguantando la respiración. «Los bebés lloran, las niñas se aguantan. ¿Eres un bebé o una niña?», le sermonearon sus recuerdos con la voz de su abuelo. «Una niña», contestó ella, apretando la cara para cortar el flujo de lágrimas.

Se acomodó sobre el trasero e inspeccionó los daños a la pálida luz del pasadizo. En sus manos aparecían grupos de líneas irregulares que incrementaban su grosor al comenzar a fluir la sangre por ellas. Se las limpió en el faldón y se frotó la rodilla, que no parecía lastimada. Más tranquila, se quedó así, sentada en mitad de la nada, mordisqueando la punta de su coleta mientras pensaba qué hacer a continuación.

La idea de llamar a su abuelo no le había abandonado en todo ese tiempo, pero temía que alguno de esos escalofriantes hombres-cucaracha la oyera. Allá donde mirara todos los túneles le parecían iguales, y daba igual las veces que repitiera la combinación de giros que había memorizado, no encontraba nada.

Recordó entonces el estuche que llevaba colgado al cuello. Su abuelo le había dicho que no lo perdiera, pero no lo que contenía ni para qué servía. Dem abrió el tapón y volcó el recipiente, del que salió un pergamino enrollado. Curiosa, lo examinó con ojos y manos, como si de un desconocido insecto se tratara, antes de desplegarlo. Una de las caras estaba en blanco, pero en la otra había algo dibujado. Lo sujetó con ambas manos para verlo mejor cuando el dibujo se iluminó de repente.

Sobresaltada, soltó el pergamino y lo alejó de ella barriendo el suelo a puntapiés. Parecía de nuevo un vulgar trozo de piel, sin brillos de ningún tipo. Se acercó precavida y lo rozó con la yema de los dedos, recuperando gradualmente la confianza hasta asirlo de nuevo. El dibujo seguía allí, en tinta negra mate, pero ahora unas manchas le hacían compañía. Dem comprendió mirándose las heridas de la mano que era su sangre la que había alimentado aquellas manchas. Intentó borrarlas con un dedo humedecido de saliva pero solo consiguió emborronarlas. Al final decidió enrollarlo y devolverlo a su funda, confiando en que nadie se percatara del estropicio y evitar así la reprimenda.

Con el estuche de vuelta a su cuello, comenzó a incorporarse cuando observó al final del túnel cómo uno de los insectos gigantes caminaba hacia ella. Echó a correr en dirección contraria pero se detuvo al advertir que otras criaturas le cortaban el paso. Una multitud de variopintas estrategias se agolparon en su cabeza, pero ninguna se le antojaba convincente. Rememoró cuando su abuelo se puso a jugar alrededor de aquellas cosas, haciéndole reír, pero sin él a su lado no se sentía tan confiada; por desgracia, no tenía otra opción que pasar al lado de aquellos monstruos que tanto la aterrorizaban.

Dem tragó saliva y se envaró, susurrándose ánimos para la colosal tarea que estaba a punto de afrontar, cuando una luz le hizo girarse: en la pared en la que hasta hacía un momento no había más que roca desnuda, se dibujaba ahora una puerta de resplandecientes trazos azules. A la niña le recordó a cómo había brillado el dibujo del pergamino.

Su cuerpo se movió cauteloso hacia la puerta y ésta reaccionó abriéndose. Dem se asomó al agujero abierto en la pared, pero el interior estaba inmerso en una oscuridad más profunda que la del pasillo. Las criaturas continuaban su avance hacia ella, así que decidió atravesar el extraño portal buscando refugio; la oscuridad no le daba miedo, las criaturas-cucaracha sí. Tan pronto se encontró al otro lado del mágico umbral, la piedra se cerró sobre sí misma, dejándola en la más absoluta negrura.

Palpó el aire hasta que topó con una pared con la que guiar su avance. Poco después, sus ojos encontraron también algo a lo que aferrarse: un punto luminoso flotaba más adelante, iluminando tenuemente el pasillo que les separaba. Convirtiéndolo en su Estrella del Navegante particular, Dem se dirigió hacia ella.

A diferencia de los otros pasadizos, éste parecía haber sido construido en vez de excavado. La pared que estaba usando como guía era lisa y no muy fría al tacto. Distribuidas irregularmente, una serie de aberturas daban acceso a estancias desiertas. Dem se asomó a una, y en su interior se materializaron unas imágenes, sobresaltándola. Eran personas, pero de extraña apariencia. Sus colores lucían apagados y, aunque se movían, no generaban sonido alguno. Como no parecían reaccionar ante ella, la niña se aproximó para observarlas mejor: se asemejaban a fantasmas moviéndose sobre la pared, como dibujos que hubieran cobrado vida.

En la fantástica representación una figura, concretamente un enano, trabajaba una masa informe sobre un yunque gigantesco. Las chispas brotaban en cada impacto del martillo contra la pieza, que iba adquiriendo forma redondeada en el proceso. El herrero cogió la masa incandescente con unas pinzas gigantescas y la sumergió en agua: la esfera desplazó el líquido al hundirse en él, engendrando una capa de vapor que la envolvió. Al retirarla de la pila, su superficie se hizo más definida: arrugas grises y marrones pigmentadas de verde la recorrían de un lado a otro, circundadas por reflejos azul cobalto, y todo ello recubierto por el vapor condensado en forma de nubes. El entorno se fue desvaneciendo mientras el globo permanecía suspendido contra un fondo oscuro, donde quedaron atrapadas las chispas de la forja, brillando intermitentes en la negra inmensidad. Dem estaba hechizada por la imagen cuando esta se desvaneció, devolviendo la oscuridad a la cueva.

La luz del pasillo vibró, y sus ondas recorrieron el vacío que les separaba, transformándose en sonidos al estrellarse contra su tímpano.

—aCÉRCATE.

Dem se estremeció de pies a cabeza. La voz que le hablaba no poseía ningún rasgo enano o de cualquier otra raza que conociera.

Regresó al pasillo y continuó su recorrido, mirando por el rabillo del ojo las deshabitadas estancias que dejaba atrás. En todas se materializaban a su paso fantasmagóricas escenas como la que acababa de presenciar. En la siguiente vio dos dragones, uno blanco y otro negro, enormes, volando juntos en el cielo nocturno. Dem había oído leyendas y visto dibujos, pero nunca imaginó que fueran tan bonitos. Se acercó, hipnotizada, hasta que su ansia le pudo y los atravesó, provocando que se desvanecieran en el aire.

En otra habitación, montes y praderas fueron poblados por pequeñas criaturas aladas. Más adelante, dos elfos entraron en una caverna parecida a la que ahora recorría ella, y uno de ellos vio su carne ennegrecerse al tocar la luz que refulgía en el centro de la misma. Las habitaciones continuaron sucediéndose: una colina fue escenario de una cruenta lucha entre humanos y lobos, y del impacto del rayo que, en el sitio y momento adecuado, le puso fin; orcos y humanos chocaron manos primero y acero después; mares surgieron y engulleron montes enteros; razas nacieron y se extinguieron, reyes ganaron su corona y perdieron la cabeza. Y al final del pasillo, la luz flotaba, paciente.

Extasiada ante tantas maravillas, Dem se decepcionó cuando el corredor finalizó y con él las habitaciones. Había llegado a una amplia bóveda circular, de la que surgían más pasillos como el que acababa de atravesar, recordando su disposición a la de los radios de una rueda. Su vista se perdió en el espacio oscuro sobre ella, sin ser capaz de atisbarle fin. Y, como última parada, la luz parlante sobre su cabeza.

—aCÉRCATE, PEQUEÑA.

Dem obedeció, deteniéndose bajo el resplandor.

—bIENVENIDA, PEQUEÑA dEM.

—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó la niña—. ¿Quién eres?

—sOY LLANTO Y SOY SUSPIRO: SOY TINTA Y ARENA, FRUTO Y SEMILLA; CHISPA Y CENIZAS, SOY.

La voz no surgía de una fuente definida, pareciendo generarla la misma cueva. El punto de luz se contraía a cada palabra.

—No te entiendo. —Señaló hacia el pasillo—. ¿Qué eran esas imágenes, las hacías tú?

—sÍ Y NO. tODO EXISTÍA ANTES DE MI CREACIÓN, PERO NADA PUEDE EXISTIR SIN MÍ.

—Hablas raro. —Dem dejó de mirar la luz y buscó a su alrededor más escenas mágicas—. ¿Esta es tu casa?

—eSTE ES EL LUGAR DONDE TODO PASÓ, EL SITIO DONDE NADA OCURRE. eSTE ES EL MOTOR DEL MUNDO, LAS ENTRAÑAS DE LA REALIDAD. eSTA ES LA ENCRUCIJADA.

Dem dejó de prestar atención a la luz y fue hacia otro pasillo, pero no pudo entrar en él, ya que una fuerza desconocida impedía su avance. Enfadada, empujó con todas sus fuerzas pero al final tuvo que ceder, resoplando. Pegó la cara al muro invisible, y observó cómo dentro de las salas de ese pasillo se reproducían nuevas escenas, en las que hombres vestidos con ropas que nunca había visto montaban en fantásticos carros metálicos. Desde una de ellas, un hombre con agujeros negros en lugar de ojos la miró.

—lO LAMENTO, PERO NO PUEDES ENTRAR; NO POSEES LOS CONOCIMIENTOS ADECUADOS PARA ASIMILAR LO QUE ALLÍ ENCONTRARÍAS.

Dem trató de entrar en el resto de pasillos, pero en todos obtuvo similar resultado. La naturaleza de las representaciones variaba completamente de unos a otros. Dio un par de vueltas más hasta que al fin desistió.

—tODO LO QUE HA SIDO O SERÁ ESTÁ AQUÍ, TODA FUENTE DE SABER VIENE AQUÍ A MORIR. pREGUNTA Y SERÁS SATISFECHA.

La luz aumentó de intensidad y tamaño y bajó hasta situarse sobre una peana de base pentagonal. Era una esfera de pulida superficie azul, pero no un azul corriente, que pudiera encontrarse en el mundo: era un azul prístino, tan puro y uniforme que se podían escoger dos puntos de su superficie al azar, y tener la certeza de que serían indistinguibles entre sí. Era el azul que los dioses imaginaron al crear el cielo.

Un pulso recorrió la inmaculada superficie cuando ésta volvió a hablar.

—kOR FUI DESIGNADO. cREADO CON LA REALIDAD, ANCLADO A LA NO-EXISTENCIA, GUARDIÁN DEL SABER. iNCONTABLES SERES ME HAN BUSCADO A TRAVÉS DE LAS MAREAS TEMPORALES PARA SATISFACER SU CURIOSIDAD. úNETE A ELLOS: TRES PREGUNTAS CONTESTARÉ, ES EL PACTO ACORDADO; PLÁCEME Y SERÁS RECOMPENSADA.

Dem observaba ensimismada. Poniéndose de puntillas, alargó el brazo y pasó la mano por el espacio que había entre la esfera y la peana, para retirarla con la boca abierta de lado a lado por una enorme sonrisa.

—¡Flotas! —dijo con entusiasmo—. ¡Estás flotando! ¿Cómo lo haces? ¿Puedes enseñarme?

El pulso se detuvo. La bóveda enmudeció unos instantes antes de que un cloqueo distorsionado por decenas de ecos retumbara en la sala, haciendo que Dem se tapara los oídos para protegerlos. La esfera se estaba riendo.

—lO IMPROBABLE HA OCURRIDO, EL ACUERDO HA VARIADO; PEQUEÑA dEM, HAS LOGRADO ALGO INÉDITO, Y LAS REGLAS DEBEN AJUSTARSE PARA RETRIBUIRTE EN CONSECUENCIA. pUEDES RECLAMAR TU PREMIO.

—¿Premio?

—lO QUE DESEES, CUALQUIER COSA QUE AMBICIONES, TE SERÁ CONCEDIDA.

Dem frunció el ceño, pensativa. Una imagen apareció en su mente, clara como la luz del día.

—¡Mi abuelo! Tengo que volver con él, ¿sabes dónde está?

—sIN DUDA, Y NO HABRÁ NINGÚN IMPEDIMENTO EN LLEVARTE A SU LADO. cIERRA LOS OJOS, PEQUEÑA dEM, Y ADIOS.

Un brillo metálico recorrió la esfera y Dem dejó de existir. La oscuridad regresó a la enorme estancia, los pasillos recuperaron su quietud y, en el centro de todo, la esfera azulada flotaba en silencio. Sus mecanismos internos analizaban lo que acababa de suceder, la extraña palpitación que la había recorrido en respuesta a las inocentes palabras de la niña. Trató de encontrar en su memoria una sensación equiparable, pero no halló nada. Desactivó su lado sentiente y derivó sus energías al análisis intelectual del incidente, pero tuvo que desistir. Aquello no tenía parangón en su vasta existencia: ni siquiera cuando alguno de sus muchos visitantes fallaban la prueba, cegados por la ambición por el premio o el temor al castigo, en esas exclusivas ocasiones en que se le permitía tomar una vida, había sentido algo similar. Confusa, archivó la nueva sensación bajo el epígrafe «desconocido» y fue apagando su brillo, ascendiendo lentamente a su posición en el centro de la cúpula; como una araña regresando a su tela tras haber dejado escapar una presa, sin estar segura del motivo.

Con el sonido de un huracán pasando por el ojo de una aguja y la luz de mil relámpagos restallando a la vez, Dem regresó a la existencia. A través de los párpados entornados oteó el paisaje bajo el sol de media tarde. Aquella mezcolanza de plantas mustias y agua estancada le resultaba tremendamente familiar.

—¡Dem!

La niña se giró a tiempo de ver cómo una enorme figura se abalanzaba sobre ella, rodeándola y apretándola contra su cuerpo.

—Dem, me alegro de verte, estaba muy preocupado por ti.

—Brad, me estás ahogando.

El joven moderó su entusiasmo y liberó a la niña.

—Lo siento, pequeñaja; ya empezaba a creer que no volvería a verte y entonces oí ese ruido, me giré y… Ay, cuando te vi aparecer. ¿Cómo lo has hecho? —Brad se giró hacia una tercera persona—. ¿Has sido tú? —le preguntó.

—No, me temo —dijo Ámbar uniéndose al reencuentro para examinar a la niña—. Extraño, eso fue sin duda magia, pero no reconocí el patrón. ¿Cómo te encuentras?

—Bien —contestó Dem con expresión neutra—. Tengo un poco de hambre.

Ámbar desprendió el receptáculo de madera del cuello de la niña con una sonrisa.

—Seguro que sí. Dem, ¿cómo has conseguido salir de la torre? ¿Te ayudó alguien?

—La bola me ayudó —dijo la niña—. Yo se lo pedí y ella me sacó.

—¿Bola?

—La bola azul. La que flotaba y tenía voz triste.

Ámbar frunció el ceño hasta que la comprensión de las palabras de la niña se lo estiró hacia la línea del cabello.

—¿Quieres decir que viste…? Dem, ¿qué es lo que viste, exactamente?

—Vi muchos pasillos, con bichos gigantes que querían cogerme. Y luego vi una puerta brillante, con habitaciones donde habían dragones y elfos y orcos… —Las palabras se agolparon en la boca de la niña mientras sus brazos colaboraban con ansia en la descripción de la experiencia—… y al final había una luz que hablaba y luego fue una bola. Le pedí que me enseñara a volar pero no lo hizo. Luego me preguntó qué quería y yo le dije… —La energía de su cuerpo pareció agotarse cuando la niña volvió a centrar la atención—. ¡Abuelo! ¿Dónde está mi abuelo? Le dije que me llevara con él. ¿Está aquí?

El ambiente se tornó mortecino. Brad dirigió una mirada acusadora a Ámbar que ella ignoró para dirigirse a Dem.

—Está, pequeña. Pudo salir un poco antes que tú.

La niña dio un saltito y aplaudió sonriente.

—¿Dónde está?

Ámbar bajó la mirada y señaló detrás de ella.

—Allí.

Dem la esquivó para correr en la dirección que señalaba, pero se decepcionó al no ver a su abuelo, solo un bulto cubierto por una capa sucia.

—Acércate —le apremió la elfa.

Miró a la elfa y al bulto un par de veces antes de aproximarse. Conforme más se acercaba, más definidas se hacían las arrugas de su superficie, adquiriendo forma humanoide. Por uno de los lados asomaba una maraña de pelo blanco que se agitaba al ritmo de una débil respiración.

—¡Abuelo! —Dem se abrazó a él entre lágrimas de alegría. La piel de su rostro estaba descolorida, como un pergamino que hubiera pasado demasiado tiempo al sol. A su lado yacía su hacha, recubierta de una viscosa sustancia. Con un gruñido, Baltar abrió los ojos y contempló a su nieta.

—Dem. Dem, cariño, lo has conseguido. —Trató de incorporarse para abrazarla pero enseguida renunció, con el rostro retorcido en un rictus de dolor. Alargó la mano y le acarició la mejilla—. Pequeña, me alegro tantísimo de verte, cuando salí y me dijeron que todavía no habías aparecido me preocupé muchísimo por ti.

—Hice lo que me dijiste, abuelo, pero no encontraba la salida y luego volví y no te encontraba a ti y tuve mucho miedo pero al final encontré una puerta que brillaba y la bola que habla me ayudó a salir.

Una sonrisa de infinita ternura se dibujó en el rostro del enano.

—Lo has hecho muy bien, cielo. No me habría perdonado nunca dejar este mundo contigo encerrada en ese horrible lugar.

—Pero ya no estamos encerrados, ya podemos volver a nuestros carros y dar de comer a Manchitas y Zanahoria. —Dem reposó la cabeza sobre el pecho de su abuelo; de debajo de la capa se filtró un líquido rojizo hasta la punta de su coleta, apelmazándola—. ¿Cuándo volvemos, abuelo?

Baltar hizo acopio de sus fuerzas para levantar la cabeza y mirar directamente a su nieta.

—Dem, el abuelo no va a ir contigo.

—¿Por qué no?

—Porque no voy a poder, así que vas a tener que hacer lo que te digo: vete con Brad, él se encargará de ti de ahora en adelante. Tienes que ser buena y obedecer todo lo que él te diga, ¿de acuerdo?

—¡No! —La niña se levantó con rabia—. ¡No quiero, quiero que vengas tú! Si estás cansado podemos descansar un poco más y después irnos.

—Dem, ¿recuerdas a la abuela? ¿Recuerdas el día que se durmió y ya no volvió a despertarse?

La niña asintió sorbiéndose la nariz.

—Pues eso es lo que me va a pasar a mí, voy a dormir durante mucho tiempo, y voy a ver a la abuela.

—¿Por qué?

—Porque la echo de menos, cariño. Porque estoy cansado y ya no puedo estar contigo.

Baltar acercó a su nieta y le besó la frente. Ella se dejó acunar por su abuelo mientras su mano le acariciaba el pelo con dulzura, cada vez más lentamente, hasta que finalmente dejó de hacerlo y cayó a un lado.

—¿Abuelo?

Dem se separó del cuerpo. Su abuelo tenía los ojos cerrados y en su rostro parecían haberse multiplicado las arrugas. Le sacudió los hombros pero no obtuvo respuesta. En un doloroso instante, la niña fue consciente de que, aunque aún pudiera verlo a su lado, su abuelo ya no estaba con ella y jamás volvería a estarlo. Se echó sobre él y lloró en silencio.

A una distancia respetuosa, Brad y Ámbar observaban la escena visiblemente conmovidos. El chico se limpió los ojos con la manga y dirigió una furiosa mirada hacia la elfa.

—Lo siento mucho —le dijo ella—, no imaginaba que algo así pudiera ocurrir.

—Y una mierda, te lo imaginabas perfectamente, pero te dio igual. Qué importaba la vida de unos enanos mientras pudieras conseguir tu jodido tesoro.

Ámbar observó el estuche que descansaba en su mano.

—No es cierto, esto no debería haber ocurrido. No así.

—Ahórratelo. Dame la recompensa que le prometiste al viejo y llévanos a la ciudad.

La elfa soltó una bolsa de cuero de su cinturón y la tendió al muchacho. Brad la abrió y la codicia iluminó su rostro.

—Es para los dos —puntualizó Ámbar.

—Como si te importara una mierda lo que nos pase a partir de ahora. No necesito lecciones de una asesina sin sentimientos.

Los ojos de la elfa relampaguearon al coger al muchacho por el cuello.

—¿Quién te has creído que eres para juzgarme, mocoso insufrible? ¿Crees acaso que desconozco el dolor que se siente al perder a un ser querido?

Brad se sobrepuso al susto inicial y respondió a la furia de Ámbar con su acostumbrado desdén.

—¿Ahora vas a matarme a mí? ¿Y después, matarás también a la niña?

Ámbar recuperó el control y le soltó.

—Dime dónde quieres que os lleve.

Brad lo pensó unos segundos.

—Hyrdaya, con este dinero tendremos muchas oportunidades de hacer negocios en la capital.

—No, no es buena idea que vayáis allí. Por unos días, al menos.

—¿Por qué no?

—No y punto. Elige otro sitio.

Brad la observó fastidiado hasta que decidió dejarlo pasar.

—Lewe entonces, tengo algunas amistades allí que nos podrán echar una mano hasta que nos instalemos.

—Lewe será. —Ámbar abrió el cilindro y volcó el contenido en su mano—. Dejemos que la pequeña se despida de su abuelo y partiremos.

—Que sea pronto, no debe quedar mucho para que anochezca, y debemos encontrar un sitio donde poder dormir sin que peligren nuestras bolsas ni nuestras vidas. —Brad se inclinó curioso hacia el pergamino—. ¿Así que ese trozo de papel vale por la vida de un enano?

Ámbar ignoró la indirecta mientras lo desenrollaba.

—Este trozo de papel, como tú lo llamas, tiene más poder que un ejército. Es un recuerdo de la época anterior a la Purga, cuando la magia recorría libre este mundo, antes de tener que ser ocultada y protegida en los más remotos rincones de esta o cualquier otra realidad.

—Creo que no lo he entendido.

—No es necesario que entiendas todo, solo que, con su sacrificio, tu amigo nos ha dotado de una poderosa arma con la que derrocar este gobierno, y que mañana honraremos su memoria cuando…

Ámbar enmudeció. Brad, extrañado, se aproximó buscando la fuente de su pasmo y ella le mostró la cara dibujada del pergamino, donde a un sencillo dibujo le acompañaban unas cuantas manchas oscuras. La elfa, blanca como la cera, las señaló y preguntó, más para sacarlo de su organismo que buscando respuesta en el joven:

—¿De quién es esta sangre?

 

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Escritor, autor de "Dragones Negros"