Dragones Negros | Capítulo 1

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01.
El Rey

 

Era dueño y señor de todo lo que alcanzaba su vista. Paseó la mirada por las montañas Sírice, volvió la cabeza hacia los fulgores rojos que surgían del Pantano de Fuego y, por último, fijó la vista en la lejana superficie del lago Goriel, que parecía generar su propio resplandor bajo la luz de la luna llena. Satisfecho, sonrió y se apoyó en la balaustrada.

La noche estaba siendo cálida, acorde con el tiempo que disfrutaban aquella primavera. Ni siquiera a esa altura, en la torre del homenaje del palacio de Hyrdaya, edificado a su vez sobre la colina que presidía majestuosa la capital del reino, era necesario el uso de ropa de gran abrigo. Por desgracia, el protocolo le obligaba a vestir sus mejores galas en presencia de los invitados, por lo que iba esa noche embutido en un traje ceremonial con sobrecubiertas de seda y remaches en oro, cubierto por su capa más rimbombante y con sus mejores joyas rematando el conjunto. Era la séptima recepción que de semejante guisa atendía aquella jornada: quedaban cuatro días para la boda de su hijo, y los representantes de los reinos menores se agolpaban en el castillo, deseosos de ganar su favor. Un largo día de sonrisas forzadas, falsas pleitesías y discursos pomposos que solo era un tenue adelanto de lo que le esperaba. Había decidido que merecía un descanso.

Cerró los ojos para sentir la brisa en el rostro cuando alguien separó las cortinas que aislaban el balcón de la sala de celebraciones. Molesto, oyó cómo el ruido de la fiesta invadía su refugio, cesando de golpe al regresar el cortinaje a su posición natural.

—Majestad —escuchó a la voz de Rishen—, traigo los informes del día.

Se acabó el descanso —pensó, resignado.

—Continúa —contestó sin volverse. Rishen era su criado personal, alguien que poseía un apellido de valor equivalente al excremento de rata, que había pasado la mayor parte de su infancia limpiando las cuadras del castillo y toda su juventud en la biblioteca, adquiriendo los conocimientos para satisfacer a su señor de la mejor manera posible; la nuca del rey era interlocutor suficiente para él.

—Sí, Majestad. —El criado consultó sus escritos—. Los preparativos para la boda siguen su curso sin problemas: casi la mitad de invitados están ya en Hyrdaya, disfrutando de los festejos preparados para esta semana, y el resto ha confirmado su llegada inminente. La guardia ha tenido que redoblar los esfuerzos para mantener la paz estos días, debido a la excepcional aglomeración existente en la ciudad.

—¿Incidentes?

—Varias peleas fruto del alcohol atajadas sin problemas, y multitud de ladrones arrestados cuando trataban de aprovechar el exceso de población en favor de su negocio.

—Cortadles la mano derecha. A los reincidentes, ambas manos. A la altura del cuello, si la víctima era un invitado de palacio. Todo el reino nos está mirando, no podemos dejar que perciban el menor signo de debilidad.

El mandato de su casa era firme, y la hegemonía sobre los reinos menores indiscutible, pero llevaba en política el tiempo suficiente para saber que la autocomplacencia era la primera causa de mortalidad entre los dirigentes. De ahí el empeño en ligar su descendencia con la de la casa regente del segundo reino más importante del continente de Vitalis, Mirtis, formalizando el enlace entre ambas familias por medio del precioso, sagrado y, sobre todo, indisoluble vínculo del matrimonio. De ese modo se aseguraba la transferencia de poder a sus herederos y, de paso, eliminaba la esperanza que pudiera albergar cualquier otra casa de alcanzar el trono, ya que ni todos sus efectivos serían rival para la coalición forjada en dicha ceremonia.

—Sí, Majestad —continuó Rishen—. También se ha detenido a varias personas acusadas de conspiración contra la corona; la mayoría, insensatos a los que el exceso de vino empujó a expresar sus opiniones sobre la Casa Real demasiado en alto.

—Encerradlos en el castillo y preparadme una lista con sus nombres. Quiero estar presente en los interrogatorios.

Aunque intentaba ser comprensivo con las opiniones discordantes, le costaba asumir el elevado número de personas que mantenían una visión tan negativa de su mandato. Habían pasado nueve años desde que, como señor del insignificante territorio costero de Urek, reuniera a los cuatro Lores más importantes de Vitalis y, con promesas de riquezas y tierras una vez se consumara el magnicidio, maquinara una rebelión que le valió el mando de sus tropas. Nueve años desde que al frente de dicho ejército tomara a sangre y fuego el castillo que ahora habitaba, y ejecutara hasta al último heredero de la familia real. Nueve años desde que traicionara a sus aliados, reclamando la corona y el poder prometidos para sí, asesinando con sus propias manos a los dirigentes que se le opusieron y obligando a los restantes a esconderse. Demasiado tiempo, pensaba; más que suficiente para asumir la realidad, en vez de desperdiciar sus vidas tratando de variar lo inalterable.

—¿Su Majestad desea que vaya redactando sus órdenes de ejecución? Para ganar tiempo, en caso de llegar a necesitarlas.

El rey sonrió. Rishen estaba revelándose como un criado muy capaz, pese a su ínfima casta y su sangre aguada. Sus puntuales exhibiciones de osadía siempre le complacían.

—Sí —contestó—. Si la cifra de disidentes supera la veintena prepara una general.

—Son setenta y ocho, Majestad.

—Hazlo, pues. —Setenta y ocho vidas segadas por una firma: la prueba irrefutable de que la pluma era más fuerte que la espada, por lo menos si era él quien la empuñaba. Continuó sonriendo, divertido por la ironía.

—¿Hay noticias de los embajadores del Tratado?

—No de los enviados a las tierras de los enanos y los elfos, Señor, pero hemos recibido contestación de los orcos: informan a su Majestad que preferirían ser brutalmente penetrados hasta la muerte por un golem de roca a arrodillarse ante un humano.

—¿Eso ha dicho el embajador?

—Eso ponía en la nota incrustada en la cuenca de su ojo derecho; encontraron su cabeza esta mañana, a los pies del muro exterior.

Era el primero de los siete embajadores enviados a tierras orcas del que habían vuelto a tener noticia. Bueno, es un avance —pensó.

Aunque su título le confería poder absoluto sobre los humanos, existían otras razas con las que compartían territorio que poseían formas de gobierno autónomas y, por tanto, no reconocían su autoridad; lo que, según su opinión, constituía una amenaza que debía ser anulada a toda costa. Para ello, había pasado largas temporadas estudiando todo el conocimiento almacenado en palacio sobre dichas razas.

Contando solo aquellas cuyo tamaño era susceptible de alterar el equilibrio de poder, se podía hablar de cinco grandes razas en el continente de Vitalis. La más importante, atendiendo a población y territorio ocupado, era la humana. Su gran adaptabilidad a todo tipo de terrenos, su avanzada tecnología, y el hecho de poseer una predisposición para el odio y la avaricia mucho más acusada que la de sus competidores, la situaba como favorita en cuestión de expansionismo. En el corazón de sus dominios estaba situada la capital, Hyrdaya, desde la que gobernaba un vastísimo territorio que se extendía por sur y este hasta el mar, y limitaba al norte con los Eriales Blancos, las interminables llanuras heladas que marcaban el final de la tierra conocida.

En las grandes extensiones de bosques, montañas y masas de agua dulce que constituían su reino, los humanos convivían pacíficamente con el resto de razas, salvo una excepción: una que mantenía su residencia al otro lado de las Fauces (la colosal cordillera considerada frontera oeste del reino humano), y que estaba compuesta por unas criaturas de piel verde, físico descomunal y carácter indómito conocidas como orcos.

Autodenominados raza más antigua del continente, los orcos habitaban las llanuras sitas al oeste de las Fauces, constituyendo la región de H’Jmanhr. Organizados en tribus nómadas, y contando con la recolección y la caza como principales formas de sustento, su primitivo vestuario y unos hogares construidos con pieles y madera le dieron a los exploradores humanos la impresión de encontrarse ante una raza fácil de subyugar; fueron necesarias apenas dos semanas de guerra y más de seis mil bajas para hacerles comprender lo erróneo de su apreciación. A raíz de esas primeras batallas se instauró para siempre en el imaginario colectivo la imagen de los orcos como verdes colosos con más arrojo que cerebro, escasas simpatías hacia el resto de razas (especialmente la humana) y, en resumen, un enemigo muy poco deseable. Desde entonces, ambas razas han mantenido una incómoda tregua, amenazada constantemente por escaramuzas fronterizas e incursiones de saqueo; dos vecinos vigilándose sin cesar, ansiando la más mínima oportunidad para poner un fin definitivo al conflicto y, de paso, a su adversario.

Ironías de la vida, era justo en el centro de esa vorágine de odio, en el monumental complejo de galerías subterráneas conocido como Agarta y situado en el interior de las Fauces, donde vivía la más pacífica raza del continente, la raza enana. Su fisonomía se asemejaba mucho a la humana con un detalle diferenciador, su reducido tamaño, siendo la altura enana como regla general inferior a la mitad de la humana. La explicación a esa desigualdad variaba según la fuente consultada: habían quienes mantenían que en origen su organismo había sido idéntico al de los humanos, y que su tamaño fue menguando como adaptación evolutiva a las galerías donde transcurrían sus vidas. Otras teorías hablaban de malformaciones congénitas derivadas de la pobreza del aire subterráneo, y también, en los pocos tratados teológicos de origen enano que el Rey encontró, se mantenía que era la suya la forma primordial forjada por el Gran Hacedor, siendo así la humana la mutación imperfecta; pero claro, qué iban ellos a decir.

En cualquier caso, a su rasgo físico más distintivo (si exceptuamos su abundante vello corporal) habría que sumar su gran resistencia física, y su indiferencia ante los conflictos mantenidos por el resto de habitantes del continente. Una postura de fácil entendimiento, si se toma en cuenta que su principal fuente de ingresos era el comercio, de los minerales que excavaban o de los productos que con ellos fabricaban. Eso, sumado al hecho de que nunca habían sido duchos a la hora de criar ganado o trabajar la tierra, hacía indispensable su neutralidad para mantener tratos comerciales con cualquier raza que lo propusiera, y asegurar así su pervivencia. Esta conducta era vista como cobarde y servil por varios miembros del gabinete real, Regente incluido, lo que colocaba a los enanos como segundos en la lista de enemigos de la raza humana.

La cuarta raza no solía comerciar con los enanos porque sus miembros, los elfos de la luz, practicaban una filosofía vital que hacía innecesario el uso de las armas y el metal. Amantes de la paz, y celosos de su intimidad, gustaban de vivir en los bosques, concretamente en lo más profundo e inaccesible de los mismos, donde mantenían una existencia de adoración a la naturaleza y estudio de sus fuentes de poder. A primera vista, su carácter pacífico y endeble constitución física les convertiría en la raza más propensa a una rápida extinción, si no fuera por su profundo conocimiento de la magia y lo recóndito de sus hogares, que a lo largo de la historia habían constituido una última morada para innumerables aventureros, criminales y buscadores de fortuna. Eventualmente, su presencia fue aceptada por sus vecinos como algo inevitable aunque tolerable, pero su naturaleza misteriosa les ha granjeado una desconfianza constante, protagonizando a su pesar multitud de fábulas y leyendas de carácter apócrifo.

Y por último, estaban los elfos oscuros. Reflejo deforme de su raza hermana, los elfos de la luz, y susceptibles de ser encontrados en cualquier zona que contenga pasajes subterráneos, como las ratas y las cucarachas. Y al igual que éstas, cuanto menos tiempo les dedicara en sus pensamientos, mejor.

Su sueño de proclamarse Rey de las Cinco Razas, aunque avanzaba con firmeza, tendría que posponerse un poco más. Confiaba en que los elfos y los enanos cederían, por diplomacia unos y negocios los otros; los orcos no serían rival para un ejército combinado de las tres razas, y los elfos oscuros no se entrometerían en los asuntos de la superficie, no hasta que esos asuntos llamaran a la puerta de sus madrigueras para demolerlas.

Pero lo primero era concluir la cimentación de su dominio sobre el reino humano, comenzando por regresar al salón y continuar disimulando el desprecio que sus supuestos iguales le provocaban.

—Muy bien, puedes retirarte —dijo al criado.

—Con permiso, mi Señor, queda un asunto: se ha informado de la presencia de un extraño acechando la comitiva de Lewe, un elfo oscuro.

—¿En Hyrdaya? —El tono denotaba sorpresa. ¿Por qué arriesgarse a entrar en la ciudad, existiendo pena de muerte contra su raza en todo el reino?

—Sí, mi Señor: un elfo oscuro de unos dos metros de altura y larga melena blanca —leyó Rishen—. Vestía una capa verde, con la que ocultaba una armadura de cuero tachonada con un dragón negro en el pecho; también hablan de una o puede que dos armas colgando del cinto. Ya he pasado la descripción a la guardia para que le detengan en… cuanto… lo…

El criado enmudeció. Rishen llevaba mucho tiempo sirviendo a su señor, desde que su familia muriera en el asalto que le coronó y empezara con ocho años el servicio al nuevo Rey ayudando a retirar los cadáveres que la batalla había diseminado por todo el castillo. Muchos años de esconderse en las cuadras para eludir los apetitos carnales del encargado de establos, de contemplar innumerables intentos de rebelión atajados a fuerza de potro y hacha, y de refugiarse en la biblioteca cuando el príncipe heredero decidía demostrar su destreza en combate con la colaboración forzosa de los criados.

En toda su vida, Rishen no recordaba haber estado tan aterrorizado como en aquel momento, cuando el Rey, con la cara desencajada por la furia, se giró y, mirándole directamente a los ojos, le preguntó:

—¿Qué llevaba en el pecho?

 

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Escritor, autor de "Dragones Negros"